El club se fue convirtiendo en el punto de encuentro con sus amigos y el momento de apego total con su viejo. El hoy escenario Carlos Garbuyo se transformó en el lugar donde pasa y disfruta todos sus momentos. Don Charquero fue el encargado de inculcar y transmitir la herencia más linda. El temblar va desde Hermanos Gil hacia el centro del Rosedal. Con un café de por medio, entre trabajo y trabajo, Martín Charquero contó cómo es latir siempre en dos colores. 

Su nacimiento en el barrio Aguada no impidió que su corazón sea negro y blanco. Fue tras los pasos de su viejo y adoptó a Capitol como forma de vivir. Las tardes, la casa de su padre y sus tías lo “obligaron” a pasar mucho tiempo en pleno Prado. En un abrir y cerrar de ojos el club pasó a ser su lugar en el mundo. En su niñez entraba de mascota junto a Álvaro Ezcurra, hoy amigo personal e integrante del comité de ética de la AUF.

Las largas tardes de corridas lo fueron convirtiendo en jugador de la institución. Dos años supo vestir la casaca de sus sueños y se dió el gusto de levantar una copa, “pensé que habíamos ganado la Champions“. Defendiendo al club de sus amores se coronó en la categoría mini y con la cancha de Montevideo como testigo fiel del hito conseguido.

El enamoramiento por el club fue en aumento con el correr de la vida. En la niñez lo fue disfrutando, durante la adolescencia fue desarrollando y entendiendo ese amor que en la adultez está tan arraigado. No fueron los valores de aquel club que lo atrapó pero sí fue el tiempo pasado en sus instalaciones.

El niño mascota jamás imaginó ver a Capitol en esta actualidad. Es que esa mixtura de viejos y nuevos ha transformado al blanquinegro y lo tiene gozando de buena salud. “Yo me crié entre 15, 20 personas en la cancha”. Ahora se ve reflejado en la camada nueva que le puso ganas y mucho cariño para convertirse en lo que es hoy la institución del Prado. El apoyo, el aliento y la parcialidad cambió desde aquel “Ca-pi-tol, Ca-pi-tol” al que ahora canta canciones elaboradas y viste al Garbuyo de gala en cada jornada.

“Nosotros estamos orgullosos de lo que somos” esboza con ese nudo de emoción y alegría que raspa al pasar por la garganta. La actualidad sonríe en la calle Hermanos Gil, se disfruta mucho y a pesar de que no se los ve por El Metro que se está jugando asume con un poco de nostalgia “es raro. Me crié en segunda”.

En su último partido por el ascenso le faltaba su amigo de todas las horas y el principal artífice de este amor; el viejo. “Fue super emotivo pero insólito. No pudo haber tenido tanta mala suerte”. Bautista, uno de sus hijos, asumió el rol de compañero, como siempre, y vivieron juntos la final. Las cábalas se mantienen cuando las cosas salen bien: Primera fila y contra la baranda para que su apoyo se sienta. Ir ganando con distancia, la pelota en manos de Wenzel y el capitán que hace señas con sus brazos que se acabó el partido. El periplo en segunda llegaba a su fin tras 39 años. Llanto de emoción, felicidad y recuerdo. Papá estaba ahí festejando con su hijo y su nieto, “todo el mundo me lo recordó”.

Esa herencia basada en amor y pasión no causó efecto en Juan Cruz y Bautista, quienes simpatizan por Trouville. Eso no impide que el compañerismo esté siempre presente tanto en Chucarro como en Hermanos Gil. Se acompañan permanentemente, a excepción de cuando les toca enfrentarse: “ese día no se habla de básquetbol”. La travesía yendo al Prado se compartió entre los tres Charquero y un amigo de los menores. Los más chicos a la tribuna visitante y Martín para la local. El equipo de Diego Cal manejaba las riendas del juego, “yo los miraba desde enfrente y las caras se iban transformando. Iban y venían”. Victoria para Capitol, la alegría por un lado, el enojo por otro, pero todo por dentro. Llegó la hora de irse, la señal de partida y todos al auto. Caras largas en la mayoría y la satisfacción del más grande del vehículo que intentaba controlar la feliciad por amor y respeto con sus nenes. Costó, pero llegaron las felicitaciones del amigo de sus hijos y se abrió el capítulo “básquetbol” en el auto. Jodas, encontronazos, discusiones y un poco de todo. Ya en casa y un poco más calmados aparecieron las felicitaciones de los nenes.

