Me desperté sabiendo que no era un día más. Borré de mi mente la hazaña que casí cumplimos contra Turquía, pero sabía que la vida me iba a dar revancha cuando terminara la jornada.

El sueño era inevitable así que me junté con tres de mis amigos. Estábamos ante un posible hecho histórico: tenía que reir o llorar con algún amigo a mi lado. Viví el día pensando y anhelando que se podía dar.

El fuego, unos chorizos y un poco de carne fue el canal que nos terminó juntando. Apronté todo y los esperé. De a poco fueron cayendo. La barbacoa era el lugar indicado para vivir la velada de ilusión.

El fernet de a poco fue bajando y mi whisky era cada vez más reiterativo. Llegó el momento cumbre. Prendí la tele y conecté la computadora. La mesa estaba servida. Sé que físicamente estaba en Montevideo pero emocionalmente me encontraba en Victoria.

Llegó mi viejo y mi hermana, nos saludamos todos con puñito, nos adentramos en un viaje que rozaba lo magnífico y que estaba maquillado con tintes de historia. No era el Fefo, Osky, Peinado, ni nos dirigía López Reboledo. Eran 11 enfermos que dejaron absolutamente todo y un guerrero desafectado que esperaba en el hotel por esta coyuntura que nos azota.

Estábamos ahí, cerca y sufriendo, como marca la historia de este país chiquito pero de un corazón enorme. Me llené de lágrimas cuando vi que uno de los nuestros no podía volver. Con muchísimas ganas seguimos prendidos. Eran 10 en el plantel y una enormidad de personas que desde el sur de América íbamos empujando hacia el norte del continente.

Luchamos, batallamos y nos ilusionamos. Lo tuvimos, estuvo en nuestras manos pero no quiso entrar. De las manos mágicas de Jayson salió la pelota impulsada por mucho más que tres millones de personas,pero no quiso.Injustamente salió. Nos partió el corazón.

Nos miramos sin decirnos nada, porque no nos salía absolutamente nada. La bronca y el enojo se juntaban con el orgullo y la rebeldía. Son las dos de la mañana y ya no queda más nada por hacer. Se nos negó Tokio pero se nos abrió una puerta enorme para el futuro. Masticamos el enojo, nos abrazamos y de a poco nos fuimos dispersando. Con la frente bien en alto.

Toqué la almohada muerto físicamente pero mi cabeza no paraba. Me costó dormirme. No me di lugar a cuestionamientos de nada. Miré el techo, me reí y cerré los ojos. Gracias, ya estoy listo para volver a soñar con ustedes.