Hace más de 40 años realizó el camino por la ruta 8 que une Minas con Montevideo, como cualquier botija, cargó su bolso de ilusiones y se fue a la capital a probar suerte en el estudio, el trabajo y, en este caso, el deporte. 

Su prominente físico lo obligó a jugar al básquetbol, ya que no había zapatos para poder jugar al fútbol, como la mayoría de los purretes que comienzan a desempeñar actividades físicas. Jamás pensó jugar durante 23 años ya que, como menciona: “Yo fui un jugador muy tosco, pero dejaba todo por cada pelota, me transformaba dentro de la cancha”

El Canario, de mil batallas saltó en varios equipos, guarda un grato recuerdo de todos. Aún se faja abajo de las tablas con los veteranos de +55 en Peñarol. Tiene un amor especial por el tenis, que lo absorbió de su única hija, tanto la acompañó a sus entrenamientos que quiso aprender y le gustó.

Desde sus inicios en Montevideo, viviendo en el garaje de la casa de sus tíos en Malvín, a un reparto de galletitas y hasta un lugar en la Cámara de Diputados es que quisimos saber… 

¿Qué es de la vida de Danilo Gómez? 

Hoy tengo un negocio que es un laboratorio de venta de medicamentos de licitaciones públicas. Juego al básquetbol cuando se puede, hoy no, pero ya vamos a poder volver. Después viviendo la vida, como siempre digo: con mente positiva. Tratando de disfrutar las amistades que es lo único que nos llevamos. 

¿Cómo se dio tu comienzo en el básquetbol en Minas? 

Vivía a media cuadra de una plaza de deportes, era otro mundo, otro Uruguay. Vivíamos en la calle y sólo nos llamaban para comer.  Yo calzaba 45 y en aquella época no había zapatos Parabiago que eran con los que se jugaba al baby fútbol; ya a los 13 años medía 1.90. Ahí me agarraron para el básquetbol y comencé toda mi actividad. No tenía opción de elegir con el fútbol porque no tenía zapatos, era jugar al básquetbol y trabajar dentro de lo que se podía.

¿Cómo fue ese paso a Montevideo? 

Yo soy el bachiller más joven que salí de Minas, a los 17 años recién cumplidos ya había terminado sexto y me vine a Montevideo a jugar, trabajar y estudiar en la facultad de ciencias económicas. Un día se jugó un campeonato nacional de básquetbol en Nueva Helvecia y yo salí segundo goleador atrás de Fefo (Ruiz) que somos de la misma generación. Ahí Lens (Nelson) y Zito (Julio) me quisieron traer a Cordón y yo ya tenía todo arreglado. Pero, un día se apareció un Mercedes en la casa de mis viejos en Minas, era un dirigente de Peñarol, como toda mi familia es hincha, me vine a jugar a Peñarol. Ahí tenía 17 años y empecé a jugar al básquetbol, trabajar y estudiar. 

Te tocó jugar en varios equipos: Peñarol, Colón, Liverpool, Goes, Miramar, Marne, Urunday Universitario y Bohemios. ¿Con Peñarol te sentís más identificado? 

Estoy totalmente identificado con tres equipos, a los cuáles fui, jugué, me fui y volví, que son: Peñarol, Goes y Marne. Por más que en un momento era profesional, nunca hubiese jugado en Nacional, Aguada y Yale, a pesar de que tengo amigos en todos los clubes. Es por una razón sencilla, en un momento la gente de Nacional me vino a buscar y me dijeron: “No te podemos llevar porque estás muy identificado”. Yo creo que si sos profesional, no te tira la camiseta, sino la camiseta que vos defendés, yo había jugado en Peñarol y me sentí muy cómodo ahí. En mi caso la plata importaba, pero también donde vos te sentías bien y lo que quería, entonces le dije que no a Nacional. 

¿Qué se te pasó por la cabeza cuando te fue a buscar Peñarol? 

(Risas) La primera práctica fue un problema. En Minas había 10 jugadores mejores que yo, pero el único que jugó 23 años fui yo, los otros no aguantaron la presión que imponía llegar a Montevideo. Al llegar acá, yo le estaba sacando un lugar a alguien, en juveniles en ese momento, que eran compañeros de toda la vida. El primer día en el Palacio Peñarol nos dieron una pelota a cada uno, para mí era un sueño, en Minas teníamos una pelota sola para doce. Empezamos a tirar al aro, en una tiro y el rebote se va para un costado, viene un muchacho y arrancó a tirar con mi pelota. Entonces, en un momento le digo: “Bo, esa es mi pelota” y me respondió que él tiraba con cualquiera. Lo invité a ir para el vestuario y saltó Álvaro Tito y me dijo: “No canario, no te calenté” y quedó por esa.
Conclusión: Esa noche salí con ellos a tomar cerveza, me hice de la barra y es parte de esto. Yo si aflojaba cuando llegué de Minas, no sé qué hubiese pasado, pero yo venía con la cabeza que tenía que jugar, trabajar y triunfar dentro de lo que me correspondía, porque a eso venía.  