El compañerismo en la cancha -y también en la vida- ha llegado a lugares estratosféricos. La primera victoria de Capitol llegó en pleno partido de Peñarol. En su casa, los locales derrotaron a Nacional en una noche donde los foráneos jugaron para el recuerdo. Los mensajes de amigos llegaban e informaban que su equipo jugaba como los dioses.

De ahí en más, las actualizaciones de las estadísticas desde el Campeón del Siglo, entre relato y comentario de fútbol, se hacían con más frecuencia. Dos puntos conseguidos, el segundo de respiro y la satisfacción apenas entrado al auto. ¿Cómo se festejaba solo?. No tuvo mejor opción: teléfono en mano, llamada a Bautista y la alegría que se convertía en una emoción conjunta. “Eso fue lo más me pegó” dijo sin encontrarle una explicación a la situación. 

Este año Martín recibió un regalo especial para el día del padre que jamás imaginó. Los Charquero fueron partícipes de un video especial con Capitol como excusa. “No llegaban y yo tenía que irme a trabajar”, los planes organizados por Magdalena, cómplice en la movida, para desayunar todos en familia se iban esfumando. El mensaje salvador llegó a tiempo “papá, esperame que vamos”. Llegaron con la sorpresa en los brazos, cámara mediante y emoción asegurada. Llanto, abrazos y besos. Los pibes, a través del club, le hicieron el mejor regalo. Guillermina, la menor, no dijo presente aún en el Garbuyo por su corta edad pero hay algo que está claro: “le voy a dar todo en bandeja para que elija bien”.

Hoy Capitol tiene un rol fundamental y una prioridad altísima en su vida. Es que el humor del día va a depender de cómo le fue al club. “Si está la final de la Libertadores, no juegan uruguayos y si juega Capitol, voy a ver a Capitol” afirmó con soltura. Hay algo que está claro; la pasión no se negocia. Esa misma que tiene por Trotsky Vengarán que nació y se fortaleció tras los largos viajes durante su estadía en Estados Unidos por asuntos laborales.

Fue en Norteamérica donde más sufrió no ver a su institución. “Me enteraba cuando me llamaba papá” cuenta con decepción. Es que extrañaba su ambiente, su club, su labor y el colorcito de los fines de semana en las canchas de nuestro país. Sus relatos para el mundo no le seducían más que estar en su país con su gente. Vio la oportunidad y volvió. Su familia, sus lugares y Capitol fueron responsables de la vuelta. “Es una locura decirlo pero el club fue uno de los motivos” que entra en ese combo tan perfecto que lo termina de completar cuando está en nuestras tierras.

El carnaval, que lo conoció de chico, lo acompañó y le dio otra mirada de la vida.  Primero escuchó murga, luego la fue entendiendo hasta terminar compartiendo pensamientos y verse reflejado en las viejas Falta y Resto, Araca la Cana y La Reina de la Teja. Se crió en los tablados y conoció el Concurso Oficial. Con el transcurso del tiempo le fue agarrando gustito a otros discursos y espectáculos. Ahí nació la relación con Ariel “Pinocho” Sosa. Hoy Zíngaros se ha convertido en otra de las tantas cosas que sigue.

Días atrás compartió una tarde con Magdalena por el Prado. Salteña por donde se la mire, radicada en Montevideo hace años, conoció cada rincón de aquel barrio que mezcla mucho verde con tonalidades de blanco y negro. Ese fue el propósito del tour, mostrar las esquinas pintadas haciendo alusión a la institución que lo completa. El mito dice que el Prado late por Capitol. Martín va y viene. Viaja, recorre el país y tiene que sufrir o festejar afuera o adentro por su club. Siempre con su Capitol a cuestas, como canta Trotsky Vengarán “quiero que te acuerdes, de esto que te digo, donde el viento te lleve, yo voy contigo”.