La intersección de las calles Maciel y 25 de Mayo fueron cómplices de una tarde más: de amistad, cuentos y viejos recuerdos, enfrente a la cancha abierta del viejo Waston. Es que allí estaba Pedro Xavier con sus amigos de toda la vida, con un fuego prendido, alguna bebida, cumbia de fondo y un sinfín de vivencias de la Aduana, que él define: “Esto es mi vida”.  

Nació en un conventillo a pocas cuadras del club y Waston fue el equipo que lo acobijó, le enseñó valores y sobre todas las cosas, respeto hacia los demás. Con la humildad a flor de piel, tuvo una carrera que nunca pensó tener.

Fue campeón en todas las divisionales del básquetbol, agradecido con todos los equipos que le dieron trabajo en 20 años de carrera. Pero, sacando al conjunto de la Aduana, reconoce que en Aguada vivió momentos espectaculares. Hoy está orgulloso de sus tres hijos y de la familia que tiene, por eso: “Siempre le digo a mi mujer que, con esta familia, ya somos millonarios”.

Los vecinos pasaban por la calle Maciel, todos saludaban a Pedro, ese que el día antes (viernes) había cumplido 50 años. Con unos espectadores de lujo, sus amigos: El Pato, el Piola y Pipiolo. Este último fue el asador con unos botines que el mismo Xavier le pidió en su momento a Benjamín Pucket para su amigo que calza 48.

La mesa está servida, así hablamos de la vida de aquel gurí que fue golero en Alas Rojas, acompañado con Marcelo Capalbo como número 9.

¿Qué es de la vida de Pedro Xavier? 

Con este tema de la pandemia me ha dejado más tranquilo y más familiar digamos. No salgo tanto a temas de entrenamientos y al no estar trabajando en el básquetbol tengo más tiempo para estar con mis hijos y con mi señora. Ahora en lo laboral, empezamos un emprendimiento en mi casa que es una barraca de leña y la vamos llevando.

¿Por qué el básquetbol? 

Donde estamos haciendo la nota (frente a la cancha de Waston) es un poco la contestación a tu pregunta. Acá nací, en la Aduana, mi casa era a una cuadra del club, en un conventillo donde nacimos todos. Me levantaba de mañana, iba al comedor que era al lado de casa, después a la escuela y a las cinco de la tarde ya nos veníamos para el club. Acá me crie y ya de chico siempre con el básquetbol, me empezó a gustar mucho, aunque también hice baby fútbol, pero hay un momento que el niño tiene que elegir. Otra cosa que este barrio me dio es que acá tenemos la Liga Guruyú y la Liga Palermo, entonces yo jugué toda mi infancia de golero en el Alas Rojas. 

¿Cómo era Pedro Xavier en el arco? 

Muy bueno (risas). Marcelo Capalbo era el 9 y yo era el golero, toda la vida jugamos juntos. Las formativas del baby fútbol las hicimos en Alas Rojas e íbamos a la selección de la Liga Palermo, siempre éramos citados los dos. Y después Alas Rojas tenía un convenio con River Plate, fui a entrenar a River, mientras tanto seguía jugando en las formativas de Waston, hasta que llegó un momento que debía elegir: básquetbol o fútbol. Y mis amigos estaban acá (señala con la mano el club), entonces me quedé con el básquetbol, podría haber seguido con el fútbol perfectamente.  

Te tocó pasar por muchos equipos y varios campeonatos con ascensos. ¿Esperabas la carrera que tuviste? 

