Malvín, vieja barriada sin fín. Así comenzaba el Saludo a los Barrios escrito por José Morgade en 1981 para su murga; La Reina de la Teja. Fue ese punto de la capital que terminó atrapando a Gastón “Rusito” González. El destino quiso que la institución de la Avenida Legrand se convirtiera en el club de sus amores.

Mientras que la naranja iba y venía, la guitarra sonaba de fondo. Las voces iban en aumento, los vasos brindaban al ritmo de la marcha camión y Malvín se posicionaba como punto de partida para hablar de lo que es, lo que fue y lo que seguirá siendo el barrio y su gente para una de las máximas figuras que tiene el Carnaval en la actualidad.

La esquina de Orinoco y 18 de diciembre fue testigo fiel del crecimiento de aquel gurí que llegó con 9 meses al barrio y que de ahí en más no se desprendió de sus raíces. “El barrio divino” fue el principal amigo en aquellos días donde el tiempo pasaba pero la ubicación era siempre la misma. La escuela, el liceo y todas sus actividades merodeaban aquel barrio-balneario tan hermoso y peculiar. Los veranos se desarrollaban de sol a sol en el viejo club de barrio, “de los que ahora están en peligro de extinción”. Su permanencia en la institución provocó que el bichito interior fuese en aumento. El viejo, cómplice en absolutamente todo, fue quien lo acompañó, lo llevó y le inculcó. El grupo de cinco veteranos fueron sus primeros amigos a la hora de contar sus historias como hincha. La barra tenía como punto de encuentro el bar Michigan o la cantina que atendía el Ñato. Siempre acodados al mostrador y el básquet como leit motiv de conversación.

El Popi, un tío de corazón, fue otro de los que jugó un rol importante para apropiarlo como fanático playero. Toda historia en desarrollo tiene un antihéroe y esta no fue la excepción. Cuando las cosas no van como uno desea, cuando la realidad es ajena a la vida de ensueño es donde este villano aparece. Fue la divisional B en esta fantasía.

“Yo me hice hincha en la B” cuenta con orgullo y hasta se imagina golpeándose el pecho sintiendo haber sido el mejor momento para empezar a alentar. El tiempo de aquel entonces se contradice con la actualidad. Lejos estaba en el imaginario azul ser la institución modelo que es hoy. “Llevábamos las sillas” para sentarse, sufrir y ver jugar al cuadro de sus amores.

En una de esas jornadas de básquetbol recuerda a un moreno que defendía a Bohemios. “Era grandísimo” reafirma con sorpresa. Entre tanto ir y venir, con alguna palabra de más incluída, el foráneo le empezó a sacar la lengua cada vez que pasaba ante el grupo de veteranos. La provocación era tal que al finalizar el cotejo “se armó una batalla campal”.  Aquella barra de viejos sacó a relucir su espíritu belicoso y se fueron arriba del extranjero con la intención de lincharlo. “Hoy eso termina peor” enfatiza, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos Malvín no contaba con toda la marea azul que va y viene cada vez que juega el playero en estos días.

El sueño del pibe se cumplió pero duró poco. Fue la categoría de pre-mini que lo agasajó para que su deseo se haga realidad. La inconsciencia lo llevaba a no entender absolutamente nada pero sí a disfrutar de cada momento que pisó la cancha vestido con la casaca del cuadro de sus amores. Con autocrítica afirma que de talento tenía poco, “tenía actitud, como en todo”. Los recuerdos como jugador son casi nulos a excepción de aquel momento que va a quedar grabado para toda la vida. Enojado con lo que estaba pasando en el rectángulo de juego, agarró la pelota en la mitad y tiró. El final es digno de NBA, todo red y a festejar, “fue una locura”.

El buen pasar de la actualidad se opone a sus primeros años. “Extraño el antes” dice con melancolía. Hoy el viejo club de barrio es una institución modelo a nivel nacional y una de las potencias en lo basquetbolistico. El cambio fue super positivo pero en las entrañas siguen latente los viejos cimientos. La gente de siempre continúa, pero el avance precipitó la llegada de personas ajenas al club. Ahí es que se dio el momento de quiebre personal en el que Rusito entendió que “no era parte del cambio”. El celebra ver a su equipo en sus mejores momentos, “hoy es una maravilla” pero como fanático de la vieja escuela recuerda siempre el sufrimiento que hubo que vivir para llegar a ser lo que es en estos días.

La institución cambia pero el barrio y su gente no se desprenden de sus valores. La marea azul sigue manteniendo aquellas caras que supieron estar en la más duras del club. Malvín se ha convertido en el punto de encuentro de varios fieles parroquianos que compartían sus noches en el viejo Michigan. Las etiquetas sociales han sido el peor enemigo de toda una barriada caracterizada y representada por “gente solidaria, trabajadora y luchadora”.

La gente va y viene. Los más veteranos representan a la vieja guardia y las nuevas generaciones le dan esa frescura tan particular que se respira en pleno Orinoco. Es que por más que el rótulo no quede bien visto hacia afuera, los de más adentro saben que “Malvín es pueblo”.

Ese lugar supo reunir a dos de sus pasiones más grandes: Malvín y el Carnaval. “Cuando me toca ir me emociono” dice haciendo referencia a las noches de febrero que va a entregarle a su gente el despliegue actoral. Hacer lo que más le gusta en el lugar donde se siente más cómodo, no tiene comparación con absolutamente nada. Además, se acerca su conjunto y está el Pájaro García pronto para presentarlo. Desde ese momento, automáticamente viaja en el pasado y recuerda su niñez en apenas unos segundos, “nos hacía subir a todos los niños cuando había bache entre conjunto y conjunto”.

Hijo del conocidísimo Carlos “Bananita” González generaba que sus noches veraniegas estaban destinadas exclusivamente al carnaval. Acompañando o como simple espectador. Siendo mascota de su padre, recuerda cuando se quedó firmando autógrafos para sus amigas en el tablado del club mientras que el viejo corría de un lado a otro para cumplir con el siempre riguroso escenario de La Mutual. Tras terminar la actuación con un mensaje de amor y unión, debido a que de a poco aparecía la tecnología e iba en vías de desaparición la comunicación personal, se fue corriendo al ómnibus y faltaba el pequeño Gastón. En la desesperación lo vio muy tranquilo y enseguida se bajó a buscarlo. De ahí en más, una cantidad de disparates delante del público, “se fue al carajo todo el mensaje tierno que había dado minutos antes”.

Este año dejó su zona de confort en materia artística y pasó a la categoría de murgas en donde estará junto a La Gran Muñeca en su aniversario número 100. Sabe que está ante un reto muy lindo y lidiará con las etiquetas a las cuales él odia: “cuando te dejás etiquetar, te empezás a atrapar”. Volverá al escenario de su barrio y cantará ante su gente. Mirará para el rincón donde siempre estuvo Popi, aquel tío que lo acompañó, lo hizo hincha playero y que lo vio debutar en las tablas. Abajo la barriada y al costado su club, esa institución que lo agasajó, atrapó y lo apadrinó. Ya no merodea la zona como antes, pero jamás pensó en la despedida. La bajada sigue resonando en los rincones del tablado y en cada saludo anhela volver a Malvín, su primer amor.