Biguá salió campeón con mucho sentido de pertenencia dentro de un plantel colmado de basquetbolistas formados en la institución, jugando en casa, pero fundamentalmente, sintiéndose en su casa. Un título con un gustito especial.

Alejandro Gava. Arrancamos hablando de él. ¿Que tiene que ver en este título? Directamente, nada. O, al menos, poco. Pero es uno de los formadores por excelencia del básquetbol de este pais, e indirectamente fue clave para que Biguá levantara la copa con un montón de pibes criados en la institución.

La dirigencia apostó al sentido de pertenencia con el retorno de Santiago Vidal como referente y líder de grupo, pero también con la vuelta de Iván Loriente y Alex López, dos jugadores que fueron parte de las formativas del Pato pese a que hacía algunos años que andaban por otros equipos. A ellos se sumaron los Sub 23, jugadores de muchísima proyección como Martín Rojas, Mauricio Arregui, Hernán Álvarez y Nicolás Andreoli.

El guionista de Dios y el destino marcaron que el torneo se terminara jugando en Villa Biarritz, en la cancha donde muchos de estos jugadores aprendieron a picar la pelota mientras admiraban a Martín Osimani, Leandro García Morales o al Sapo Rovira, soñando algún día ser campeones como sus ídolos.

Y ahí jugaron. Y ahí ganaron. Y ahí se coronaron, con su gente. En ese mismo gimnasio donde cada basquetbolista formado en el Pato eleva los porcentajes cuando tira al aro, y donde la inscripción de “Darlo todo” está escrita en el flotante y guardada en la memoria.

Biguá volvió a festejar con la receta de la casa: la identidad y el sentido de pertenencia que ofrece su cantera inagotable.