No, no, la verdad que no. Inclusive te digo más, no por el contexto donde nací, por la humildad del club, yo debuté a los 15 años en el primero de Waston. Pero, nunca pensé que a los 17 años Neptuno con el finado Dilandro, hiciera una oferta para comprarme y no se dio. Yo siempre cuento la anécdota, sin saber lo que pidió Waston, nunca lo supe. Pero siempre dije que Waston había pedido no sólo techar la cancha, sino toda la Ciudad Vieja (risas). A mí, hasta el día de hoy, me gusta competir mucho, me gusta jugar y ganar. Por eso yo siempre competía para ser el goleador del campeonato, me gustaba porque siempre estábamos el Pata Pereira, el Gallego Taibo, hasta que apareció Fefo una vez. Un día llegamos con Fefo cabeza a cabeza, yo tenía que hacer 38 puntos para ganarle, los hice y le gané, quedó como una anécdota no más. No pensé que mi carrera iba ser tan extensa, que tuvo sus altibajos y lo supe sacar bien. A mí me compra Peñarol, el señor Damiani (José Pedro) y al otro año no me quería nadie, no tenía equipo en el Federal. Bajé a jugar en segunda y estuve en Bohemios, salimos campeones y fui el mejor jugador del campeonato y ahí es cuándo se puede decir que volvió de nuevo mi carrera. Después tuve equipos todos los años por suerte.  

¿Es real que en tu debut en la Primera de Waston, jugaste con un champión de cada color porque no tenías otro? 

Es verdad, es verdad. Mirá, nosotros éramos cuatro hermanos y mi madre, yo no tuve padre biológico, tuve varios mayores en el club que trabajaron como padre (dice emocionado). Nacimos en un conventillo, que para la gente que no sabe, son casas grandes con muchas piezas y en cada pieza había una familia, nosotros vivíamos en una pieza. Mi madre trabajaba todo el día y no teníamos plata, con un par de championes hacíamos todo. Entrenábamos, jugábamos, íbamos a los cumpleaños y hasta salíamos a bailar, todo con los mismos championes. Justo me toca debutar en Waston y al tercer partido cuando estoy en el calentamiento se me rompe el champión derecho que estaba bastante deteriorado, no tenía otro y el partido iba a comenzar. Y mi amigo Pipiolo (lo señala y asador de la jornada) que vivía acá mismo donde estamos ahora, se sacó el de él y me lo dio. Jugué todo el partido, aparte era de distintos modelos, pero bueno, había que jugar.  

Hoy tenes tres hijos y sabes la importancia de lo que significa una figura paterna. ¿Cómo asimilaste eso en tu niñez y no descarrilarte en tu carrera? 

Hay una palabra sola: Mamá (emocionado). Mi vieja era todo, era mi madre, mi padre, era todo. Mi madre nos crio a los cuatro varones: Daniel, Carlos, César y yo. Al vivir cerca del puerto había mucho trabajo en la estiba, por eso Daniel y Carlos con 15 años se embarcaron, trabajaban en los barcos y volvían cada tres meses. Ahí le traían plata a mi vieja y la ayudaban. Hasta que un día saltaron y se quedaron, uno se quedó en Holanda, otro en Estados Unidos y nos ayudaban desde allá. Ahora están radicados allá hace 30 o 40 años. Nosotros con César (el otro hermano) también trabajamos al poco tiempo para ayudar a mi vieja. Igualmente te digo, tuvimos muy linda infancia. Salíamos de la escuela, tomábamos la leche y ella nos dejaba allí (señala con el brazo) en el portón a mi hermano y a mí que éramos los más chicos, ella se iba a trabajar, limpiaba oficinas. Nosotros nos quedábamos hasta las 23:00 y acá adentro tuvimos grandes padres que los quiero nombrar porque son importantes hasta el día de hoy como: el Turco Isis, el Pampa, el Sapo Castrillón, una banda de gente que nos criaban y nos cuidaban. Si nosotros faltábamos el respeto, ellos no hacían saber enseguida y cada vez que ellos hablaban, nosotros no callábamos. Después pasaba mi madre y ellos nos entregaban a ella. Es un barrio difícil para la gente que no es del barrio, para el que vive acá no es difícil, es un barrio hermoso, pero que también te podías torcer.  

¿Por qué es un barrio difícil? 

