Son las 18.30 y el sol va cayendo en toda la ciudad. En un rincón de la capital los rayos iluminan una vía en remoción y un viejo cartel que se mantiene en pie por sus cimientos construidos a base de historia. Los pibes pican la pelota, los niños vestidos de blanco con sus moñas cuentan sus anécdotas diarias mientras los adolescentes salen del liceo y corren al ómnibus que los llevará de retorno a sus hogares. Es hora pico en uno de los puntos de Montevideo que contiene gloria barrial, murguera, deportiva y un sinfín de cuentos verídicos, y otros tantos fantasiosos. Fernando Tetes va viajando por los rincones de su identidad, en su casa: Sayago.

Esta historia no nace en una esquina anaranjada pero si tiene al barrio como punto de partida. Sus primeros pasos los dio en Ariel y Rosalía de Castro, a unas siete cuadras de lo que hoy es el Centro Social Sayago. El viejo, laburador en la cooperativa de transporte, fue insistido para que su niño juegue con los colores de Aguada y lo llevó a probar suerte. El periplo con la casaca rojiverde duró un solo encuentro en la cancha de Bohemios donde fue compañero de quien hoy es colega: “jugaba con Aldo Silva”. Saliendo del liceo fue embestido por un auto y el parate lo motivó a ir al club del barrio. “A mi me encantaba esto” esboza con emoción parado en el centro de la cancha donde antes, cuando fue por primera vez, apenas se dejaba ver una casona vieja recientemente derrumbada.

Sus primeras prácticas con la camiseta que ama se dieron en el Centro Social Cesopé, mientras que de a poco se iba armando el viejo piso de bitumen que condecoraba el gimnasio. De ahí en más, un sinfín de anécdotas, historias, amigos que perduran y seguirán perdurando en el camino de la vida. El tablado se avizoraba donde hoy está la tribuna Isaías Corbal, la que suele vestirse con las mejores pilchas para acoger a Los Pibes del Norte. Su primer gran grito de gloria fue ahí en 1991, donde luego de hacer el viejo desfile de carnaval con Contrafarsa festejaron el primer premio.

El día a día era vivir y respirar gracias al club. La infancia fue por y para Sayago con el básquetbol como principal motor. Del liceo a casa, hora de almorzar y de ahí salir a la puerta que llegaba Leonel en bicicleta. “Yo iba parado atrás” y la bajadita de la calle Ariel se transformaba en el tobogán que los depositaba en el Centro Protección de Choferes.

En la mano siempre iba su mejor amiga: la naranja. Con el aro como objetivo principal, la tarde se pasaba de la mejor forma posible. El sol bajaba y una vez más el birrodado era el medio de transporte utilizado para llegar lo más rápido posible al club y estar pronto para una nueva jornada de entrenamiento.

La llegada de Carlos Cuezzo -el técnico que los dirigia en Sayago- a Nacional trajo una estampida de pibes para el tricolor, incluido Fernando. Pretemporada hecha, entrenamientos por doquier determinaban que el campeonato empezaba. Llegó el momento de ponerse la camiseta, suspiro de por medio y una inmensidad de cosas que pasaron por su cabeza obligaron a tomar una decisión netamente drástica. “No puedo ponerme esa remera” y nadie entendía nada. El amor por Peñarol en fútbol catapultó un final que en su interior ya se conocía. No hubo palabras, opinión, ni nada de nadie que lo hiciera cambiar de parecer, “fue por respeto a ellos y a mí”.

Tras un año parado, por temas administrativo no se logró llegar con el pase, volvió al lugar del que jamás debió haberse ido. Ni la distancia que hoy mantiene, por no vivir más en el barrio, lo alejó de donde él se siente pleno. Fue el año 2004 donde vivió uno de los mejores momentos con el club. Él en los Juegos Olímpicos de Atenas y su club jugando el ascenso. Previo al juego llega un mensaje hacia Luis Silvera, “Tenemos que ganar por favor”. Enseguida la respuesta: “Vamos a ganar, venite”. “Estoy en Atenas, es imposible” reafirmó Tetes. Al instante un nuevo mensaje del Bicho: “¿sos boludo? no es en Atenas”. El resto es historia conocida, ascenso de Sayago, sin subir Nacional y un llanto cómplice de alegría que acortó los miles y miles de kilómetros para imaginarse festejando juntos, “todavía tengo la campera que me regaló”.

Fue la murga un arma fundamental para que la gente se sienta plena en esa intersección. “Contrafarsa era el sonido del barrio” agrega y al pasar se escuchan sonidos a marcha camión. La simpleza de una barriada tan apasionada por la vida de su lugar contrastaba con artistas de la índole de Osvaldo Fattoruso o Mariana Ingold, “se sentaba en la escalera a tocar con la gente”. El sentirse propio en un lugar provocaba la armonía justa en donde el club era el epicentro de toda esa comunidad. 

Hoy el club es muy distinto al de años anteriores. Una piscina hermosa es el centro de atracción en una zona que tiene vida propia. Un gimnasio repleto de máquinas nuevas convierten a Ariel y la vía un punto de encuentro para toda una comunidad. Tal vez algún veterano soñó con este momento su institución, imaginó a mil chiquilines desbordando aquel lugar. Con mucho orgullo y firmeza enfatiza “este club te da un oficio”. Hoy Sayago no gasta en traer figuras y eso “hay que celebrarlo”. Hoy los Lemos, los Silva, los Bonnet, los Dogliotti dan la cara por el equipo, “tal vez no te llevamos a la NBA pero acá te dan la oportunidad”. La plata está en otros lados, “acá los mesías no existen”, uno se podrá ir y ser mejor pago en los clubes económicamente más fuertes pero “si sos de Sayago te vas con los valores hechos acá”.

El barrio tiene esa magia interna capaz de atraparte. La noche ya dice presente y la luna ilumina la desolada estación. Los padres levantan a sus hijos, turno de descansar para mañana volver a encarar. El parroquiano más fiel se sienta en el muro frente al nuevo club y recuerda los momentos del viejo Sayago que agita el cemento. Fernando abandona el club, se retira de su casa y sueña con volver a estrecharse en un abrazo con toda la barriada.