Nicolás Mazzarino llegó a su punto final de una carrera intachable marcada por el profesionalismo y la caballerosidad dentro y fuera de la cancha. Para los viejos, para los nuevos y para los que vendrán, delimitó el sendero correcto y dejó su huella para transitarlo con la mayor responsabilidad posible.

Aquel pibe que nació en el Ferro Carril de Salto decidió muy tempranamente que la naranja iba a ser parte de su vida. El “chumbo” Arrestia fue el culpable de su venida a la capital. Hebraica lo cobijó, lo moldeó y le dio sus primeras armas. El glorioso Welcome lo supo disfrutar y a partir de ahí un viaje embarcado en un mar lleno de sabiduría.

La argentina fue el primer destino afuera e Italia lo hizo sentir como si estuviera tirando en su Salto natal. La vuelta a Uruguay y el compromiso de Malvín de retenerlo por más de una temporada terminó siendo uno de los mejores broches posibles. Capitán, ídolo adentro y afuera y una cantidad de distinciones colectivas e individuales le iban dando un cierre inmejorable. Peñarol se dio el gusto y en su vuelta al círculo de privilegio contó con un caballero en sus filas.

Se vistió de celeste todas las veces que estuvo a su alcance el venir a jugar por su país. Forjó un compromiso con la Selección y fue parte de la última alegría continental que nos lleva a 1997 cuando supimos sacar a relucir la garra charrúa en Maracaibo en Venezuela.

Su legado es tan grande que recuerdo perfectamente cuando la pandemia no llegaba a Uruguay aún y en unas de esas tantas tardes de sol y mate invernal, un padre y su hijo despuntaban el vicio tirando al aro en una plazita del barrio Malvín. Los minutos pasaban y el más chico, ya enojado porque su padre no rendía lo mismo, grita: “dale papá, corré como Nicolás” y enseguida el más grande responde “soy Nicolás. pero no Mazzarino”. El tráfico hizo un silencio espeluznante y las pocas familias que habían se miraron y esbozaron una pequeña sonrisa.

De ahí en más la charla pasó a centrarse en el capitán playero. Días atrás su equipo había caído en la definición ante Aguada pero su nivel mostrado, a pesar de su edad, hacía parecer que estaba en su mejor momento. En la plaza era todo alegría porque aquel pibe soñador, extendía su fecha de vencimiento y se conocía que una vez más iba a vestir la camiseta azul y blanca.

No solo el pueblo playero estaba contento. En una de nuestras mateadas familiares, luego de la jornada laboral, no cabía en nosotros la dimensión de la noticia de que lo íbamos a seguir viendo con la pelotita. El “pibe” de cuarenta y poco volvía a demostrar su vigencia en un equipo que aspiró siempre a luchar por todo.

Hoy llegó el día que jamás pensamos que llegaría. El interminable Nicolás Mazzarino da un cierre a su carrera con un palmarés muy grande pero que el principal premio obtenido fue ganado fuera de la cancha. El camino del profesionalismo queda allanado para las nuevas generaciones y la caballerosidad hay que obtenerla dentro y fuera del rectángulo. ¡Gracias por tanto y perdón por tan poco, Nico!