Hay mucha gente que le nombras el Cerro o la Aduana y te dicen: “Oh el Cerro”, “Oh la Aduana”. Y después que están acá, se dan cuenta que no es tanto como se dice. Hay un tema de fama que es peligroso y yo no creo que sea así. Vos me dirás: Pedro vos naciste acá y desde que estamos hablando viste la cantidad de gente que saludó. Está bien, pero es un barrio que tiene muchos temas populares que dice: “La Aduana que te acuna” y es tal cual. Vos una vez que estás acá en el barrio, podés ver gente humilde y que labura, pero antes era muy diferente ahora.  

En el ambiente siempre se dijo que era muy complicado venir a la cancha de Waston o en su momento a Las Bóvedas. ¿Era complicado realmente o son mitos? 

Era otra época, en partidos contra Las Bóvedas por ejemplo, nosotros de niños (señala a todos los amigos que estaban escuchando) nos sentaban en el muro porque éramos chicos y adentro se peleaban. Terminaba el partido, se peleaban, pero al otro día se cruzaban porque todos trabajan en la estiba y no pasaba nada. Quedaba ahí. Una vez vino Peñarol a jugar acá y llegó con la gente de la Amsterdam. Jugamos, creo que perdimos y también se armó un lío bárbaro. Acá en el barrio de la Aduana el partido de Waston vs Las Bóvedas, es el clásico por excelencia. Yo recuerdo que con 14 o 15 años en la Plaza de Deportes N° 1 donde Las Bóvedas jugaba de local, llegué a ir y jugar, estaba la pica del barrio, que te cruzabas en la calle y te gritaban “mañana les vamos a ganar”, eso en el partido se terminaba armando lío. Siempre se armó lío, pero son totalmente diferentes a los líos que hay hoy. Antes se peleaba, te ganaban y te ibas con un ojo hinchado y quedaba por esa. Mientras que los líos de hoy no terminan más, pasa algo y después te van a buscar, lamentablemente no se termina en la misma noche. Yo tuve la suerte de conocer a todos los que vinieron y se pusieron la camiseta de Waston y les encantaba. Porque esto estaba siempre (parrilla prendida), porque la cantina era única, es otra de las cosas que han desaparecido, es el tema de las cantinas. Para mí, esta era una de las mejores del básquetbol, porque se juntaba mucha gente. Acá venía a jugar Atenas, por nombrarte uno que llevaba mucha gente y nos quedábamos hasta altas horas de la noche.

Te tocó vestir muchas camisetas y te sacó la de Waston que es tu vida. ¿Cuál fue el equipo que más te marcó en tu carrera?  

Es difícil esta pregunta, porque de todos aprendés algo. No me voy a poner el cassette y te voy a decir que Aguada me encantó. Es un equipo que te hace sentir jugador, porque vos vayas a donde vayas, se te acerca un hincha y te pide una foto. Permanentemente hay gente, a mí me tocó jugar una Liga Sudamericana y fue hermoso ver los estadios llenos. Es como todos, en Aguada te odian o te aman, yo tuve la suerte de pasar muy bien, no sé si me marcó, pero sí, me encantó.

En Defensor ganamos muchas cosas y Welcome también, pero otro equipo muy lindo es Unión Atlética. Era como Waston pero con un gimnasio de primera. Es el típico equipo de segunda, tiene una buena cantina, el hincha de barrio, Unión es otro de los que me gustó mucho también.  

Y la otra cara de la moneda. ¿El que te sentiste más incómodo? 

No tuve, no tuve. Podría haber sido Defensor, porque tiene pocos hinchas, y yo venía con el tema de los asados, la cantina. Pero nada que ver, fue como que lo inculqué eso, porque en Defensor hacíamos asados permanentemente y la pasamos bien. Teníamos a Cárdenas que probó el asado y después el gordo quería asado todos los viernes (risas). Problemas no tuve y tampoco hubo un equipo que no me haya gustado. Soriano también fue otro club que me encantó, una calidez divina la gente allá en Mercedes. Me quedó por ahí quizás la espinita de subir con Capurro que no pudimos y con Larrañaga también, que teníamos equipo para subir y no pudimos. Eso quizás, puede ser algo como un sabor amargo, pero jugaría de vuelta en cualquiera de los equipos que estuve. 

