Nació en el corazón del Barrio Sur, cerquita del chico, repique y piano. Pero él se dedicó a los deportes, en ninguno se destacaba, pero tampoco era de los peores.
Cómo todo niño quería zafar de las tareas de la escuela y un día encontró la excusa perfecta, recibió la invitación de un amigo para ir a Trouville, se subió al barco, más por evitar hacer los deberes que, por practicar la disciplina deportiva en sí. Llegó a la vieja escuela Brasil donde entrenaba el rojo de Pocitos y se enamoró de la formación académica que define como: “algo trascendental en mi vida”. 

Auténtico y sencillo, amigo de los amigos un día dejó los entrenamientos en la calle Chucarro y se fue con los suyos a Valizas, ya que algunos venían de Estados Unidos y hacía tiempo no los veía. La amistad fue más fuerte que ser un sparring en el plantel principal de Trouville, se fue y volvió, se la jugó, pero era un gurí y quería ser feliz. 

Esa felicidad que tuvo cada vez que fue utilero en la banda Cuatro Pesos de Propina y, con su estatura, el flaco también se atrevió a ser el seguridad de los muchachos, como en la cancha, un servicio completo.

En las páginas del básquetbol uruguayo sólo dos jugadores saben los que es ser campeón en todas sus divisionales: Pedro Xavier y él. Además, cuenta con muchos ascensos arriba, cosa que le sirvió para moverse en distintos mercados de pases.

Hoy alejado del profesionalismo, que dejó hace cuatro años con la camiseta de Tabaré, juega para que lo pueda ver su hijo mayor (Renzo) y disfrutar de sus amigos. Entre mates y el fútbol, aunque poca bola le dimos a Rentistas – Liverpool que estaba en la televisión, estuvimos hablando de la vida con Andrés Ferrés. 

¿Qué es de la vida de Andrés Ferrés? 

Deportivamente en mi menor expresión (risas), estoy jugando al básquetbol de forma amateur con amigos, en un equipo que se llama Abduken en la Liga de Gonzalo Balbuena y Marcio que es otro amigo. Empecé ahí hace cuatro años, ya somos una institución seria y formada (risas), en un concepto muy lindo del básquetbol, ir a divertirse, chivear, bajar cinco kilos y nada más. Después estoy dedicado al laburo full time, trabajo hace seis años y pico como jefe de ventas en barraca Paraná, que es una barraca muy grande en lo que es la construcción de maderas. Estoy casado con mi esposa Natalia desde el 2011, tengo un hijo de 6 años que se llama Renzo y hace 15 días nació el segundo: Lucas.

¿Por qué el básquetbol? 

Yo arranqué tarde, tenía 13 años cuando comencé a jugar. Antes había hecho fútbol, tenis, karate, sin encontrar mucho lo que me gustaba, no era ni bueno, ni malo en nada, siempre estaba ahí. Y el básquetbol me gustaba, jugaba en Barrio Sur con gente de la vuelta que la mayoría eran de Atenas, yo vivía en Río Branco y Durazno e iba al colegio Seminario de Soriano y Martínez Trueba.

Hasta que un día vino el “Pencho” De Pena que era compañero de mi generación y me invitó ir a Trouville, en ese momento era hacer eso o irme a mí casa hacer los deberes que no me divertía mucho. Así fue que caí, era otro momento del básquetbol, tenías que pedirle a la gente que se arrimara a jugar. Nosotros practicábamos en la escuela Brasil y ya al principio me di cuenta que me gustó, me encontré con un grupo de gurises precioso con los que tengo amistad todavía como Matías Lado, desde el primer día pegamos buena onda con el gordo. Pero, lo que fue genial en Trouville, para mí fue trascendental en mi vida, fue el equipo de formación: Enrique Parrella, el Chueco (Aimar) Rodríguez y el Bobby (Rodolfo Trullen). Fueron como mi familia.  

¿Cómo fue arrancar sin muchas formativas? 

Llegué terminando el primer año de infantiles. Ya era grande, todo descoordinado, sin saber nada de básquetbol. Me acuerdo un día voy a entrenar de short de baño y el Quique Parrella me hizo ir a la playa a tirarme al agua y volver. Cuando llegué me dijo que nunca más podía ir vestido así, porque esto era un equipo de básquetbol (risas). En el verano de los 13 a los 14 años pegué un estirón de 10 centímetros, pasé a medir 1.95-96 con 14 años, ahí sí estaba todo doblado de la espalda, descoordinado, empecé a moverme de vuelta y en eso el básquetbol me ayudó muchísimo.  

Ahí en Trouville se da tu debut en primera. ¿Cómo fue? 

