Se enamoró por los colores, luego hizo hincha a toda su familia y a partir de ahí comenzó este romance. Que tuvo de todo, alegrías, tristezas, pero sobre todo, fidelidad. Javier Díaz nos relató su amor hacia Aguada, ese que le regaló el mejor momento de su vida.

Esta historia nace siendo un poco, al menos, atípica. La pasión para con el club no fue heredada ni impuesta. Fue decisión propia, gusto personal, como un amor que ya estaba destinado a ser. Aquel gurí que empezó a acompañar a su abuelo al Olímpico a ver a Rampla, primero se enamoró de aquellos colores, del verde y el rojo, que a sus 7 años comenzaron a tener una importancia muy grande en su vida. Luego, lo esperaba algo mucho más grande. Gracias a la costumbre de estar mirando televisión, pispeó los partidos que en aquella época trasmitía la TV abierta y concluyó que le gustaba Aguada, pura y exclusivamente por los colores.

Luego de que el niño Javier tomara esta decisión importante, pidió para que lo llevaran a la cancha. Ahí se fueron turnando, ya que su familia no era para nada basquetbolera, entre el abuelo, la vieja o la tía lo acompañaron en los primeros pasos.

Los años pasaron y aquel gurí fue el responsable de hacer hinchas a varios integrantes de la familia Díaz. Su hermana y sus primos se sumaron a esta pasión, que junto a los amigos del liceo que eran aguateros fue el grupete de la cancha que a partir de la adolescencia lo acompañó a la avenida San Martín. El intento de pasar de ser hincha a jugador estuvo, pero quedó por ahí. En un llamado de aspirantes, se mandó hasta la Plaza de deportes Nº 2, a cargo del “Gordo” Russi, quien entrenaba las formativas de Aguada, pero rápidamente el básquet se encargó de dejarle en claro que eso no era lo suyo, así que el sueño quedó en un intento nomás.

Generalmente, en casos como el de Javier, el niño que se hace hincha de un club, sin siquiera conocerlo, es por los buenos resultados deportivos, pero esto tampoco fue así. Hablamos de la década de los 80’, donde Aguada peleaba el descenso, con resultados malos pero una constante: el arraigo popular. El club y su hinchada, pero faltaba un protagonista principal en estos ítems: el ídolo. Wilfredo “Fefo” Ruiz, fue otro de los responsables de que Javier terminara de afirmar su sentimiento. Lo maravilló con su básquet “Mi primera camiseta de Aguada no tenía número, y mi abuela me bordó el 5 de Fefo”, pilcha que aún conserva como un tesoro.

Hoy, a sus 48 años, puede decir que “las viví todas con el club”. Pero no solo hace referencia a él, sino a toda una generación que no solo sufrió descensos y ascensos, sino que también un montón de finales perdidas, con planteles que se armaban para campeón, pero siempre quedaban en la orilla. “Uno siempre dice que es hincha en las buenas y en las malas, pero ya llega un momento que querés campeonar, querés ganar”. Con plantes poderosísimos, con nenes como Tato López, “Peje” Larrosa, Nazar Rodríguez, Luis Pierri, “Chipi” Alles y Julio Pereyra, entre otros pesos pesados de nuestro básquet, el título siguió siendo esquivo, y la frustración de aquel adolescente Javier Díaz fue en aumento temporada tras temporada. Con el pasar del tiempo, comprendió que el asunto de campeonar en esos años tampoco era muy sencillo, “Cordón nos ganaba siempre. Hoy tengo una gran relación con el Fonsi Núñez, pero en aquella época no lo podía ni ver”, aunque de todas esas derrotas, la más dolorosa fue con el Welcome de Magurno. Donde todavía recuerda con un poco de resquemor al extranjero aguatero, que fue figura durante todos eso Playoffs y en el quinto partido, de una forma extraña prácticamente no apareció. Con esos condimentos, y ante la rivalidad de aquel momento con la W, fue la derrota que más sufrió.

Como todo hincha, intentó de todas las formas cabuleras romper esa mufa que, durante casi cuatro décadas, acompañó a La Brava Muchachada. Luego de gastar e intentar cábalas que no tuvieron efecto alguno, decidió no seguir con esas costumbres. Había algo más fuerte que el simple hecho de perder algunas finales. Dolía, y mucho. Pero lo que más le jodía a Díaz, como hincha de Aguada en ese tiempo, era el cantito: “nunca lo viste, salir campeón”, era durísimo. Y eso le siguió doliendo hasta el 6 de mayo del 2013, aunque hoy, en pleno 2020, entre risas admite: “ahora atrevidamente nosotros se las cantamos a otros equipos”.

