Nicolás Gentini logra vincular la salud, el deporte y la noche en una trilogía de laburos llamativamente rara pero que llega a tener puntos en común. El alero de Verdirrojo lo vive con intensidad, responsabilidad y buena onda para lograr ser feliz en cada una de las facetas de su vida.

La sonrisa y el disfrute siempre. La perseverancia y la constancia para no dar una chance por perdida, ni en el básquetbol ni en la vida. Así transita sus días Nicolás Gentini, de figura recia y fuerte, pero de personalidad encantadora con la bondad y el amor que brotan por los poros.

Estudió en la UTU de Administración. Cuando terminó la carrera había vacantes disponibles para hacer pasantías en el Casmu. Eran un montón. Pero a base de constancia el “Torito” fue ganando su lugar. En la carrera por conseguir el cupo los primereó a todos; presentó la escolaridad, la ficha médica del deportista sustituyó al carné de salud y, cuando se dio cuenta, ya estaba laburando. Gol y foul.

Hace 15 años comenzó un camino que lo hace feliz. Arrancó en la farmacia, tuvo que hacer el curso para manejar medicamentos. Luego pasó a la administración, donde fue ganando terreno a través de concursos internos. El último “ascenso”, lo tenía encaminado cuando la pandemia lo trancó fuerte y dejó en stand by una situación que espera que se normalice para 2021.

Disfruta el día a día y asegura que cuando no tiene que ir lo extraña: “siento que me falta algo”. Es que en la policlínica de Agraciada y Valentín Gómez el grupo se mantiene estable, las conversaciones y las bromas son moneda corriente. Hay buen ambiente, se siente al entrar y ver como Gentini se vincula con compañeros y usuarios del servicio, a base de chistes y buena onda. Pasan bien y se nota.

En contrapartida, sufre cuando le cambian el horario y tiene que arrancar la jornada laboral a las seis de la mañana: “Nunca fui de madrugar, me cuesta un montón”. Pero como el vínculo con los compañeros es bueno, si hay que cambiar, se cambia. Porque sabe que alguna vez lo va a necesitar él para ir a jugar. Valora el trato de los supervisores que siempre alientan al estudio o las actividades extras vinculadas al deporte. Mientras se avise con tiempo y el sector quede cubierto, no hay problemas en acomodar horarios.

Trabaja todos los días hasta las 20. Cuando tiene que jugar a primera en el Cefubb, entra más temprano y sale antes, volando para llegar en tiempo y forma. En las máximas del deportista profesional, sería una locura. Sin siesta, sin descanso previo, nada. Pero él toma el básquet como un hobby que disfruta un montón, siempre laburó mientras jugó, y ya está acostumbrado; aunque no sea lo ideal ni lo que marcan las reglas.

Lo que le cuesta manejar es la ansiedad, más si el partido es definitorio. Las ocho horas en el Casmu se hacen eternas. Mueve los pies, camina más de lo normal, está inquieto. Cuando lo ven llegar así, sus compañeros saben que esa noche juega Verdirrojo.

Le resulta difícil cambiar el chip cuando va a las corridas de un lugar a otro. Incluso en uno de esos días negros tuvo un episodio en Capurro donde se tuvo que ir de la práctica para no terminar mal con un compañero con quien estaba jugando un “físico extremo”. Al otro día habló con el entrenador y antes de comenzar el entrenamiento reunió al plantel y pidió disculpas por su actitud: “Si me hubiera pasado a los 20 años seguramente el final era otro mucho peor”.

La pandemia fue dura para todos. Pero imagínense lo que fue transitarla en el área administrativa de un centro de salud. Cancelar citas con el médico, hacerle entender a la gente que estaba en tratamiento que no podía ir a atenderse. Explicarles, convencerlas, darles soluciones, todo en un marco que mezclaba psicosis con incertidumbre. Te la regalo.

Fue tiempo de stress donde el disfrute diario pasó a segundo plano y quedó bastante lejos del ideal. Además, hubo reducción de plantel con muchos compañeros en seguro de paro, golpes por todos lados. Más duro que ir a un rebote en la DTA. A Gentini le tocó trabajar en abril y mayo donde se dieron los momentos más complejos, luego fue al seguro en junio y julio. Se comió lo peor. Ahora retomó la actividad laboral, pero volverá a estar en paro en octubre y noviembre.

Para una persona activa y tan social, estar todo el día en su casa fue un martirio. Vive con su viejo que por edad es población de riesgo, salía lo mínimo indispensable. Las recomendaciones de Netflix las aceptaba todas, sin importar lo que fuera. Hubo mucho NBA en el play y “jueguitos de pasar pantallas”. Aprovechó para hacer arreglos en la casa. Se las rebuscó para pasarla lo mejor posible.

