Las influencias de los viejos llevaron a que el deporte fuera utilizado como forma de vida. Por ir en busca de sus sueños, decidió partir para el interior y probar suerte. La encontró y junto al talento se convirtió en la fórmula perfecta para llegar y ser campeón de Liga.

La niñez transcurrió en el viejo Palacio Peñarol donde su padre entrenaba a las formativas del mirasol mientras que Sebastián jugaba con los asientos del coloso. Atrás quedaron los tiros al aro con la multi única lamparita que iluminaba el aro del colegio Santa María y en el cajón de los recuerdos quedan todas las entradas que mamá Silvia guardó con la fecha y los equipos a los cuales su hijo enfrentó. 

Su rendimiento permitió ganarse el lugar y asumir el rol indicado en cada uno de los planteles. En la comodidad de su casa, una charla que empezó a mano a mano y culminó siendo una reunión familiar. Los más chicos acompañaban al viejo con la mirada y acentuaban todo lo que decía. Es más, hasta se animaron a relatar esas anécdotas que papá supo contar para encandilarlos. La complicidad en cada palabra y en cada mirada de los varones más grandes secundaban la ternura del más pequeño que iba y venía con la pelota abajo el brazo.

¿Qué es de la vida de Sebastián Muñoz? Aquel gurí que arrancó de incógnito pero que terminó escribiendo su nombre en la primera hoja de la rica historia de Malvín en Liga Uruguaya.

¿Qué es de la vida de Sebastián Muñoz?

Yo trabajo en el Colegio Clemente, en la Armada Nacional de profesor de educación física. Laburo y comparto mucho con los gurises y la familia. Trato de acompañar en lo más que puedo. Joaco está en el liceo, Santi en quinto de escuela y Federico en preescolar.  Vicky, que es la hija de mi señora, está en segundo de liceo. Tenemos para todos los gustos. Estoy laburando y estudiando porque estoy haciendo el curso de entrenador y estoy copado con eso, está muy bueno. Desde el 2018 estoy dirigiendo las categorías liceales del colegio, me copé y me dije que quería irme más arriba con ese tema. Tengo a un amigo profe, Jorge Fernández, que me ayudó dándome una mano y yo le dije que cuando me recibía me lo llevaba de profe a mi cuerpo técnico. 

¿Por qué el básquetbol?

Primero jugué al fútbol en el Urreta pero desde chiquito, según los cuentos de mi vieja, quería jugar al básquetbol. Mi viejo jugó en Welcome desde joven y por eso nací vinculado al básquetbol. Mi viejo dirigía las formativas de Peñarol y me llevaba a las prácticas y yo recorría todo.

Jugaba a bajar las butacas, que eran de metal, entonces subía y bajaba todas. Cuándo preguntaban por donde andaba, se sentía el golpe de los asientos subiendo y bajando la base. Mi vieja es profe de educación física. Nunca jugó pero siempre estuvo con una pelota adentro de la cancha. Jugaba al pelota al cesto, que era un predeporte que había antes que todos jugaban alrededor del cesto. Siempre me gustó y siempre andaba en la vuelta. Jugaba al fútbol pero al básquetbol en Peñarol me hacían jugar con el carné de otro.

¿Cómo fue el arranque?

Mis primeras experiencias basquetbolísticas en un plantel fueron con Peñarol pero no como Sebastián Muñoz, jugaba con otro nombre cualquiera. Cuando faltaba uno, me ponían a mi pero siempre me cambiaban el nombre. Yo empiezo a jugar en mini en Bohemios por dos años, luego a cadetes en Goes y ahí fue la primera vez que jugué por la Selección de Montevideo. Me fui a Defensor en menores. A los 15 ya estaba ahí para luego llegar a primera con el club.

¿Te acordás del debut?

Obviamente. Lo primero que me acuerdo es que me comí mil meadas. El que dirigía en ese entonces era Daniel Chiechanovvechi, que yo lo adoro porque fue amigo de mi viejo y me conoce de chiquito, pero eso no quitaba que me puteara. De joven uno lo toma como que siempre es contra vos, pero luego aprendés. Una vez me dijo “preocupate el día que no te diga nada” y eso siempre se lo digo a mis hijos. Me recontra acuerdo. Cancha de Jaime Zudañez contra el Welcome de los monstruos. Cuando entré tenía que marcar a Marcelo Capalbo. No le tomé ni la matrícula, hacía un movimiento y ya me pasaba. Era un cuadrazo. Me acuerdo de entrar en un corte y me encontré con Navarrete que era larguísimo, de otra galaxia. Era flor de cuadro. La primera vez que entré como titular en primera fue con Cordón. Jugábamos con Diego Losada, Camilo Acosta, Bonda, Bouzout, Heber Nuñez, me comía piñas de todos los colores. Después jugué con Marcel y soy amigo de Caneiro, me siguen diciendo “vos pasabas y te mataban”. Ahí uno se va ganando el respeto y en ese entonces que eran siete fichas, un extranjero y luego veníamos los menores. Teníamos 16 años, comía y yo calladito siempre.