¿Te esperabas la carrera de 23 años que tuviste en el básquetbol? 

No, para nada. Yo empecé Ciencias Económicas y los que veníamos con 17, 18, 19 años, corrimos a los de 30 años. Veníamos con mucha fuerza, el Fefo, Tato (López), Gato Perdomo, Tito, el Peje Larrosa, el Indio de Pena, toda esa generación, que después fueron campeones Sudamericanos y fueron a los Juegos Olímpicos, llegó con mucha fuerza, con hambre de jugar. Yo le prometí a mi vieja que iba a jugar hasta los 30 años y después retomaba mi carrera. Se estiró hasta los 41 años, porque mientras el deporte me pagara lo que yo destinaba de horas para el entrenamiento, iba a seguir jugando al básquetbol, esa era mi meta.

¿Cómo fue retomar los estudios a los 41 años? 

Era algo que tenía pendiente. A los 41 años retomé en Ciencias Económicas, que en realidad hice la Escuela de Administración y a los 46 me recibí. Ósea, ¡Tenía 46 años y estudiaba con gurises de 20! tenía la cabeza abierta y muchas veces era el que tenía que ir hablar con el rector de la facultad, porque tenía otra presencia. Además, siempre me gustó afrontar las situaciones.

¿Qué tan importante fue el respaldo familiar para esas decisiones? 

Mi viejo no quería saber nada con el básquetbol, él quería que trabajara. Pero cuando yo me vine de Minas tomé la decisión que quería estudiar porque me gustaban los números, mi padre no tenía ningún estudio de contador, como para ayudar o apuntalarme. Mis amigos y mis compañeros se iban todos los fines de semanas a Minas y yo me quería quedar en Montevideo. Mi familia me respetaba mucho porque nunca les pedí nada, mi primera habitación fue el garage de la casa de mis tíos, porque mis viejos no tenían para que yo pueda alquilar u otra cosa. Después salí adelante trabajando, dejé de estudiar para jugar y trabajar; volví a la facultad en 2002. Hubo una época que en el básquetbol se entrenaba doble horario y yo no podía, eso me limitaba a conseguir mejores contratos, pero gracias a ese esfuerzo y luego volver a estudiar, hoy pude salir adelante y quizás otros que en su momento hicieron muchísima más plata que yo, hoy están en una situación incómoda. Lo bueno es que, yo tenía un reparto de galletitas y el ir por todos los almacenes los hinchas de Peñarol o Nacional siempre me decían algo y eso también te abría puertas. Estar en el deporte, te abre puertas, siempre te da una u otra forma de trabajo para mantenerte. Yo siempre digo que fui el jugador más barato en relación a costo-beneficio que tuvo el básquetbol uruguayo (risas).

¿En que club te sentiste más incómodo? 

Quizás Bohemios, porque fue el último año de mi carrera profesional y teníamos equipo para arrasar y no lo hicimos. Pero, básicamente en la parte deportiva, ese es el sinsabor que tengo, porque fue un quiebre en lo que es el vestuario. El vestuario de todos los otros equipos que estuve era distinto a ese de Bohemios.

¿Por qué?  

Porque en Marne por ejemplo y en la mayoría de los equipos que estuve yo era el capitán y les jugaba a los dirigentes un casillero de cerveza. En Marne, si ganábamos, en la ducha teníamos un casillero de cerveza fría, entonces hoy la satisfacción más linda que tengo es, que luego de hacer deporte es tomarme una cerveza helada bajo la ducha, sin remordimiento de nada, porque gastas energía y la estás recuperando. Yo en Marne tenía 40 años, terminé jugando con el Cabeza José Fernández, Juancito Delgado, Federico Martínez y otros gurises del barrio, estaban en la de ellos. En Goes llegué a jugar, gancho por cerveza, cada gancho que metía ganaba una cerveza, le jugaba a Washington Rivero que era dirigente del club. Creo que el récord fueron cuatro ganchos, aparte los tiraba de cualquier lado si daba la situación, tampoco era abusar (risas). Aunque Darwin Desbocatti siempre encaja que el acrílico me mató (risas). 