Mi debut fue en la primera Liga Uruguaya, era el sueño del pibe, siempre lo digo. Fue en la segunda fecha contra Paysandú, los técnicos eran la dupla de Federico Camiña y Alejandro Glik que también eran los entrenadores de juveniles. Ellos eran un mega equipo que dirigía Pablo López, estaba: Charquero, Bouzout, el Chato (Martínez), Pepusa (Pérez), Pancho Cabrera creo también e Izaguirre que era un adolescente. Nosotros éramos: Joaquín (Izuibejeres), Facundo (Hernández), el Pato Magnone, Marcelo Pérez, Quique Elhordoy y Pablo Morales creo que estaba, teníamos un cuadrito (gesticula con las manos). Fue el día que estrenaban La Heroica, había 5000 personas, globitos de NBA atrás de los aros y yo vivía ese folcklore hermoso aplaudiendo desde el banco como un señor.
Vamos al alargue y me dicen: “Dale Flaco, a jugar de 4 a marcar al Pepusa”. Entré y las manos me temblaban, realmente era como pánico, acelerado al máximo. Quedaban cuatro minutos, primera pelota que agarro de atrevido me voy para abajo, gol y foul. Voy a tirar los libres y no veía el aro porque era muy transparente, tiré y entró. En la jugada siguiente se la paso a Pablo Morales, tira un triple, erra, agarro el rebote, otro gol y foul a falta de 50 segundos. Cuando voy a tirar el libre pensé que infartaba, tiro y adentro. Seis puntos en nada. En la defensa siguiente le bajo un manazo al Pepusa, va a la línea para empatar y deja uno, cuando capturo ese rebote la tiro para arriba porque ya habíamos ganado y largué el llanto. Fue hermoso, de los momentos más lindos que me tocó jugando al básquetbol. 

¿Te esperabas una carrera por muchos equipos? 

Yo creo que fue parte también de las decisiones que tomé, quizás en su momento apresuradas, no sé si fueron buenas o malas, pero no me arrepiento de ninguna.
Yo arranco jugando en Trouville hasta que salimos campeones, después iba a jugar al Metro y volvía. Mi primera salida fue a Stockolmo que no me fue bien, me deprimí mucho y tuve la suerte que me acompañó Juan Pablo Da Prá, él me dio fuerza para seguir. Vuelvo a Trouville donde somos campeones y ese año me voy a Capurro que me fue muy bien. Cuando regresé al club con más rodaje, con intenciones de arreglar un contrato, el Yayo González nos planteó a Matías Lado y a mí que teníamos dar una prueba con otros juveniles, yo lo sentí como una ofensa, me sentí mal, pedí el pase y me fui. Ahí llamé a Milton Larralde, que es un fenómeno y me dijo que fuera al otro día a Tabaré. Habló con Leo Reinaldo, le comentó mi situación y me recibieron con los brazos abiertos. Era un club muy parecido a mi esencia, de barrio, de cantina, con un grupo de gurises que estaba buenísimo. En todos los lugares que estuve, me fue bien o mal en lo deportivo, pero me fui bien, salvo en algún cuadro por un tema económico, pero en todos generé amistad y eso me deja tranquilo. 

Al contar eso después de Trouville. ¿Es Tabaré el club que te sentís más identificado? 

Yo siempre dije que no era hincha de ningún equipo. Yo venía pensando retirarme, no por un tema físico sino por el tiempo, ganas de hacer otras cosas y brindarle tiempo a mi familia. Pero no me quería retirar sin jugar un año más en Tabaré o en Trouville. La de Trouville era muy difícil porque los tiempos de Liga, el nivel y demás eran complicados. Y la de Tabaré se me dio de una forma muy rara, yo venía de una lesión muy fea en Unión Atlética, que tuve un desgarro espantoso que hasta el día de hoy me duele y se da que en Tabaré se lesionó Cocochito (Nicolás Álvarez) y me llamó el Boca Hernández que es un amigo y me dijo: “La situación está muy comprometida, pero quiero que me des una mano”. Le dije que era mi amigo, mi club, que mañana estaba para entrenar.
Nos comimos ese año que fue un bajón, descendimos y jugué un año más El Metro. Quizás no tenía mucha química con el entrenador (Horacio Perdomo), no fue la mejor temporada y me retiré. Pero sí, te diría que es Tabaré el club más allegado que tengo, soy socio, es el club que va mi hijo y tengo relación de amistad con dirigentes.  

¿Te costó retomar después de la lesión que pasaste en la UA? 

A mí me pasaron cosas que son un poco fuertes. Mi hijo nació cuando yo estaba en Urunday que salimos campeones, fue un año fantástico que yo estaba muy bien, en una posición difícil porque estaba jugando de escolta, era el jugador defensivo del club, tenía que entrenar mucho. Nació mi hijo y yo salía a laburar a las 7:00 y volvía a las 23:00. ¿Cuándo veía a mi hijo? En la madrugada cuando se levantaba, me costó mucho no tener tiempo para él y me acostumbré a esa mecánica de trabajo que me llevó a arreglar en Unión Atlética. En un momento, si bien la lesión fue grave, la no recuperación que tuve fue porque mi cuerpo dijo basta. Yo estaba frustrado, volvía a jugar y me lesionaba. Me desgarré el posterior en tres partes y el glúteo en dos. Fue impresionante. Es muy duro parar para los que hacemos el laburo de ir a trabajar y además hacer deporte de forma profesional o semi profesional, la familia tiene que bancar mucho.