¿Cómo se dio tu llegada a Paysandú?

Yo quería entrar al ISEF pero no tuve suerte y mis viejos se enojaron. Vi que estaba la posibilidad de cupos disponibles en Paysandú y fui para ahí. Le avisé el día antes a mi viejo que había quedado, que me iba y si podía ayudarme un poco.

Aceptó y ahí arranque mi actividad en el departamente. Ahí voy a Touring que jugué como tres años los campeonatos del litoral y justo nació la Liga Uruguaya. En principio eran algunas fichas y sub 23. Yo hablé con Pablo López contándole que estaba jugando allá y me dijo que no me iba a tener en cuenta que ya tenía las contrataciones. En esas negociaciones a los clubes del interior le permitían tener una ficha del departamento. Entonces Paysandú citó a varios y los ponían a entrenar como prueba. Fueron varias instancias y se decantó solo porque yo ya jugaba contra ellos y yo ya los conocía a todos los que estábamos en esa prueba. Quedé y de a poco me fui ganando mi lugar. De hecho en el recambio llegó Diego Losada al club y no me sacaron a mí, sacó a Camilo Castro y yo quedé en el plantel y jugando. 

¿Cómo fue jugar con toda una ciudad atrás?

Eso estaba salado. Nosotros teníamos que estar una hora antes en el 8 de junio y ya estaba lleno hasta los huevos. Creo que hasta ahora se conserva el record de llenos seguidos en Liga Uruguaya. Siempre había más gente de la que se permitía entrar, era un infierno. Nosotros teníamos que ir una hora antes porque entrar era imposible. Autógrafos, foto con un veterano, con los más chicos, tenías que ir con tiempo porque no te dejaban entrar. Aparte siempre con respeto y eso estaba buenísimo. Tiene sus pro y sus contra igual. Me acuerdo que a un compañero que sabían donde vivían, perdimos y le dejaron un maple de huevo en la puerta. Luego tenés las otras que son hermosas como el recibimiento que tuvimos cuando perdimos con Defensor. Se paró la ciudad en serio. Llegamos al mediodía y estuvimos dos horas para hacer dos cuadras. Fuimos campeones morales porque nos habían robado.

¿Te robaron una final?

Sí, claro, nos mataron. Con Salto el segundo año perdimos, pero en la final Paysandú contra Defensor fue un robo a mano armada, descaradamente. Movieron el aro, el foul final, el gol fuera tiempo y no me digan que no fue porque lo vi cien veces. Hasta ahora lo miro y no hay manera. Es recontra foul pero aparte no fue puntualmente esa jugada, lo que pasa que es la última y es la que queda. Pero fue todo el segundo tiempo que nos mataron. En el primer tiempo íbamos 20 puntos arriba y fue una cocina a fuego lento. Prendieron la llamita y nos fueron dando de a poquito. Es más, no fue Juan García, fue Fares. Es imposible que no lo vea desde donde está. Estaba arbitrando bien y luego arrancó a pitar. Yo veía clarito y me decía “este nos está cocinando”. Nos llevó con mucha cancha para llegar al final parejo. El final la remata, increíble.

¿Soñabas con ganar la Liga llegando a Malvín?

Ya se me había escapado dos veces. La anécdota de la llegada a Malvín fue increíble. Yo siempre tuve la suerte de que a los drafts que me eligieron y llegamos a la final. En ese draft nos eligen a mí y al Quique Elhordoy, según la prensa especializada los peores fichajes. La historia es que no iba a ir a Malvín, no me iban a elegir. Ese draft fue en el entrepiso del Palladium y fui con mi amigo Victor Bastón. Llegué, me presenté y me quedé ahí. Subimos y empiezan a elegir las primeras elecciones y Malvín último elige al Quique. Entonces ya le dije: “Paragua, nos vamos”. Bajé y me quedé charlando con Pose de Aguada. Mi amigo se quedó arriba porque tenía ganas de quedarse a ver y yo ya le había dicho que lo esperaba abajo. En un momento baja corriendo como un demente a los gritos: “Seba, subí, dale subí”. Y yo no quería saber de nada y me estaba yendo, entonces me tuvo que decir “subí que te eligió Malvín”. Yo no entendía absolutamente nada. Subo y automáticamente todos los ojos se fueron conmigo. Miré y efectivamente me había elegido Malvín. Ellos iban por el Chato Martínez en la primera y en la segunda por el Quique. Olimpia eligió al Chato y él quería jugar en Malvín pero si renunciabas no entrabas en la segunda vuelta y se fue a jugar a Olimpia. Llegaron a mi de rebote. 