¿Cuál fue la cancha más complicada que te tocó jugar? 

El único lio grande, grande, grande que tuvimos, fue Goes contra Defensores de Maroñas en cancha de Defensores de Maroñas. Puedo decir con tranquilidad que en todas las canchas me respetaron, puedo decir que nadie me pegó, no tuve problemas. Pero, ese partido fue muy difícil, porque se jugaba el descenso Defensores y Goes peleaba el ascenso. Ganamos y fue complicado, pero había otras canchas complicadas, pero había que jugar, no tenías otra chance.  

¿Qué se siente cuando nombran planteles de Peñarol que fueron campeones federales y aparece tu nombre? 

Para mí es un orgullo. Peñarol es una de las dos instituciones más grandes que hay sin dudas. Es complicado, porque el Uruguay cambió. Yo llegué a jugar clásicos Peñarol – Nacional en la cancha abierta de Nacional y no pasaba nada, no más que alguna piña, pero quedaba ahí el problema. Hoy sale muy caro mantener un plantel. Peñarol siempre tuvo equipos competitivos y hoy para pelear el campeonato precisás mucha plata, llegás a semifinales por ejemplo y alguien en la tribuna, que puede ser hincha o no, hace una macana y le sacan puntos. Lo mandan para abajo, hechos que ya le ha pasado a instituciones importantes, es complicado. La caterva (barra brava de Peñarol) nació con el básquetbol de Peñarol, había más hinchas en el básquetbol que en el fútbol. Es más, llegaron a poner un partido de Libertadores a la misma hora que el básquetbol y fue más gente a ver el básquetbol. Esa era la famosa caterva que el Toto Da Silveira una vez dijo, nació con el básquetbol, no con el fútbol. Peñarol es lo más grande que hay y que me conozcan en todos lados es gracias a Peñarol. ¿Goes – Aguada? Sí, por supuesto, tienen su historia y gente, también jugué esos clásicos. Pero, Peñarol al igual que Nacional, jueguen a la rayuela, a la bolita o lo que sea van a tener gente atrás.

Cómo hincha de Peñarol. ¿Fue difícil ir a juicio con el club en su momento para poder cobrar? 

El Cr Damiani con el único que hablaba era conmigo, otros compañeros y yo esperamos dos años para poder cobrar. Peñarol dejó de pagar, pero había jugadores que cobraban por otro grupo que se habían hecho responsables de esos jugadores y no de los que ya estábamos hace muchos años. Mi sueldo en la segunda etapa de Peñarol siempre fue el mismo, nunca aumenté nada. Hasta que nos dijeron que se terminó, que no iban a jugar más porque no había plata para nadie. Ahí yo esperé y hablaba con Damiani que siempre me devolvió las llamadas. Esperé un año y un día le dije que me hiciera vitalicio, yo era socio del club, no sé, cualquier cosa. Yo había salido en su momento de testigo a Marcos Roher que fue el primer jugador que le hizo un juicio a una institución de básquetbol, salí de testigo porque correspondía y estaba adentro del club, nunca tuve problemas con Peñarol. El Cr Damiani siempre supo que actué de frente, si alguien le hacía un juicio a Peñarol lo primero que hacía era borrarlo del registro de socio y a mí no me borraron. Él sabía cómo yo había actuado, yo nunca quise hacer daño, hasta que llega un momento que planteas las cosas una vez, dos, tres, cinco, diez veces hasta que te cansás. Esperé dos años, porque una vez me dijeron de arreglar una tercera etapa y saldar la deuda, pero por decisiones técnicas no arreglé. Yo me quedé tranquilo que agoté todos los recursos para llegar a un entendimiento, en la vida hay que ir derecho, de frente, si algún momento nos equivocamos, se pide disculpas y sigue su camino. 

¿Cuál fue el jugador más complicado que te tocó enfrentar?

¡El negro De Pena! Yo terminaba lleno de chichones, pero siempre leal. Siempre dije y lo digo hoy, sólo dos jugadores no me animaba a agarrarme a las piñas, como era antes, sólo en un vestuario, con el resto no tenía problemas. Pero, sólo con dos lo pensaría dos veces: El negro De Pena fue uno y el otro que falleció hace poco: Fito Medrick. Después (levanta las manos) cualquiera, pero estos dos fueron los dos más duros que me tocó enfrentar.  

¿Es real que tenes el récord de caballetes quebrados? 