¿Cuál fue la cancha y el rival más difícil que te tocó en tu carrera? 

La cancha más complicada fue la de Defensores de Maroñas, yo tenía 16 o 17 años por ahí cuando jugué ahí. Tenía una particularidad, que, hasta el día de hoy, entrás y está la cantina, enseguida aparece la cancha. En el fondo había un paredón, la única forma de salir es por donde habías entrado. Una vez fuimos a jugar con Waston y al ser media chica, mucha gente no pudo entrar, éramos poquitos y estuvo complicado. Ganamos, pero para salir estuvo complicado (risas).
Después la cancha de Miramar, una vez me acuerdo con Bohemios se armó una bataola que fue impresionante. Yo en Miramar los conocía a todos, al finado gordo Andrés (Arruda), al Chust (Eduardo), pero en su momento se puso bastante difícil. Y rival complicado era el Bicho Silveira (risas). Somos de la misma generación, desde formativas hasta primera el Bicho siempre me marcó a mí. Era como Droopy, yo lo pasaba y aparecía de vuelta, era una cosa de locos, era el rival que, si podía esquivar, lo esquivaba, pero era imposible. Cada vez que nos enfrentábamos desde formativas, él en Stockolmo y yo en Waston lo tuve siempre, hasta que fuimos compañeros y salimos campeones juntos. Hoy somos grandes amigos. 

Económicamente. ¿El básquetbol te dejó para vivir día a día o pudiste hacer alguna diferencia? 

Para vivir bien, sólo para vivir. Agarré tres épocas lindas en lo económico, pero después fue todo común. A mí me vendieron, pero yo me llevaba un sueldo, no te llevabas un porcentaje por venta u algo de eso, para nada. Nunca agarrás una plata grande que vos digas, bueno guardo algo para después. En mi caso me dio para vivir y lo que yo creo que es más importante es los contactos y las amistades que te deja. 

¿Cómo se conforma tu familia y dónde estás viviendo? 

Mi señora Carina y no me quiero equivocar, hacemos (pensativo, porque esto lo va a leer y se va a enojar) 29 años de casados, aunque la verdad no sé si no serán 30 años ahora (risas). Tengo a mis tres hijos, Rodrigo de 24 años, Nacho que está en Argentina de 21 y María de 19. Estamos viviendo en Jardines del Hipódromo, hace 30 años que vivo ahí. Me casé, el abuelo de mi señora nos regaló una casa y ahí me quedé. Nos gustó y nos quedamos, estamos barbaros. Ahí tengo todo, la barraca de leña también, estamos con Rodrigo y ahora nos estamos proyectando para abastecer a todo lo que sea el básquetbol.  

Hay varias fotos donde se puede ver la unión entre los hermanos. Aunque por la partida de Ignacio esté un poco distanciado. Para un padre no hay mejor regalo que eso me imagino… 

Eso como padre es lo máximo y más como te conté como me crié yo. Yo siempre se lo digo a mi señora que ella se ríe, le comento que somos millonarios, por los hijos que tenemos y la familia que somos. Somos millonarios (repite emocionado). No precisás plata para ser feliz, ni plata para criar a tus hijos. El tesoro más preciado como padre son los hijos y tu casa es el cimiento. Vos construís tu familia desde tu casa, si a mí, mis hijos me ven tirado en un sillón con un control en la mano, ellos van hacer lo mismo. Ellos por suerte, van por un camino donde son muy compañeros entre ellos, son muy amigos, muy hermanos, están juntos permanentemente.

Además todos son deportistas. ¿Cómo lo tomaste eso? 