“De la primera vez nunca se olvida” recita el pueblo playero, ¿es verdad?

Está claro. Es imposible olvidarse por mil cosas. Por la situación de haber ganado, por cómo jugábamos con ese equipo. Si bien el Enano y Emilio estaban zarpados, ellos mismos eran los que repartían el juego, nadie se salía del libreto. Ninguno tampoco te decía: “te la tiraste de más”. Yo llegué a la primera práctica y lo primero que me dijeron “vos si estás solo, tirá”. De hecho, el primer partido con Malvín emboqué cinco triples desde la rinconera. Ellos rompían y abrían el juego. Me tocaba defender al mejor del otro cuadro. Todo lo que se generó fue increíble. Lo de la gente era tremendo. Ese equipo jugaba, pero aparte mordía.

El final del reglamentario fue una locura. ¿Cómo se vivió?

Nosotros la perdimos faltando nada, sacando de abajo. El cabeza sacó mal y esa jugada me terminó poniendo a mi en la cancha. La robó Martín Osimani sobre el final, fue al aro, bailó la pelota, salió y nos fuimos al alargue. Ahí me metió a mí y jugué todo el alargue, no hizo cambios. Yo siempre le digo a mis hijos que nunca arranqué jugando en Malvín pero siempre me tocó cerrar.

A falta de 10 segundos en el alargue hiciste un foul en la mitad de la cancha a Osimani y le diste dos libres. ¿Te mandaron a cortar o fue sin querer?

Nooo, no seas malo. Un foulcito fue. Eso no es foul de final. La arrancó a picar y yo lo fui llevando con el cuerpo pero no fue más que eso. Fue un foulcito. Me acuerdo de decirle a los jueces “¿que cobraste? esto no es un foul de final. Nos estamos cagando a trompadas y me cobras esto”. Erró el primero y embocó el segundo. Sacamos de la mitad de la cancha y en el primer movimiento que hago me empujan. La jugada estaba armada pero cuando le gano la posición al Sapo (Rovira), el Pepusa me mete la pata y me caigo. Vino el Enano a buscarla y se la robó Osimani y fue corriendo medio que cayéndose y chocándose con todos y erró. Ahí ves la diferencia del foulcito que me cobran a mi al llegar a eso, cualquiera.

¿Fue foul contra Martín?

Y probablemente haya sido foul pero no cobraron nada, siga y siga. Aparte, Martín se va cayendo, piña, patadas, todo lo que había en la vuelta. Cuando la pelota se fue afuera y pitó para nosotros la gente se metió y no había terminado. Quedaban segundos y se terminó.

¿Que fue ver el Cilindro así?

Me acuerdo una vuelta que Uruguay jugó un Panamericano que fui con mi viejo y estaba lleno hasta las manos y yo le dije “yo quiero jugar un día con un estadio así”. Y se me dio, llegué a jugar así. Me acuerdo una pelota terminando uno de los cuartos que robo, me voy al aro y hago el doble con falta y me doy vuelta para gritarlo con el banco y cuando levanto la mirada toda la gente endemoniada. Se te caía todo encima. No me olvido más de eso, son fotos que quedan para siempre.

Si hubieran entrado los dos libres de Osimani, ¿te lo hubieras perdonado?

No, seguramente no. La realidad es que no depende de mí. Los jueces a veces te cobran un foulcito y a la siguiente matás a uno y no te la cobran. Ahí te ponés a pensar si hay criterio o no. Es complicado.

También la que me quedó contra Salto, defendiendo a Paysandú, en la segunda final íbamos arriba nosotros y tenía dos libres para mí ganando por uno y quedaban cuatro segundos creo. Erré el primero y el segundo emboqué. Ganábamos por dos pero sacan de abajo y salí a marcar a primera línea, la revolearon y yo ya pensé que habíamos ganado pero cuando miré, vi solo en un rincón el Leo Vacca que la agarró y la mandó a guardar. Perdimos en la hora. 

Más allá de la Liga ganada jugaste en todas las divisionales, ¿qué es lo que más te gustó de todo eso?

En las distintas divisionales cumplí roles diferentes y tuve la suerte que jugué con muy buenos jugadores y con mejores equipos. Jugué en todos porque era un camaleón, siempre buscaba mi chacra. Cuando bajé de nivel tenía más responsabilidad y eso me gustaba.

¿Con qué equipo te sentís más identificado?