Noooo. (Se apoya la cara contra el escritorio). Sí, fueron varias. Todas sin querer (risas). A veces las circunstancias del partido, en otra época se jugaba de otra manera y agarrábamos la pelota (hace el gesto que desplaza con los brazos), si alguien estaba ahí, era de pasar. Otras ocasiones, quizás se podía llegar a pensar que era porque te rompían los huevos y uno los “orejeaba” pero no era así como se piensa. Todas en acciones de juego, quizás una sí, no fue una acción de juego. Lo medí porque venía de antes y le pegué, pero justo se metió otro adelante y terminó siendo a otra persona, que no puedo decir porque es presidente de un club de básquetbol. 

La del presidente yo sé que fue jugando una final de veteranos hace muchos años, Atenas vs Malvín. ¿Puede ser? 

Exacto, en cancha de Bohemios. Pero no era para él (Sergio Somma), era con otro jugador que tuve problemas. Me tenía caliente y nos veníamos dando hace rato.
Descendió con Peñarol, yo tengo buena memoria para esas cosas. Peñarol jugó contra Cordón el último partido y bajó.

El jugador más importante que había adentro de la cancha era él y la última pelota no la tiró y definió otro, cuándo él debió asumir. Era el único nombre de jugador en ese equipo (Daniel Mancione). Ese partido de Atenas – Malvín se suspendió y se dio como empate el final. Increíble una final que haya terminado en empate en el básquetbol (risas). 

¿Te arrepentiste después por lo del Tano Somma? 

Sí, claro. Le pedí disculpas varias veces y no me las aceptó. Yo de lo que hice en el básquetbol no me arrepiento de nada, esa sí, es la única “manchita” si querés llamarle de una forma. Yo tengo muchos grupos, pero en mis grupos no hay garroneros, mentirosos y un problema que tengo es que voy de frente. Nací en el club Olímpicos de Minas que jugábamos los mismos cinco en menores, juveniles y mayores, nos tirábamos todos de cabeza a una pelota. Puedo pedir disculpas si me equivoco, como lo hice, pero arrepentirme no, porque evalúo en ese momento lo que pasa. Yo tomo una decisión hoy y mañana capaz no vale. Con el diario del lunes somos todos fenómenos. 

¿Qué te pasó una vez que fuiste a jugar al tenis atrás del Parque Central? 

(Risas) Lo que pasó fue lo siguiente: llevaba a mi hija a entrenar a Nacional y cuando entré uno me dijo: “Acá dejan entrar a cualquier manya”. Yo lo dejé y lo miraba todo el tiempo. Cuando se va a la camioneta es que lo sigo y le pregunto que problema tenía conmigo, que le pasaba, mano a mano. Y ahí me dijo: “No, yo no hice nada, sólo le comenté a uno” y quedó por eso. En Nacional, había mucha gente de Peñarol que iba a jugar al tenis, yo después de eso me respetaron muchísimo cada vez que iba.  

¿Por qué ese amor al tenis? 

Porque mi hija entrenaba en Nacional, estaba dos o tres horas y yo la iba acompañar, a ver como practicaba. Entonces dije, me voy a poner a jugar al tenis, jugar es un decir, a romper los cocos.

Además de tu hija. Tu señora estuvo vinculada al voleibol, era una familia completa y de varias disciplinas… 

Sí, jugó hasta los 45 años. Fue la capitana de la selección uruguaya de voleibol.

¿Cómo está conformada tu familia? 

Mi matrimonio y mi hija Fabiana. Ella es la deportista que mamó lo mejor de nosotros, es una fenómena a todo. Tiene tres charrúas en tres deportes distintos (dice orgulloso). Es campeona nacional en single, dobles y mixto de tenis. Promesa de voleibol de piso y Juegos Olímpicos. Campeona sudamericana en beach volley y primera jugadora extranjera capitana en una universidad de Estados Unidos de voleibol.

Cuántos logros, me imagino que para un padre debe ser muy gratificante… 

Un día que se venía para Uruguay, por las mías empiezo a orejear un libro de los 100 mejores extranjeros de las universidades, empiezo a pasar y veo a Fabiana Gómez dentro de las mejores 100 deportistas extranjeras en colegios de Estados Unidos. Una locura. Lo que tiene es que es muy humilde, más allá de las condiciones, la humildad es impresionante. Te cuento, jugando en los últimos Panamericanos de Toronto. Sets iguales contra Brasil para el pasaje a la final, ante Brasil que son campeonas mundiales. El tercer sets era a 15 e iba ganando Uruguay 11-4, a las 02:00 de la mañana fue el partido. Las brasileñas empezaron a achicar, las pasaron y ganaron. Me llama un ex compañero, que fue un gran base, de los dos mejores que tuve con Fitipaldo (papá de Bruno), hablo del Carpincho Graña. Me llamó y me dijo: “Danilo, tu señora te cagó, no puede ser. Tu hija es brillante, técnicamente nada que ver a vos, pero vos si perdías le hubieses tirado arena a las contrarias y pegado al juez” (risas).