Sí, tal cual. Igual yo tengo un debe con María Eugenia, a lo que voy es, yo trabajé en formativas y creo que los hijos de, tienen un plus. Mis hijos desde la panza de mi señora van a una cancha de básquetbol, eso se mama, por suerte mis hijos son deportistas de alma. El mismo camino que hice yo de chico, lo hicieron Rodrigo y Nacho, los dos jugaron al baby fútbol en el Mirador Rosado y llegó un momento que los dos tuvieron que elegir que hacer, hasta que los dos jugaron al básquetbol. Ellos mamaron lo mismo que yo, el padre de mi señora toda la vida jugó al básquetbol también, es de familia. Si bien Nacho y Rodrigo jugaron, quizás uno explotó más que el otro, yo tengo un debe con María Eugenia. Yo estaba en Bohemios y ella era chica, agarraba la pelota y picaba entre piernas, tiraba al aro. Ahí empezó el Gallego Álvarez a decir que tenía que jugar y yo le dije que no me gustaría que jugara al básquetbol. Vos me decis, ¿Qué raro, no? Pero, no sé me pareció que en mi casa se respira tanto básquetbol, que se me ocurrió que la niña tenía que tener su vida, su espacio y no quería inculcarle que tenía que jugar sí o sí.  

¿Le gusta a ella? Porque el básquetbol femenino creció de gran forma estos últimos años. 

Le encanta, hasta el día de hoy me dice que le hubiese gustado jugar al básquetbol y más hoy con lo que explotó el básquetbol femenino. Pero, agarró para el handball y le va bárbaro. Además, hace telas, se sube hasta allá arriba con las telas y es una crack. Pero, la verdad me quedó esa espinita de porque le dije que no jugara al básquetbol. Aparte lo lleva en los genes, hasta el día de hoy tira dos por tres y tira bien. Pero no quería encasillarla también a ella pobrecita en el básquetbol, ya lo hablé con ella, le pedí disculpas, porque uno como padre no puede decirles a los hijos, que sí y que no en el tema deportes. Le dije que fuera de otro palo, pobrecita, en mi casa se hablaba todo de básquetbol y ella estaba ahí. Sé que la cagué yo, pero bueno, ahora ya está. 

El otro día en una nota con Andrés Ferrés estuvimos hablando de la cantidad de jugadores de renombre, que nunca pudieron salir campeones y en su caso como el tuyo se da en las tres divisionales. ¿Cómo lo tomas eso después de mucho tiempo? 

La verdad me enteré el otro día cuando leí la nota al Flaco que éramos los únicos. Estoy totalmente de acuerdo lo que dijo él. Hoy tengo 50 años, miro para atrás y digo: “Pucha salí seis veces campeones, bo”. Yo creo que Tato López tendría que tener 20 títulos, porque fue el mejor de todos y capaz no los tiene. Mismo Fefo (Ruiz), no sé. Es tal cual, tiene una dimensión que no te das cuenta. Yo llego a Peñarol y estaban: Marcelo Peinado, el Gato Perdomo, Danilo Gómez, me presentan y en la primera comida que tenemos, el Gato me dijo: “El día que salgas campeón es lo más lindo que te va a pasar como basquetbolista”. Y la dejé por esa, porque en Peñarol no salimos campeones. Pero, después si me tocó y es tal cual, levantar una copa, sacar una red. Salir campeón quizás a lo primero no le das mucha pelota, pero hoy con 50 años y con mis hijos que me pongo hablar con ellos es maravilloso. La otra vez vino Nacho, hace poco, y me dijo: “Che papá, porque no te hacés un museo o algo”. Yo tengo todas las camisetas que jugué, de todos los equipos. Vino un día y las ordenó, con otros trofeos que tenía y la verdad está bueno, muy bueno, porque la verdad para eso jugás. Uno juega para salir campeón, más allá de la plata, porque como hablamos hoy, no te hacés millonario. No jugás por plata, yo no sé ahora, pero antes se jugaba mucho por la camiseta. Pero, gracias a dios, pude salir campeón en tercera, segunda y primera. Es la primera vez en 50 años que lo digo, soy campeón del último Federal y de la primera Liga que lo hicimos con Defensor. Hoy me imagino que le preguntás a cualquier jugador, que le hubiese gustado y te va a decir: salir campeón.  