En el medio, le llegó la chance de volver a Verdirrojo, su club, su lugar. Confiesa que atomizó a su amigo Nicolás Delgado y que el Tico fue clave para su retorno. Cuando lo llamaron, no le dijo a nadie, fue, arregló todo y volvió a su casa llorando de emoción para abrazarse con los suyos.

Era su sueño. No se había ido del todo bien, pero nunca dejó el sentimiento. El día de la final ante Cordón, estaba jugando un amistoso con Capurro en Pan de Azucar. Le pidió al entrenador para salir porque no aguantaba más. Vio el segundo tiempo en la cantina donde estaba. Sufrió y terminó muerto con la derrota.

Luego de todo lo que pasó, y cuando se confirmó el ascenso, lo vivió desde su casa, solo. Por un orgullo que todavía se reclama no fue a festejar. Está arrepentido, se moría de ganas. Hoy es feliz, está en el lugar que quiere estar.

Es que Verdirrojo le dio todo. Considera que es una institución divina, repleta de niños y familia, con valores bien arraigados y bastante lejos de esa imagen de club peligroso a la que se lo vincula.

El Verdi es el puntapié para conocer la faceta del trabajo nocturno de Gentini. Tiene una barra en Macarena con Nicolás Delgado, con quien considera que se terminó de fortalecer la amistad al laburar en sociedad. Los números se respetan a rajatabla y la transparencia es absoluta. La relación ya es de hermandad, comparten todo, menos la sangre.

El Torito no duda en asumir que “me encanta la noche, mal”. Dice conocer todos los boliches de Montevideo y escuchar todo tipo de música. Comenzó a trabajar en barras por la invitación de un amigo. Estaba en un momento muy complicado de su vida y eso fue el salvavidas que lo sacó a flote.

Le gustó, se copó. Y fue creciendo, acá también. Otra vez con la perseverancia y la constancia que ha marcado su vida. Pasó a tener su barra, organizó fiestas y eventos. Desde el año pasado está en la producción de las noches bailables de Macarena que, por ahora, están interrumpidas por la pandemia. Espera ansioso la reapertura.

Le encantan los lugares donde hay mucha gente y diversión asegurada. Es el primero en llegar y el último en irse. Es meticuloso, ordena todo para que no falte nada. Lo toma con muchísima responsabilidad. Es un trabajo. La noche no va de la mano con la carrera de deportista. Por eso Delgado va un rato y se va a descansar: “él es profesional del básquetbol”, dice Gentini, a quien le ha tocado ir a practicar el domingo de mañana sin dormir o terminar el partido el sábado de noche y salir corriendo para el boliche para ver que esté todo en orden.

Desde el jueves su celular explota. Reconoce que le gusta esa exposición, le da “fama”, lo hace conocido, lo disfruta. Largó la carcajada al asegurar que su puesto en la noche también lo ha ayudado en el levante. No preguntamos más, la dejamos por ahí, pero en esa risa prolongada seguramente pasaron varias imágenes por su cabeza.

Obviamente, no todo es color de rosas. Es un ambiente bravo. Hay mucho alcohol, mucha violencia. Nicolás dice que la premisa es solucionar desde el diálogo, si no se puede ese día, tratar de encontrarlo y comunicarse en la semana. Está la gente que entiende que se equivocó, y la que sigue en su postura intransigente sin limar asperezas. Con dolor asegura que hasta recibió amenazas, y pasó momentos complejos, pero que “me gusta tanto este laburo que nunca pensé dar un paso al costado”. Por suerte, en los hechos, nunca pasó de los dichos.

En la noche también hay muchas situaciones de acoso a las mujeres: “Lamentablemente hay, se ven”. Cambió el semblante de Gentini, la charla tomó la seriedad que el tema requiere: “Siempre le decimos a nuestras empleadas que ante la primera señal, se retiren del lugar y nos llamen a nosotros. Nadie tiene derecho a hacerlas pasar por ese momento”.

Y si ve alguna situación en el boliche, aunque no esté pasando en su barra, se la comunica rápidamente a seguridad. De todas formas, reconoce que la clave es cuidarlas “porque si una chica es acosada adentro y se la deja sola afuera es lo mismo. No la estás protegiendo. Recomendamos buscar a su grupo de amigos o encontrar alguna forma de que salga de ahí segura”.

Con Delgado tienen reglas claras respecto a sus compañeros de planteles o de otros equipos. No invitan a nadie, no salen a buscar clientes dentro del básquet. Para evitar problemas en un ambiente que es chico. Obviamente, si alguno le pide para ir, lo hacen entrar y los atienden. Pero esperan llamados, no salen a buscarlos.

Así vive Gentini, un pibe del Cerro que se hizo adulto a base de valores, perseverancia y alegría. Es querido en los ambientes de laburo por su don de gente y disfruta su vida haciendo lo que le apasiona. Con una sonrisa, siempre con una sonrisa…