¿Cómo es un día en la vida de Danilo Gómez? 

Me levanto temprano, a las 8:00 de la mañana voy a jugar al tenis hasta las 9:30. Después doy algunas vueltas y ya me vengo al laboratorio directo. En la noche cuando hubo básquetbol iba a jugar, pero ahora no tenemos, entonces ya me voy para mi casa. Esa es mi rutina digamos. Después, si se puede tener comida con las barras que me ha dejado el básquetbol, mejor.

Dos Federales, un ascenso y liguilla con Peñarol. Ascender con Goes, también una liguilla con Colón y el viejo torneo Permanencia con Liverpool. ¿Cuál fue el que te impactó más? 

Con Goes estuve cuando descendimos y cuando ascendimos. Bajamos y me quedé en el club, después me fui y volví para ascender. Más allá de lo deportivo y personal, en los equipos que estuve, en la mayoría volví, ósea que tan mal no me porté con ellos. El ascenso de Goes en el 96 fue maravilloso, con cancha llena en Unión Atlética. Yo tenía 36 años y fue uno de los que más me impactó, porque yo me había perdido de jugar una final por el ascenso contra Welcome en el Palacio Peñarol por una lesión en la rodilla y fue el último partido del campeonato, no lo pude jugar, ese año ascendió Welcome. Para mí, era una materia pendiente ascender con Goes y tuve la suerte de lograrlo.

¿Cómo fue formar parte del reconocimiento que se hizo en el Palacio Peñarol a los campeones sudamericanos de 1983? 

Fue muy emotivo, estuvo muy bueno. La verdad es que se lo merecían, fueron terceros en el Mundo. ¡Peñarol salió tercero en una Copa Mundial! ¿Cuándo vas a encontrar un equipo de básquetbol que pueda llegar a ese nivel? Hoy habría que hacerle un reconocimiento total, porque es difícil jugar con él ya que es el mejor del Mundo, es el Tato (López), un goleador olímpico, un fenómeno. A veces nos olvidamos de algunas situaciones, él fue un profesional mil por mil. Yo tengo una frase: “Los uruguayos somos profesionales para cobrar y amateur para entrenar”. Eso nos pasó cuando fuimos a juicio que algunos querían hacer huelga, si parábamos, con el perdón de la palabra íbamos hacer un culo y nos iba a ganar cualquiera. En esas situaciones el hincha quiere ganar y nos iban a putear todo porque íbamos a ser un culo.

¿Cómo estuvo ingresar al Parlamento como diputado? 

Fui el parlamentario más grande que pisó el parlamento (risas). No pude entrar en el asiento, es más, Lema (Martín) me autorizó a estar parado y me hicieron otro asiento. Es un cubículo chiquito, ahora con el presupuesto estuve 16 horas y me tuve que mover un poquito para el costado porque la realidad es que no entraba. Yo estoy como suplente porque apoyé a Gloria Rodríguez, voy a estar, pero no voy a entrar más, voy a renunciar. Es incompetente con el laboratorio y no me da el tiempo para todo. En seis meses me saqué un gusto, quería devolver algo a la sociedad, pero no me da el tiempo. No era para mí, yo soy extremadamente ejecutivo, a mi me gusta decidir y no dar muchas vueltas.

¿Te arrepentís o te faltó algo en tu carrera como deportista? ¿No te sedujo ser entrenador? 

