La Liga Uruguaya volverá a exceder la capital. Habrá que transitar la ruta 8 para llegar a Pando. El equipo pintó la ciudad de verde para explotar en un grito de felicidad y abrazos de emoción. El pueblo está más lindo que nunca, Urupán es de primera.

Abrazos. Llantos. Alegría. Festejo. Recuerdos. Todo eso pasó en la noche de Pando. El 23 de octubre del 2020 va a quedar grabado como el día de la revolución en la ciudad industrial.

Es que el pueblo amaneció distinto. Poco importaba si seguía la lluvia o si aparecía el sol. Si el día estaba pesado o si la humedad se iba. Nadie prendía la tele para ver cuantos grados había. La indumentaria impuesta era de color verde. Todo el resto, pasaba a segundo plano.

Las banderas decoraban los balcones, los hinchas de otros equipos también apoyaban a Urupán. Las calles inundadas de musculusas de básquetbol. En todos lados se hablaba del partido, todos lo iban a ver, ¡hasta iluminaron las letras de la ciudad!. Incluso, cuentan los más pillos, que las lucecitas rojas que esconden lugares secretos, por esta noche, también fueron bombitas de luz verde.

El básquetbol le dio vida a Pando. El club de la ciudad fue creciendo sigilosamente con un proyecto serio que tenía en la mira el objetivo de la Liga Uruguaya de Básquetbol. Quizás la meta adelantó plazos previstos. Pero los temas lindos hay que bailarlos, y todos los que formaron parte de la institución se sacaron el gusto de tirar pasos soñados. Después verán -y disfrutarán – del “problema” en el que se metieron.

En la ciudad se juntaron los amigos, las familias, los que son de toda la vida y los que se sumaron hace poco. El aire se respiraba con un nerviosismo que se transformó en euforia y desató la locura con la chicharra final. Ahí fueron abrazos, lágrimas, gente en las calles y una caravana a pura bocina que trasladó al puñado de afortunados que pudieron vivirlo desde el CEFUBB acompañando a los protagonistas por 30 interminables kilómetros. Llegaron y estaban todos juntos, la fiesta fue completa.

Fotos, autografos, agradecimientos. Cervezas que se destaparon y protocolos que se rompieron. Hay que decirlo bajito, pero hoy lo valía. Les juro que esos abrazos eran tan impostergables como necesarios, aun en épocas de pandemia.

Los niños que jugaban a ser Soto, Cáffaro o Pomoli festejaron con sus ídolos. Esos mismos gurises que quizás hace unos años no sabían de este deporte y hoy están ansiosos de ir a corretear, picar la pelota y tirar al aro de Urupán, el club de sus amores.

Ganó Pando. Ganó la ciudad. Ganó el pueblo. Ganó Canelones. Y ganó la Liga Uruguaya, que al menos va a poder solapar esa mentira metropolitana gritando a viva voz que hay un cuadro del interior en Primera.