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Del toallero al medallero

Una medalla olímpica guardada en el cajón de su casa es la insignia mágica de un enamorado del básquetbol que a los 80 años sigue despuntando su vicio preferido jugando en la categoría para mayores de 75 en la Unión de Veteranos del Básquetbol del Uruguay. Raúl Ebers Mera regaló conceptos de presente, pasado y futuro en una hermosa nota donde tocó varios temas.

Raúl Ebers Mera nació en el barrio Arroyo Seco pero el reuma cardíaco que lo afectó en su niñez hizo que su familia, tras la recomendación de los médicos, decidiera mudarse al Prado en busca de “aire sano”. Pasó tardes interminables intentando embocar una pelota de tenis en el huequito entre toallero de metal y la pared, mientras que la diversión de los niños de la zona pasaba por jugar al fútbol en el “campito de enfrente” a su casa, lugar en que personas vinculadas a Stockolmo vieron la altura de sus dos hermanos y los invitaron a sumarse al básquetbol de la institución. Raúl fue atrás, sin imaginar que ese camino le iba a cambiar su vida para siempre.

-¿Qué recuerda de su niñez?

-Que fui muy querido y muy cuidado. Los barrios antes eran muy unidos, los vecinos formaban parte de tu familia. Por mi problema al corazón tenía mucha atención, aunque yo no sabía que era por eso. Me gustaba el deporte pero mis primeros contactos fueron muy pasivos. Iba a ver a Goes o Aguada, ya me picaba el bichito del básquetbol pero no podía jugar mucho. Entonces con una pelota de tenis tiraba al perchero de metal para colgar la toalla, me pasaba horas porque no había tantos entretenimientos como ahora, embocaba poco porque era muy difícil.

-¿Cómo empezó a jugar básquetbol?

-Iba a ver a mis hermanos a Stockolmo, cuando me venía una pelota la tiraba y esperaba que llegara otra para volver a tirar. De a poquito me fui metiendo, con ganas de mejorar. En 1949 arranqué a jugar en menores y después pasé a la Reserva, que jugaba de preliminar del primer equipo. En esos partidos me mataba para que me citaran para integrar el plantel principal junto a los cinco titulares. Eso estimulaba mucho. Debuté a los 13 años en primera.

-Fue el primer jugador uruguayo en tirar con una mano, ¿cómo lo aprendió?

-Se había empezado a practicar en Estados Unidos en 1946, era algo nuevo en Uruguay. Me lo enseñó Olguiz Rodríguez, quien luego fue el entrenador de la selección en los Juegos Olímpicos de 1952. Lo normal era tirar a dos manos. A mí con 13 años me resultó fácil aprenderlo de esa forma.

-En su época de jugador la carrera del basquetbolista terminaba muy temprano, ¿por qué?

-Era lógico retirarse antes de los 30 años, el deporte era un complemento del estudio o del trabajo. Después tenías que formar la familia y asumir otros compromisos, no se le podía dedicar tiempo al básquetbol. Dejabas casi por obligación, no por ganas. Yo me retiré con 27, a esa altura trabajaba en el Banco Comercial. Después jugaba socialmente en el club, pero sin competencia.

-¿Cómo era la vida del club de barrio?

-No había atracciones diferentes al deporte, los diarios o el cine. El club era el centro social, había actividades deportivas que también ayudaban a formar tu personalidad. Los dirigentes hacían obras sociales y se preocupaban mucho por el comportamiento y la organización de los asociados. El que no se adaptaba a las reglas de comportamiento era expulsado.

-¿Qué le quitó el profesionalismo al básquetbol?

-Cuando se profesionalizó pasó a ser un medio de vida. Ahora se quedan jugando hasta que los echen. Eso hace muy difícil que aparezca el recambio con nuevas figuras, no hay oportunidad para los chiquilines, porque tampoco existe la Reserva. Además le sacó la pertenencia al club. Los jugadores cambian mucho de equipo, por más que tengan preferencia por una institución.

Mera, quien se declara como un “enamorado de Uruguay”, debutó en la Selección a los 16 años. Fue bicampeón Sudamericano, en Montevideo (1953) y en Cucuta, Colombia (1955). La celeste en básquetbol venía de obtener la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Helsinski en 1952 y se preparaba para un nuevo desafío en Melbourne 1956. El viaje a Australia demoró cinco días. El entrevistado enfatizó que, más allá de las escalas, pasaron “78 horas exactas” arriba de los distintos aviones, él “lo iba anotando en una libretita”.

-¿Qué sintió al ser parte de la época más exitosa del deporte uruguayo?

-Uruguay estaba muy acostumbrado a ganar, a partir de 1950 se vivió una década gloriosa. Se dio el campeonato Mundial del fútbol, Atilio Fracois en ciclismo era uno de los mejores del planeta, Dogomar Martinez se destacaba en boxeo y también la pelota vasca con Nestor Iroldi y Cesar Bernal, todo era un éxito. Esas situaciones daban cierta obligación de no hacer papelones. Así se forjó la base de la rebeldía que hasta hoy existe en el uruguayo por hacer el máximo esfuerzo y luchar hasta el final. De esa forma se consiguen resultados inesperados por ese tipo de idiosincrasia de no entregarse nunca, ni en el deporte ni en la vida.

-¿Cómo recuerda la experiencia olímpica de Melbourne?

-Fue la última sin la presión de las marcas y el marketing, era el idealismo puro del Juego Olímpico. No podía permitirse que un deporte profesional participara, a pesar de que la Unión Soviética ya tenía deportistas profesionales. Fue el primer evento grande para Australia que era una isla casi deshabitada, en todo ese “continente” había siete u ocho millones de habitantes. La gente ofrecía mucho cariño y confianza a los deportistas, buscaban conocernos e incluso te invitaban a su casa a desayunar.

