Habitualmente escuchamos esa frase de algún familiar con un poco más de experiencia, de la amiga o amigo que siempre está para pelear espalda con espalda ante todo y todos, o simplemente del yo interior de cada uno.

La vida va transcurriendo y con ella llegan los obstáculos. Primero por acá y luego por allá. Los motivos cambian, varían, se modifican pero siempre se la rebuscan para decir presente con mayor frecuencia. El básquet femenino, y todas las disciplinas de la rama, han pasado por una cantidad incontables de inconvenientes. También han sido innumerables las veces que se han levantado luego de cada tropezón.

El quedar relegadas en varios ámbitos de la vida ha creado en el sexo una identidad de guerra, tenacidad y no darse por vencidas. Si nos adecuamos en la coyuntura nacional, el básquet femenino se ha ido adaptando a la incertidumbre a la cual nos adentramos en marzo de 2020.

Soñamos despiertos cuando sabíamos que sí, que lo habían logrado, que la definición del certamen se mudaba a un escenario de la hostia como el Antel Arena. Seguramente ellas, y también nosotros, jugamos a ver quién iba a ser la primera en anotar.

La realidad fue otra. Nos pegó y nos dolió. Tuvimos la chance de que el certamen se juegue completamente en el CEFUBB cuando el mundo era un caos. Se comprometieron todas las protagonistas y lo lograron. La organización, esa que recibe palo siempre cuando a veces hasta no lo merece, asumió su rol y cautivó a todos. Distancia, cupos limitados y una hospitalidad en la que te sentías como en tu casa. 

Con viento en la camiseta, los clubes vieron el momento y apostaron. Extranjeras por doquier llegaron al coqueto escenario para seducir con sus cualidades deportivas. La entrega de Ana Clara Paz, la impasibilidad de Sofía Acevedo a la hora de jugar, la lectura de Sasi Scévola, las enseñanzas que dejó Agustina García y el compromiso que puso Sofía Wolf, entre otras tantas. Arribaron y dejaron un legado para todas las nuestras. Se aproximaba el torneo soñado.

Estaba todo muy lindo para ser perfecto. Una vez más la pandemia azotó fuerte. Suspensión y disyuntiva. Fechas para ver, foráneas que eran apretadas por los comienzos de otras ligas, la competencia internacional que estaba cerca y la orden de jugar, pero en cancha abierta. Apareció, al fin, la bendita cancha. Llovieron críticas, aparecieron más palos, se cuestionó el amateurismo en la comparación con el profesional pero también se hizo saber el apoyo de un buen grupo de jugadoras que priorizaron el terminar. Se decidió continuar y una vez más todas al rectángulo de juego.

Hubo tiempos donde no solo se luchó contra la defensa rival si no que se le ganó al viento, a la humedad y la lluvia. De a poco se volvía al camino correcto y un nuevo mojón generaba un antecedente negro. ¿Los jueces? Hubo un día que nunca llegaron. Una vez más salieron a dar la cara las protagonistas. Carta mediante, ideas claras, concisas y con la fuerza de un tsunami que salía desde Luis Alberto de Herrera y la rambla. El respeto para con ellas había desaparecido. Quien estuvo mal asumió y la competencia siguió para llegar al fin.

Autorización mediante volvemos al CEFUBB. Lo bueno no tapa lo que se hizo mal, ni lo que se hizo mal opaca las buenas acciones. Empieza la definición de un torneo interminable, de visiones distintas y opiniones dividias. Atrás quedó el Antel Arena, las extranjeras y lo que alguna vez soñamos cuando todo esto comenzó. Hoy, bajo la mirada de todo el país, se empiezan a conocer las posiciones finales. Lo lograron, llegaron, más gente va a estar pendiente de lo que pase a partir de esta noche. Una vez más demostraron que todas juntas consiguen los cometidos. Gracias por insistir, persistir y nunca desistir.