¿Por qué te retiraste? 

Qué buena pregunta. No sé. En Larrañaga en 2011 fue la última vez que jugué. Una vez tuve la suerte de hablar con Tato (López) hace muchos años y me dijo clarito: “El día que te cueste armar el bolso, no vayas más”. Creo que me pasó un poco eso, de ir a entrenar, armar el bolso y demás. Me hubiera gustado retirarme en Waston y no se dio. Jugué en Larrañaga, quería irme campeón y no pudimos. Y dije no juego más, y no jugué más. Extraño mucho, muchísimo, lo que más extraño es el vestuario que en mi época era fundamental y creo que ahora no hay mucho vestuario.

¿Cómo fue el pasaje de jugador a Asistente Técnico de Diego Frugoni primero y después Edgardo Kogan? 

A lo primero me llamó Diego y quería que fuese su asistente para dirigir a Bohemios. Me costó la transición de jugador a asistente, porque todavía tenía el jugador adentro y había cosas que me quería meter para adentro la cancha. Después ya no, con el Panza fue mucho mejor y ahora que ya tengo el curso terminado, creo que hay que hacer escalones.  Voy a continuar de asistente y capaz dirijo algún equipo de tercera, que ya tengo algo en vista y seguir despacio. Primero asistente, después algún equipo de tercera, hasta que me sienta preparado, dirigir segunda y después Liga. Creo que haber jugado 20 años al básquetbol, no te da ese permiso de dirigir, capaz a alguno sí, a mí no. Como todo hay que hacer escalones y yo lo pienso hacer.  

¿Te costó ser asistente de Kogan y estar en el debut de Nacho en Primera? No sé si te acordás de un entredicho que tuviste con un jugador (Agustín Da Costa) durante un partido vs Lagomar. Me imagino que son muchas sensaciones juntas, de ver a tu hijo y a la vez estar frente del plantel. 

Sí claro, me acuerdo. Te cuento, es difícil y no. Ese partido fue el debut como titular de Nacho con Lagomar allá y con Jayson, que él me dice papá ahora y yo lo adoro porque es un divino. Yo lo que tengo con Jayson, hasta el día de hoy, es que si él se pone a atacar al aro, no hay un jugador en el básquetbol uruguayo que lo pueda marcar. Pero a él le gusta más tirar de tres que romper al aro, veníamos con eso y en el partido se enojó conmigo, pero pasó. Lo que pasó con Nacho en Bohemios es que andaba muy bien en juveniles, pero muy bien. Entonces empezamos a ponerlo en el primero sólo a practicar y ya veías en las prácticas que andaba bien. Un día llega el Panza Kogan y me dice: “Mañana voy a tirar al Nacho para adentro”. Yo le dije que no, porque no estaba preparado. Me miró y me dijo: “Mañana juega Nacho y de titular”. Ahí le comenté que para mí estaba mal y ahí me dijo que él era el entrenador. Creo que el debut fue contra Larrañaga y después viene ese partido con Lagomar. Entra con Larrañaga, tiene un debut soñado, marca al extranjero de ellos, hunde una pelota, anduvo bien. Yo a los juveniles de Bohemios ya los conocía de años, porque yo los dirigía con Capalbo, teníamos una relación fluida y ellos a Nacho lo adoraban. No me fue difícil por ese lado. Sí, capaz alguno dijo: Juega Nacho porque es el hijo de Pedro. Pero, quizás hay mucha gente que no sabe, íbamos con Nacho a las 8:30 a entrenar y mejorar el tiro. A las 10:00 entrenaba con el primero, a las 13:00 con juveniles y después se iba a almorzar, para estar de nuevo a las 18:00 para mejorar el tiro. Alguno capaz que dijo algo, pero los compañeros no. Estaban muy contentos con Nacho, salimos campeones y subimos después.  