-¿Cómo fue vivir en una Villa Olímpica?

-Esa forma de pasar la vida cotidiana era hermosa, tenías cerca a los principales deportistas del mundo todos los días. Había una escuela adentro de la Villa y una vez yo estaba paseando con Carlos Blixen -integrante del plantel del 56- y nos invitaron a pasar. Él por suerte sabía inglés fluido, yo tenía una idea pero hablaba más “a lo Tarzán”. Nos hicieron entrar a una clase, trajeron un planisferio, nosotros indicamos donde era Uruguay y los alumnos nos empezaron a hacer preguntas del país. Pasamos muy bien, vivimos una experiencia inolvidable.

-¿Qué sintió en el momento que se concretó la obtención de la medalla?

-Salir tercero es muy bueno porque terminás ganando. No es malo ser segundo, pero volvés a tu país perdiendo. Ganarle a Francia que nos había ganado previamente fue muy gratificante. Recibir la medalla y ver la bandera subiendo en lo alto nos puso muy orgullosos. No percibíamos lo importante del logro, fue la última vez que Uruguay ganó una presea en un deporte conjunto. En ese momento creímos que como se había ganado cuatro años antes iba a ser algo común.

-¿Qué cambió para que hoy se vea tan lejana la chance de repetir?

-Que Uruguay lograra tantas cosas fue un asombro para todos. A partir del 60 hubo una situación que ahora se ve como común pero para mi cambió mucho. Antes el deportista negro casi no participaba en el deporte, era la excepción. El físico del atleta negro es privilegiado en cuanto a elasticidad y potencia. Lo digo con el reconocimiento y el valor que tiene un atleta de raza. Son diferentes, me asombra cuando los veo jugar a cualquier deporte.

-¿Dónde tiene guardada la medalla olímpica?

-No soy de tener las cosas colgadas en paredes ni nada de eso. La tengo en un cajón con la computadora y algunos recuerdos. La guardé y casi nunca la miro. Cuando me la piden de algún liceo o escuela la llevo, pero la mantengo sin haberla limpiado nunca, a propósito, porque quería que quedara siempre como me la entregaron.

-¿Cómo ve a la Federación Uruguaya de Básquetbol (FUBB) en la actualidad?

-Con problemas para agarrar un rumbo donde se note que hay un camino de renovación para buscar sobresalir con jugadores nacionales. Se prefiere contratar extranjeros que formar uruguayos. Ahora hay chicos que con 23 años tienen que dejar de jugar al básquetbol porque no tienen lugar. No tengo la solución, es difícil.

-La Intendencia de Montevideo, junto al Municipio CH y a la FUBB, inauguraron el pasado 18 de octubre en la plaza Héroes de la Independencia de América ubicada en el Parque Batlle cinco sendas que llevan los nombres de grandes glorias del básquetbol como Martín Acosta y Lara, Albérico Passadore, Héctor López Reboledo, Oscar Moglia y Olguiz Rodríguez. ¿Qué le generó?

-Que los reconozcan sirve de ejemplo para las generaciones siguientes. Nadie hace las cosas para trascender pero de esta forma el resto empieza a conocer los motivos por los cuales fueron reconocidos. Fue muy lindo. Por razones de cariño, para mí, faltó Adesio Lombardo. Los méritos deportivos son incuestionables, fue goleador en todos los campeonatos donde participó incluso en el Juego Olímpico de Helsinski. Hay tiempo, ojalá lo reconozcan.

Mera integra el movimiento de la Unión de Veteranos del Básquetbol del Uruguay (UVBU). Con el grupo de mayores de 75 se juntan a jugar lunes y miércoles en el gimnasio ubicado en Jaime Cibils y Cadiz. Durante uno de los entrenamientos, postergó su presencia en el picadito característico para brindar esta nota.

-¿Qué lo incentiva a seguir jugando al básquetbol a los 80 años?

-Somos amigos de mucho tiempo. Igual se juega a ganar, hay peleas y se cobra todo. Tenemos un grupo de Whatsapp que se llama “BB+75”, un poco de forma irónica le pusimos ese nombre por la palabra “bebé”. Hay muchos que tienen algún problema físico o cardíaco, pero vienen a jugar igual y demuestran las ganas de ser felices sin impedimentos. Además una vez por mes nos juntamos a hacer una comida. Hacemos cosas que nos dan placer, nos mantenemos vivos y felices en un grupo de amigos. Pero vivo que te das cuenta que estás viviendo, no vivo sin hacer nada.

-¿Qué significa para la UVBU tener un gimnasio propio?

-Fue a la uruguaya. Esto no existe en el Mundo. Nació hace algunos años,
con colaboración de la IM y el Ministerio de Transporte y Obras Públicas. Era un lugar abandonado donde mucha gente pasaba la noche. Ahora se transformó en este hermoso gimnasio donde cada integrante de la UVBU colabora con los costos. Además somos muy respetuosos de nuestro lugar. Participan también las mujeres, no le digo “veteranas” porque la mujer nunca lo es (risas). Ellas le aportan su dedicación. Está todo muy organizado. Es un orgullo.

-¿Qué le dejó básquetbol?

-Saber lo importante que es disfrutar. Y pensar que la felicidad no es historia, algo que yo pensaba. Antes decía “que feliz fui”, ahora me doy cuenta que feliz soy.

Foto: Referi.

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