Gonzalo Fernández volvió a ascender dirigiendo a un equipo que no arrancaba, ni cerca, como candidato. El mérito de sacarle el máximo a su plantel para devolver a un histórico como Stockolmo a primera.

El azul del Prado fue cuna de grandes valores, sobre todo cuando Uruguay ganaba cosas a nivel Mundial y continental; Adesio Lombardo, Raúl Ebers Mera y, más cerca en el tiempo, Luis Bicho Silveira.

¿La verdad? Este plantel no tenía de esas figuras. Contaba con innominadas como Juan Andrés Galletto y Tony Danridge (para repetir la trilogía exitosa de Larrañaga 2016) y aparecía Mauricio Arregui que venía de ser campeón de Liga Uruguaya en Biguá pero sin tantos minutos. Eran, en cuanto a nombres, los principales exponentes.

Después un cúmulo de pibes, de esos que Fernández siempre potencia, absolutamente siempre. Su manera de dirigir es particular: gruñón, enojón, por momentos con un trato que choca a los que lo estamos viendo. Pero el tipo le saca su mejor versión a sus dirigidos, es innegable.

En la etapa cumbre se desgarraron Guillermo Curbelo y Mauricio Arregui, dos titulares indiscutidos de este equipo. Y encontró soluciones; trabajó y peleó con sus armas, nunca una excusa. Dio el salto Mateo Giano de suplente a figura, pasó a ser titular Pablo Gómez y tanto Pereira como Silveira tuvieron más minutos. Y todos estuvieron a la altura.

Es de la escuela de Pablo López, se inició y fue campeón siendo su ayudante en Malvín. Mucha rotación, la intensidad que no se negocia, correr la cancha y movilidad ofensiva para encontrar tiros claros. Y, fundamentalmente, esa frase mítica de López que Fernández tambien la tiene como lema principal: “Defensa nos pone campeón”.

Como con Larrañaga, otra vez el loco Gonzalo ascendiendo con un equipo que ni entraba a la conversa de los candidatos. Un ganador, que de yapa, ayuda a encontrar la mejor versión de sus jugadores. Completito. Para el desarollo de jugadores e instituciones que quieren crecer, un entrenador ideal.