¿Qué se siente hoy ser el padre de uno de los jugadores con más proyección en el básquetbol uruguayo? 

Es un orgullo. Es raro, si vos me preguntas hoy, yo pensaba que de los dos era Rodrigo el que más iba a llegar, porque tenía una muñeca de chico que embocaba de todos lados. Nacho tiene lo que no tiene Rodrigo y lo que muchos, al menos yo les veo que es el querer ir a más. Nacho se pone en la cabeza algo y hasta que no lo logra, no para. Lo veo bien, muy centrado, creo que al haberse ido a Obras le hizo muy bien, porque la cabeza de él, está más allá de un partido. Siento una alegría enorme, un orgullo tremendo. Ayer justo (viernes pasado, cumpleaños de Pedro) estuvimos hablando y ahora lo pasaron para el plantel principal de Obras. Le digo: Nacho que bueno, vas a estar en el plantel principal de Obras. Y me contestó: “Sí papá, pero si yo no sigo mejorando puedo durar poco”. Entonces, lo que te digo, la cabeza de él es lo que me deja más satisfecho y más contento. Pero entre vos y yo (risas) estoy agrandadísimo, esto capaz no lo va a leer mucha gente (risas), pero me encanta, me encanta que le vaya bien y estoy orgulloso de él.  

¿Qué es Waston en tu vida? Hoy se puede ver el nuevo gimnasio de Guruyú Waston, como que está intentando volver de a poco. 

Para mis amigos y yo es Waston. Nosotros nacimos y nos criamos en Waston. Llegado en su momento, vino Guruyú y hubo una fusión y quedó Guruyú Waston. Lamentablemente no pudimos hacer nada en nuestra cancha (señala con la mano) que era techarla, no pudimos, luego se vendió. Ahora, yo no he ido, pero hace tiempo que fui y vi el lugar, se está armando un gimnasio importante para arrancar de cero. Aparentemente va a ser un club social y no va competir a nivel de primera. Primero se hará con formativas, porque no hay pibes y la Aduana va a tener un club donde la gente pueda ir. Waston es mi vida, el club de mi barrio, mis amigos, es todo. Hay mucha gente que quiero nombrar como Luis Nicodemo, Gabriel De Alessandro, el Ruso Navatta, Carlos García que hicieron mucho por el club.  

¿Te ves dentro de ese proyecto? 

En realidad, me gustaría sí. Yo estoy haciendo algunos proyectos deportivos para algunos clubes ahora, pero si mañana me llaman y me dicen: el proyecto hacelo para acá, dejó todo y sí claro, me encantaría. 

¿Qué extrañas hoy del básquetbol? 

Vestuario y cantina. La broma de vestuario, es difícil que los pibes de ahora lo entiendan, pero yo me crie en la época donde en el vestuario se cocinaba todo. Te peleabas o te llevabas bien, pero después entrabas a la cancha y eras un equipo mucho más fuerte que cualquier otro, porque en el vestuario se cocinaba mucha cosa. Yo también crecí en la época en la que, si hablaba Sergio Hermida, Tito Faral, Augusto Guerra, Walter Silvera, aunque yo hacía 40 puntos no podía hablar. Había que respetar y escuchar, adentro de la cancha te decían: “guacho vos juga”, y yo sabía que ellos me defendían. Y la cantina me parece que se ha perdido. Ahora vos ves gimnasios preciosos, cosa que me parece bárbaro, pero las cantinas tienen su mística.  

¿Qué te dejó el básquetbol? 

Si me pongo el cassette, te diría muchos amigos, porque me parece que va por ahí. Me dejó conocimiento, amigos, me dejó el ir por la calle caminando y que la gente te salude o no. Pero me dio respeto, códigos, todo lo que me enseñó Waston, eso lo tengo, lo guardo y me lo voy a llevar.