No va a ser la primera ni la última vez que el sueño se termina en el momento más lindo.

Me acosté a dormir. Creo que fueron ocho horas, como cualquier día normal, pero parece que pasaron un montón de meses, repletos de ventanas que mostraban cosas tan lindas que emocionaban, e ilusionaban.

Era tan raro ese sueño que el basquet, mi deporte favorito, estaba a un partido de llegar al Mundial. Si, al Mundial, en serio. Esa fiesta que conozco hace tiempo, si yo siempre prendo la tele para mirar camisetas ajenas, y termino hinchando por la que más me cautiva, que casi nunca es la misma, pero con alguien hay que identificarse pa ` sobrevivir.

El sueño me llevó por un camino que estaba divino. Le ganamos a potencias como Argentina -de visitante por primera vez- y a Puerto Rico en nuestra nueva casa, repleta de caras celestes. Nos dirigía Rubén Magnano, el de la Generación Dorada. Eso, reconozco, era raro. Al principio vi a Signorelli y, aunque le estaba yendo bien, de repente desaparecía. Viste como es esto, es dificil recordar con exactitud los sueños. Se te mezcla todo y no hay justicia que valga.

Llegó el día clave, jugábamos otra vez con Puerto Rico, esta vez en el Clemente y si ganábamos estábamos adentro. Yo pensaba: ¿Mirá si es el punto de inflexión para arrancar un proyecto serio y sustentado en cimientos que empiecen a crecer firmes?

Porque en esto del deporte de competencia los que mandan, indudablemente, son los resultados. Si no, mirá el fútbol. En el 2010 era todo un quilombo, a Tabárez lo querían rajar, pero el Maestro a base de triunfos se ganó la confianza y, desde su convicción continuó con lo que seguramente sea el mejor proyecto deportivo de la historia del deporte uruguayo.

El basquet también tenía un viejito lindo. Prometedor, recontra capaz, inteligente, ganador, experiente. Con espalda y capacidad. No pretendíamos pedirle tanto como a Tabárez, pero por lo menos que encaminara el rumbo para dejar de transitar por caminos inciertos que siempre se trancan antes de llegar al final. Era una linda chance. Ahora o nunca, pensé entre sueños que Rubén iba a poder.

Llegó la hora del partido, no había picadita ni cerveza que pudiera calmar los nervios. Era dificil, había que tener una noche perfecta. No saben que lindo arrancó. Uruguay entró metidísimo. Los tipos que estaban ahí adentro defendían la causa como si el sueño de mi cabeza fuera el de tres millones. Yo estaba aplaudiendo y gritándole a la tele, haciendo tanto ruido que, de haber sido real, seguramente hubiera llegado hasta la mismísima San Juan de Puerto Rico.

El equipo brillaba en el amanecer del sol que, tímido, aparecía entre las nubes que empezaron a opacar la ilusión. Llegué a ese estado cuando no sabés si estás despierto o dormido, aunque hagas fuerza para soñar un ratito más porque pinta linda la historia imaginada. Cerré los ojos haciendo fuerza, vi una reacción imposible cuando todo parecía perdido. Porque hasta en los sueños los uruguayos jamás nos damos por vencidos. Ahí estaba Parodi con unos huevos enormes tirando la bola para ir al alargue.

Nunca me enteré que pasó, ni como terminó el cuento. Como dice el Indio, una noche de cristal que se hace añicos. Sonó el despertador en la mañana de febrero. Me levanté. Llueve, raro porque estamos en verano. Todó sigue igual. No fue más que un lindo sueño. Hay que ir a laburar…

¡Que tengan un buen día!