El barrio como punto de partida y el club su lugar de encuentro permanente. Infancia, adolescencia y toda una vida con algo en común: Cordón. Conversamos un largo rato con Iliana Da Silva, su amor por el barrio y el Club Atlético Cordón.

“En mi barrio están mis huellas, si yo siempre estoy llegando” dice Aníbal “Pichuco” Troilo en un tango bastante añejo, que tranquilamente puede describir la vida de Iliana con su Cordón. Idas, vueltas, pero siempre un sentido de pertenencia inconmensurable con la calle Galicia, los puentes, y ese cambalache hermoso que es el viejo Cordón.

Nació en La Teja, pero a sus tres años debió mudarse para Galicia e Inca, donde el padre tiene su taller de toda la vida. La mudanza no fue por elección, por aquellos años comenzaban las obras de los accesos de Montevideo, por lo que su casa fue expropiada y tuvo que marcharse del barrio que la vio nacer, para conocer las calles de su vida, esas que la marcaron y tanto le enseñaron. Es que Cordón es su lugar de pertenencia, tiene esa cercanía con el vecino, el almacenero y el panadero que te dan momentos de encuentros fugaces. Ese placer cotidiano, bohemio y barrial de conocerse mutuamente, de sentirte parte, esas formas de relacionarse que hacen a la construcción de un barrio, de una comunidad. Con ese tipo de vínculos fueron los que Iliana creció, y si, no hay con que darle. Cuando uno es tan feliz en un lugar, te queda marcado para la posteridad.

El culpable del amor de Iliana para con el Club Atlético Cordón es su padre, pero no necesariamente por trasladar la pasión a su hija, este no estaría siendo el caso. El viejo Da Silva era habitué de la cantina del club, donde se reunían los talleristas, vecinos y parroquianos, que tenían un lugar de encuentro donde conversar y distenderse por largas horas de la noche. A los 11 años aproximadamente empezó a acompañar a su padre a Galicia y Gaboto: “Mi viejo me traía al club como una carta de garantía de que volvía a casa temprano”, en ese entonces, un joven Mario “Loco” Gomez le prestaba una guinda a la hija del tapicero para que chiveara un rato mientras su padre se tomaba algo y compartía con sus amigos en la vieja cantina que se ubicaba debajo de la tribuna Hebert Núñez. Siendo la única niña de todos los gurises que jugaban durante esas horas en el club, le empezó a agarrar el gustito al básquet. Las innumerables noches tirando hacia el aro empezaron a dar sus frutos, a tal punto de arrimarse a un par de prácticas de formativas. De a poco, los roles comenzaron a intercambiarse, lo que era un espacio para Da Silva padre, se convirtió en un lugar de encuentro y disfrute para la pequeña Iliana. Y así fueron pasando los días, meses y años: el ritual semanal de todo el barrio cuando el albiceleste jugaba, el arrimarse al club y en su caso, aprovechar la entrada gratuita ya que la tapicería de su padre era sponsor de la institución y del viejo tablado de la calle Galicia.

Llegó la adolescencia, e Iliana siguió encontrando en esa esquina un motivo para disfrutar, tanto con su hermana, como con sus amigos. Veía a ese equipazo que peleaba todos los torneos y a su jugador favorito: Camilo Acosta. Haciendo memoria, mientras observa el Zito, vacío, en silencio, pero iluminado por el sol que entra desde el ventanal de Galicia, recuerda cuando a sus 15 años, durante un partido, por hacer una maldad -pararse detrás de la bancada de prensa- para molestar “al Peinado del momento”, prendió un pucho y sin darse cuenta, salió en un primerísimo plano de la transmisión televisiva que su padre estaba mirando atentamente. Entre risas y agarrándose la cabeza, recuerda como la vino a buscar inmediatamente en una de las tantas anécdotas que tiene dentro del gimnasio cordonense.

El recuerdo más lindo que tiene es en la final del Federal 92’ ante Biguá: “Me quede sin entradas, lo escuchamos con mis amigos por la radio afuera de la cancha y fue una demencia”

Los años siguieron pasando, la partida del barrio de ella y sus amigos, junto con sus comienzos en los medios, fueron alejando a aquella niña del barrio y del club. Pero el sentimiento seguía ahí, guardadito en algún rincón.

Lejos quedó la década de los 90’, el club ya no era lo mismo, atrás quedaron esos días de glorias deportivas y sociales. Las copas comenzaron a oxidarse. Y lo más importante, el club empezó lentamente a alejarse del barrio y su gente. En diciembre del 2012, tras un horrible episodio de violencia, Cordón sufrió la desafiliación. Mientras el club atravesaba los días más oscuros de su historia, Iliana se encontraba trabajando para los medios, sobre este caso. Le tocó entrevistar a la familia de Soledad, sin poder comprender como de un partido de básquet, pudo derivar en ese trágico suceso, “fue una etapa muy dura para todos, para el barrio y para el club, que quedó totalmente estigmatizado”.

Los caminos de la vida la fueron alejando del lugar de su niñez, y la vida misma también se fue encargando de a poquito, de arrimarla nuevamente. Sus amigos de siempre, por distintas razones volvieron al barrio, pero no fue solamente eso, sino el día en que se subió a un Uber y se encontró con un popular hincha de Cordón: José Fajardo, que además de ayudarla en un día jodido que venía teniendo, se encargó de “manijear” a la fanática que Iliana lleva adentro. Tras la insistencia de este hincha y directivo del albiceleste por volver a involucrarse con el club, se lo replanteó y pensó detenidamente. Hasta que se decidió por volver al lugar donde fue feliz: “Es lo mejor que yo puedo hacer por el club, reivindicarlo. Reivindicarlo como lugar”. Hoy se rencontró con aquella niña que le pedía a Gómez una pelota para tirar, tiene nuevamente su carnet de socia, participa activamente de todas las actividades del club y hasta encontró en su hijo, Martín, un nuevo compinche tanto como para ir al Zito, como para colaborar con la olla popular organizada por las formativas.

A partir de ahí, el vínculo volvió a ser el de antes. También porque Cordón comenzó a acercarse a lo que era, no por los logros deportivos, sino por las victorias sociales, esos triunfos que son los que verdaderamente importan: el acercar el club al barrio y su gente. Ese cambalache hermoso que es Cordón volvió a enamorarla, ese cambalache querible, de lugares, personas y colectivos que tiene en el club a “el corazón del barrio” ese que “lo fue en su momento y está recuperándolo otra vez, para volver a ser el punto de encuentro de todos”.

La sonrisa se agranda cada vez más cuando describe la actualidad del nuevo Cordón, ese que con las obras, con esa novena estrella, sueña volver a ser lo que fue: un lugar de amigos, de encuentros y de oportunidades.

Creo que la mayoría nos sentimos identificados con ese orgullo de pertenecer, ya sea un barrio, a un club, o como en este caso: a ambos. Iliana es el claro ejemplo de esto, porque a pesar de las distancias, uno siempre vuelve, por amor y porque así lo siente.