Si me preguntas rápido yo soy de Touring. En Montevideo siempre fui a ver a Aguada y me gustó siempre. Nunca me dieron la posibilidad de jugar ahí. En Aguada hubiera jugado bastante porque calzaría muy bien en ese club. En Olivol se portaron bien conmigo. Al final no, pero en su momento se portaron muy bien.

¿Hay algún Seba Muñoz en la Liga?

Creo que por el rol que cumple ahora y ha cumplido siempre. Pero hace un trabajo como el que hacía yo. Yo nunca fui un superstar por mi estilo ni nada. Leandro y Martín son de mi edad y son los crack de verdad, yo estaba ahí y remaba. Fui suplente de Lea en todas las formativas. Él las metía y yo entraba a defender y hacer algún puntito. Ahora, los periodistas más jóvenes, estudian básquetbol entonces ven el obrero, el trabajo invisible porque buscan ese detalle. Antes era color y anotar. Al que veo muy parecido haciendo ese rol es a Federico Pereiras. Yo hacía ese trabajo. Están los monstruos pero él entra y cambia todo. Defiende, mete triples, participa, ese rol es el que hacía yo. En Paysandú estaban todos los cracks y yo entraba a hacer ese trabajo. 

¿Qué tanto disfrutás despuntar el vicio con tu hermano?

A mi me encanta y disfruto muchísimo. Nunca jugamos en primera juntos pero sí un año de juveniles que yo estaba en mi último y el en su primero. La pasábamos bárbaro. Todos los que estaban ahí éramos amigos y encima nos entrenaba papá. Entonces los sábados de mañana nos hacía correr como suicida porque sabía que habíamos salido la noche anterior. Destilábamos alcohol por todos lados. Yo jugaba en Defensores de Maroñas y me dijo para ir a Olimpia +30 que se habían anotado y fui a verlos a un partido y fui así nomás. Me prestaron un par de championes y jugué un poco. Luego fui a la práctica y empecé a conocer y terminé anotandome. Esencialmente no conocía a la mayoría, entrené y me invitaron. Ahora estoy jugando ahí con todos. 

¿Por qué te fuiste alejando de jugar profesionalmente?

Yo no dejé de jugar porque quiero, dejé por unos temas del club. En el 2014 hicimos buena campaña en el Metro con Olivol y yo podía haber arreglado al siguiente Metro con Cordón, que terminó saliendo campeón, pero decidí quedarme porque de palabra me había comprometido. Era Fernando Joanicó que había dicho que quería mantener el grupo y reforzar con algún otro. Por un tema familiar, Fernando se fue casi a último momento y vino uno nuevo. Le dijeron que ya tenía esos jugadores y él dijo: “de esos quiero a este, este y este”. Yo llamaba a Gastón de Cola y no me atendía para nada. Un día caigo al club y le pregunté, me comentó la situación y bueno. Pasó y me quedé sin jugar. Si bien conozco mucha gente, no soy de estar mamadereando, lejos de eso. Soy amigo de técnicos sin drama pero no para llamarlos y decirle eso para que los acomoden o los coloquen. Como yo no soy así, no jugué ese año y listo. Cambiás el ritmo de vida luego de tantos años y se complica. Mi vieja iba todas las noches a casa para quedarse con los gurises y yo poder ir a practicar. De golpe empezás a estar en tu casa, los niños crecen y la responsabilidades cambian. Ahora que son más grandes son ellos los que me dicen: “¿cuando volvés a jugar?”. Ya tengo 40 pero ojo, no descartes que pueda volver. Tengo ganas, está el bichito y las ganas siempre son por mis hijos.

¿Que te dejó el básquetbol?

Anécdotas, vestuario, amigos. Lo que me queda es llegar a una cancha y que la gente empiece a saludarte. Como eso no hay nada. Nos pasó un día en la cancha de Malvin que fui a ver a Urunday cuando yo trabajaba ahí y era un sinfín de saludos, preguntas por la familia. Eso es lo que me queda. Luego llegás a jugar los veteranos, son todos abrazos y besos. 

¿Fuiste feliz dentro del rectángulo de juego?

Sigo siendo. Ahora siendo más viejo lo disfruto más porque no me caliento mucho, voy y lo disfruto. No quiere decir que no me caliente, pero me lo tomo de otra manera. Hablo distendido con los jueces, calmo a los que se enojan. Tenés más experiencia y lo disfrutás más, tenés más mañas. Además, ahora estoy estudiando para poder disfrutarlo del otro lado. Un día dirigiendo llegué y le dije a mi señora: “tengo que terminar el curso porque siento que tengo cosas para transmitir”. Tal vez llego a primera y no veo que soy malo, pero hoy siento eso, quiero probar.