Pero para llegar a ese cantico, pasaron cosas. Llegó un día, el más importante en la vida de Javier. El 6 de mayo del 2013. Esperado por todo el pueblo aguatero, pero principalmente, por muchas generaciones que nunca habían vivido algo así y lo esperaron siempre. Toda una vida. Se dio con una campaña rara, donde el rojiverde fue a los ponchazos, entrando séptimo a playoffs. La sequía de casi 40 años sin títulos parecía continuar, a pesar de tener a Leandro García Morales en el plantel. Luego llegaron los playoffs y ahí el asunto cambió: “luego de pasar a Malvín en semis, pensé que ya estaba liquidado”. Pero faltaba lo mejor, las finales con Defensor. Donde Javier se equivocó, y sufrió muchísimo más de lo esperado. Donde llegó a estar con un match point en contra, reviviendo fantasmas de finales pasadas, reconoce que al sexto partido fue resignado, entregado, pensando “ya no se nos va a dar, otra vez lo mismo”, pero la historia fue otra. Aguada lo vapuleó a Defensor Sporting, forzó el séptimo y definitivo encuentro. En aquel día tan esperado, como recordado: el 6 de mayo.

Creo que para entender lo mucho que este tipo ama a Aguada, debemos solamente transcribir sus palabras. La emoción con la que relata cada detalle de esa noche, es tan groso como movilizador: “Tengo hijas, tengo un nieto, soy muy feliz a nivel familiar y de amigos. Pero esa noche fue la más feliz de mi vida”. Pero que se entienda, no es que lo hace más feliz ver a Aguada que tener una vida reconfortante, junto a su mujer, sus hijas y su nieto. No. Son cosas distintas. Es el momento, ese momento. Cuando Pablo Morales faltando cuatro minutos mete un bombazo para sacar 12 puntos de ventaja en el último cuarto. Ahí, cuando Javier miró a Silvana, su pareja, y se dio cuenta que iba a ver a su equipo salir campeón. Cuando se dio cuenta que el momento que esperó durante 41 años, estaba siendo realidad. Ahí, con su mujer y sus hijas. Juntos. Es eso. Esa noche, ese momento. El más feliz de su vida, el que, sentado en las tribunas del estadio, nos cuenta y se sigue emocionando.

Ojo, no es que después de esa heroica noche, continuó transitando su pasión más tranquilo luego de haber cumplido el objetivo. No no, para nada: “En todas las noches de Playoffs la pasó mal. Me despierto y vivo todo el día el partido, pierdo años de vida”. Es que él durante del partido, como todo hincha pasional, lo padece y lo sufre. Pero admite que, sentado en su butaca del estadio, la fase regular la disfruta. Lo ve, dentro de sus parámetros, con tranquilidad y sin sufrir mucho.

Y si de sufrir hablamos, el 2019 no fue la excepción. Luego de dos finales perdidas, llegaría la tan deseada novena estrella. Aunque sería injusto decir que no lo disfrutó tanto como en el 2013, fueron títulos totalmente diferentes. El marco del Antel Arena, como se dio la serie y la espinita de las dos temporadas pasadas lo hicieron “muy especial”.

Recuerda que, en aquella serie cuando Aguada tuvo el primer match point para liquidar 4-1, se plantó en su laburo cuando debía ir a relatar a Peñarol a Melo y “dije que no me lo puedo perder, tomen la decisión que tengan que tomar, pero yo no voy a ir”. Es que, bajo ningún concepto se podía perder una final y más cuando esta podía ser definitoria. Aunque esto ponga en peligro su continuidad laboral. Ahí es donde Javier mezcla lo profesional, con lo pasional. Donde el relator de básquet se cruza con el hincha de Aguada, y esa es brava. Lo piensa y aunque todavía nunca se dio, duda si podría relatar criteriosamente un partido de Aguada: “si me das a elegir, preferiría mirarlo en mi butaca”.

Cualquiera que vive con este grado de fanatismo pasional hacia un equipo, se siente orgulloso, o por lo menos con la conciencia tranquila, si dicho amor hacia el club se traslada hacia sus hijos. Y aunque no pudo hacerlo en futbol, en el básquet lo logró: “me reconforta ver a mis hijas emocionarse, festejar y entristecerse con el club”.

Una pasión inesperada, que nació por los colores, esos dos que predominan en su vida. Esa pasión que le dio un festín se sensaciones a lo largo de sus 48 años. La que le pudo inculcar a sus hijas, a su hermana y al resto de su familia. Esa que comparte con amigos cada vez que pisa el Estadio Propio. Por la que sufrió, lloró y se alegró, vaya si se alegró. Esa que un 6 de mayo del 2013 le dio la felicidad más grande de su vida. Y esa misma, la que el triunfo le brindará, satisfacciones siempre logradas…