Luego de tantos traspiés Larre Borges consiguió el tan anhelado ascenso a la máxima divisional de nuestro básquetbol. Una historia de no rendirse ante ninguna adversidad.

El hincha de Larre cargaba en sus espaldas un sinfín de motivos y obstáculos que siempre lo dejaban en la puerta, nunca se le daba. “Sí. este año sí” resonaba en cada rincón del Romeo Schinca pero no, ese año no, tampoco se daba.

Se avizoraba una nueva competencia, en 8 de octubre y Villagrán volvía a aparecer esa frase que acompañó en las últimas campañas: “sí, este año sí”. Algún veterano, con un poco de vergüenza decía que sí, que ya estaba, que era este el año. Algún que otro gurí, más acá en el tiempo y acostumbrado a las últimas temporadas, soñaba, como todos, siempre con los pies sobre la tierra.

De a poco se iban sumando nombres que para la divisional seducían mucho. Historia que habían vivido años anteriores, pero al final quedaban con la ñata contra el vidrio, sin el objetivo final. Esta vez había algo distinto, eran varios los que de a poco se iban sumando a la ilusión y anhelaban con el: “sí, este año sí”.

En su casa, su remodelado y coquetísimo escenario, albergó la primera fase del certamen. El crecimiento de la institución era tal que no solo lo disfrutaba su gente si no también los extraños. Lo supimos disfrutar todos. Larre hizo crecer su hogar, y nunca dejó de dar pasos en infraestructura pese a los resultados deportivos adversos. Un triunfo en silencio. 

Cuando le tocó mudarse al Palacio, tuvieron el placer de ver a su equipo en cancha luego de tanto tiempo. Disfrutaron, festejaron, se abrazaron con desconocidos y por fin el “sí, este año sí” era una realidad.

El crecimiento es tan grande que El Metro le estaba quedando chico. “Sí, este año sí” pasó de ser un lema casi cotidiano, repetitivo y doloroso, a ser lo más lindo que pudo decir un hincha aurinegro en la fría noche primaveral.

El Larre, otra vez, es de primera.