Federico Ledanis trabaja desde los 19 años, hace más de 14 que está en Califano, automotora que arrancó con cinco usados y hoy es un lujo automotriz. Disfruta del laburo mientras se prepara para su último baile, El Metro con Lagomar le pondrá fin a su carrera como jugador.

El placer de ver crecer tu lugar. La satisfacción de que cada granito de arena fue formando el castillo. Es dificil tomarle cariño al espacio de trabajo y sentirse pleno ahí adentro. A Ledanis le pasa: “Me gusta lo que hago”. Un afortunado.

El pivot que defenderá a Lagomar en El Metro que arranca la semana que viene siempre acompañó la carrera deportiva con un laburo. Comenzó en la clínica de José María Busanello y después fue administrativo en Larrañaga, su club.

La locura que hoy lo atrapa arrancó en 2006, cuando su primo Sebastián abrió una automotora y lo invitó a ser parte, aunque no sabía mucho de autos, se tiró al agua. Eran tres, a ellos se le sumó un vendedor. Quizás es demasiado premio llamarle “automotora” al Califano inicial: un galpón chiquito con cinco autos usados. Venía de familia la cosa, tanto el padre como el tío siempre vendieron autos, eran socios pero lo hacían de manera particular, sin tener un local. La sabia nueva llegó con aires renovadores.

Aquella apuesta arriesgada fue un pleno en la ruleta. Ledanis es el empleado más viejo pero su rol no cambio: sigue siendo multiuso. Está para todo. Tapa los huecos, sale a la calle, hace trámites, lo que venga. Hace mucho de todo eso que luce poco. Como en la cancha. Porque el básquetbol le enseñó que si le va bien al equipo somos todos felices, y hay que hacer lo necesario para garantizar el rendimiento óptimo que se amiga con las victorias. Y ahí va el Fede, viendo como a veces brillan otros, pero tirando del carro como el que más.

Lo que sí mutó fue la forma de laburar. Ahora es todo más electrónico, casi no se maneja efectivo ni hay que estar depositando dinero todo el tiempo. Los avances tecnológicos y empresariales le fueron aggiornando la tarea.

Nunca fue muy amigo de los libros, no le gustaban, no hay caso. No tiene preparación en Administración aunque tantos años de práctica le hicieron de escuela y le dieron confianza. Tiene claro que podría hacerlo mejor con estudios, pero así la saca bien: “tampoco tiene mucha ciencia”. A veces es más lindo el doble dotado de técnica y destreza, pero si es a los ponchazos y medio feo, igual vale dos.

Llega 8.45, 15 minutos antes que el local abra al público. Organiza el día, prepara el mate y sale a la calle para pagar algún auto, hacer trámites notariales o visitar escribanos. Al mediodía frena para almorzar y otra vez al ruedo hasta las 18. Los años y el vínculo con el primo/jefe, le permiten manejar con flexibilidad los horarios si hay práctica o partido temprano.

Disfruta el ambiente laboral y, sobre todo, los asados que se hacen una vez al mes. Hace mucho tiempo que se mantiene el mismo grupo de laburo, se lleva bien con los compañeros, hace chistes, intenta mantener buen humor, siempre está con una sonrisa. Aunque también reconoce que traslada emociones del escritorio a la cancha, y viceversa.

Le cuesta levantarse para ir a laburar después de una derrota, se queda maquinando el partido, llega al otro día con escasas horas de sueño y cara de pocos amigos. Como también le pasa, que tras algún dia cansador, cae a la práctica sin la intensidad ni las ganas que el entrenamiento requiere. Es autocrítico y el primero en darse cuenta que “mi actitud entrenando no fue la mejor”.

En contrapartida, están las noches largas de festejos post ascenso. En 2016, subieron a la Liga Uruguaya con Larrañaga un lunes; el martes llegó tarde y no lo hizo en las mejores condiciones. Para salvarse y tirar tierra al costado -como debe ser- declaró que: “por lo menos yo llegué, hubo otros que nunca aparecieron”. En ese momento miró hacia la izquierda, dos escritorios más allá se encontraba su hermano menor Alejandro Ledanis que también integraba aquel plantel. Que el lector saque sus conclusiones…

Habla mucho con los clientes o las personas que visita por trámites de la empresa, sobre todo en el registro notarial de automotores donde pasa gran parte de sus días. Lo reconocen, lo ven en la tele. Sabe que los comentarios que recibe son siempre con buena onda, aunque hay días que prefiere ni tocar el tema: “El año pasado cuando perdimos las finales con Cordón me hablaban de los partidos y me quería matar”.

A sus 35 años la compatibilidad entre el básquetbol y los autos parece tener final inminente. Desde su convencimiento asegura que El Metro con Lagomar le pondrá fin a su etapa de jugador. La pandemia fue dura y le costó volver a arrancar después de tanto tiempo parado.

No se arrepiente de la carrera que hizo, disfrutó lo que pasó, y espera ansioso el último baile. Tampoco considera que el trabajo lo haya trancado en algo puntual, aunque reconoce que le hubiera gustado entrenar doble horario en algún momento para estar mejor preparado.

La vida del básquetbolista semiprofesional en Uruguay es así, son muy pocos los que pueden dedicarse de lleno. Apoya el trabajo “con mucha fuerza” que viene haciendo la BUA y los logros que de a poquito empezaron a conseguir. Pero al ponerse en los zapatos de los dirigentes de los clubes sabe que hacen todo a pulmón y que es difícil que esto, a gran escala, cambie. Ledanis cree ser un afortunado de “a esta altura de mi vida seguir cobrando por hacer lo que me gusta”. Sabe que es poco, pero no pretende más. Lo disfruta así y se siente bien.

La estabilidad económica se la da Califano y no se ve en otro lugar en el futuro. Va viviendo la diaria sin proyectar demasiado. Le gustaría que siga creciendo como lo ha hecho hasta ahora pero desconoce el camino que puede tomar la automotora: “No soy el que maneja la plata para decírtelo” bromeó.

Le gustaría seguir ligado al deporte naranja, pero no piensa jugarlo más, ni de forma amateur. Inició el curso de entrenador pero no le atrae. La gerencia deportiva le gusta. Aunque se le iluminó la cara al imaginarse como representante de jugadores: “Me tengo fe, jugué en muchos clubes y en todos generé buenas relaciones, podría ser”.

Ese buen vículo llevó a que muchas personalidades del básquet compraran su vehículo en la automotora. Compañeros, dirigentes y hasta algún periodista. “Por suerte todos se fueron conformes y no hubo quejas” dijo entre risas.

La empresa retomó la actividad normal post pandemia. Marzo y abril fueron meses duros y varios de sus compañeros fueron al seguro de paro. El clima no era el mejor. Por suerte ya están todos de vuelta y la venta se fue normalizando.

Ledanis vive atado a sus pasiones: Central Español, Larrañaga (donde dice que deberían colgar una camiseta con su nombre por todas las alegrías que le dio) y el Rústico, un equipo de fútbol amateur de amigos donde, a veces, se pone los guantes y juega de golero. Aunque no lo nombra, también Califano es su pasión. Su lugar. Ese rincón de La Blanqueada donde fue construyendo los cimientos que hoy ve brillar entre autos cero kilómetro.

Ledanis tiene como frase de cabecera que su vida “es un calvario”, aunque desde afuera parece que todo marcha sobre ruedas…