No puedo, no puedo. Un solo día fui entrenador por Lavalleja y no aguanté, me daban ganas de agarrarlo del cuello. ¿Por qué? Porque el valor de la pelota hoy, no es lo que yo aprendí. Hoy la pelota no vale nada, entra cualquiera y la tira como si tuviera un porcentaje como los de la NBA, te tiran un triple como nada. Hoy un equipo gana por 15 puntos y pierde por 10 en un cuarto. Antes, Sporting o Cordón, te sacaban cuatro o seis puntos y no se los descontabas más, te cuidaban cada pelota como nada, te iban manejando. Hoy se juega a otro ritmo, nadie piensa cuantos segundos faltan, que es mejor para manejar la posesión, entonces no me aguanto como entrenador. Hoy no tenemos un base, lo he hablado con muchos, un base que sepa a quien darle la pelota en determinado momento, antes el base, si vos estabas medio loco, te agarraba y te ubicaba en un lugar donde él creía oportuno. Hoy no, juegan a otra intensidad y no tengo paciencia. Y después como jugador me faltó tener la tenacidad de entrenar con la que tengo para el resto de mi vida. Con el Vela Yern, que nos dirigió en Peñarol y salimos tercero en el Federal, donde no había americanos. No podíamos irnos si no embocábamos 10 libres seguidos, yo eran las 00:30 y seguía tirando libres. Pero, ganamos cantidad de partidos con el porcentaje de aciertos que tenía en los libres Peñarol, entonces llegamos a esa situación por habernos quedado después de entrenar. Si hubiera tratado de mejorar mis condiciones técnicas, hubiese aprovechado mucho más. Pero, para lo que era y lo que hice, estoy extremadamente conforme. Nunca pensé cuando salí de Minas todas las cosas que se lograron y el respeto que hoy me tienen todos.

Económicamente. ¿El básquetbol te dio para el día a día o pudiste hacerte algún gustito personal? 

El día a día lo mantenía con lo que yo hacía. El básquetbol me permitió darme lujos que de otra manera no hubiese podido. Mi primer auto fue una Mehari Ami 8, lo tuve gracias al pase que pedí cuando fui a Liverpool, de Colón a Liverpool, que me vinieron a buscar. Les dije que iba, pero si no tenía locomoción no podía ir. Me dieron la plata, me compré la Ami 8, íbamos con el técnico y el Carpincho Graña, jugábamos al Tute un rato en casa y después nos íbamos para la práctica, teníamos que cruzar Montevideo, todo por Propios derecho (risas). El básquetbol me permitió viajar también, que de otra forma me hubiese costado un poco más.  

¿Siempre estuviste en la zona de Malvín u otro barrio? 

No, en Malvín estuve como te dije más temprano enseguida que vine de Minas en el garaje de mis tíos del 78 al 84. Me casé en el 84 y hasta el día de hoy estoy en Buceo. De ahí me van a sacar con las patas para adelante, porque la casa la fuimos haciendo a mi manera para que pudiera entrar por las puertas y todo (risas).

Por tu forma de ser. ¿Alguna vez te apretó alguna hinchada?  

(Mirada fija y leve movimiento de cabeza, silencio) me pusieron un revólver en el pecho, por defender a un técnico en un partido entre Goes – Las Bóvedas, le querían pegar al Mono Vignola. Te cuento la historia brevemente: un día jugaron Goes – Las Bóvedas en la plaza 1. Terminó el partido y veníamos en una Brasilia, el Mono Vignola, el Gallego Taibo y yo. Ahí paramos y se armó un tumultillo que estaba el Chuleta Vanerio también, pero con piñas, nada de revolver, hubo un par de sucesos y quedó todo tranquilo. Al otro año, otra vez Goes – Las Bóvedas en cancha de Liverpool que era abierta, le ganamos bien a Las Bóvedas y quedamos ahí después del partido. Unos de Goes armaron lío y se fueron, quedamos nosotros que éramos pocos y un morocho me acuerdo me dijo: “Danilo, ¿Qué hacemos? ¿Nos damos o separamos?” Vamos a separar tas loco (risas). Y le querían pegar al Mono Vignola, por aquel suceso del año anterior y el Mono no tenía nada que ver. Era un botija que lo tenía agarrado y el padre estaba atrás. Yo agarro al hijo para sacárselo al Mono y el padre me insistió que lo dejara y le dije que no jodiera, hasta que sacó un revolver y ahí lo tuve que dejar, lógicamente. Después las cosas se tranquilizaron porque lograron entender que era otro plantel de Goes, sólo que el Mono también había sido el entrenador.

¿Qué te dejó el básquetbol? 

Me dejó conocer mucha gente, mucha gente, de todos los estamentos. Me permitió valorar al hincha, sobre todo en Peñarol, pero también a los demás equipos que jugué. El hincha que te iba a ver hasta las 00:00 e iba caminando a veces a la cancha de Olimpia por ejemplo y al otro día tenía que estar a las 6:00 trabajando. Eso es todo. Si no te tirás a una pelota de cabeza o te reventás por eso, no sos una persona.