¿Siempre tuviste la necesidad de trabajar y jugar? 

No. Al principio vivía con mi madre y sólo jugaba. Pero un técnico amigo, Diego Frugoni, que tuve en el Sub 23 de Aguada, me dijo un día algo que me marcó mucho: “Vos al deporte le tenés que ganar algo”. Y en mi caso tuve la suerte que en Trouville a los 18 años cuando fui a pedir un sueldo, Alvarito Rodríguez, que en paz descanse, yo lo adoré toda mi vida, me dijo que no me iba a pagar, que me fuera a San José y Julio Herrera a trabajar en Red Pagos.

Ahí laburé dos años, hasta que empecé a cobrar, pero me quería quemar una bala, quería ver si me daba para jugar sólo al básquetbol y empecé a entrenar doble horario, pospuse la facultad por el básquetbol y arranqué a dedicarme. Volví a Trouville, voy a Aguada y cuando dejé de jugar Liga, ya vi que tenía que trabajar y que el básquetbol sea lo segundo. Y ahí es donde yo le gané algo al básquetbol, porque laburo como comercial y el deporte te da muchas herramientas para desenvolverte, manejar las frustraciones, trabajar en equipo, convivir con gente totalmente distinta, desde edades a temperamentos diferentes, socioculturalmente gente distinta y eso en la vida te sirve mucho.  

¿El básquetbol para vos fue un deporte o una profesión? 

La figura de un entrenador para mí siempre fue muy paternal, mi padre falleció cuando tenía un año y el equipo de entrenadores que te dije anteriormente de Parrella, el Chueco, el Bobby fueron educadores y eran mis figuras de referencia. De hecho yo me empiezo a descarrilar un poco con el liceo y mi madre no sabía qué hacer y habló con Enrique (Parrella). Entonces, un día antes de una práctica nos llama Parrella a todos al vestuario y nos dice: “Ustedes saben que para jugar a este deporte hay que ser muy inteligente, hay que saber discernir entre situaciones que te hacen ganar y perder un partido en fracciones de segundos”, y de repente de la nada saca mi carné del liceo, oficial, en vivo adelante de mis compañeros y empieza a decir: “Acá Andrés nos está mostrando que no es muy inteligente, esto es una vergüenza”. Yo sólo tenía educación física alta y ahí me pidió que me vaya para mi casa, que no vuelva más. Me quería morir, se me caían las lágrimas, se me cayó la estantería. Pasó un mes y no tenía una materia baja. Nosotros nos estábamos jugando el descenso en formativas y al tipo no le importó, me puso un mes en el freezer a estudiar, yo ese consejo se lo voy a agradecer de por vida. Cuando los sacan a ellos del club, viene Federico (Camiña) y Alejandro (Glik) al principio yo los odiaba porque como que vinieron a reemplazar a mi figura que era Parrella, pero ellos se dieron cuenta que yo necesitaba algo más que un entrenador, porque estaba todo el día ahí. Fede es un tipazo y Alejandro que ya no está, también, y en ese momento pegamos una onda bárbara.  

Al perder una figura paterna cuando tenías un año. ¿Eso precipitó tu decisión de dejar de jugar para estar con tu hijo y no dejarlo sólo? 

Es por ahí. Es tal como lo decís, tal vez yo cuando estaba en Unión Atlética no me daba cuenta. Estaba todo el día enojado y frustrado, pasaba de trabajar a hacer fisioterapia con Daniel Zarrillo y Karina (Schwarzwald), estaba todo el día en la máquina, menos en mi casa. Y la verdad tuve que hacer terapia para ver porque estaba tan enojado y lo que me di cuenta que me hizo hacer un click, un cambio y que la relación con mi hijo tuvo un cambio radical es que él tenía un año y me dijeron: “Vos le estás haciendo pasar a tu hijo, lo que vos pasaste”, y eso es fuertísimo, que te digan que tu hijo está pasando por la misma ausencia que yo había pasado cuando niño. Ahí dije: “No, frená, vamos a barajar y dar de vuelta”. Porque ese trauma de perder una figura paterna tan joven te genera cosas para el resto de tu vida, esa ausencia, falencias y debilidades que vos no encontrás. Yo eso no lo quería para mi hijo y menos de una forma inconsciente. Hoy en día, desde que dejé de jugar mi relación con él cambió cien por ciento. Soy un padre súper presente, la decisión de dejar de jugar me alegró que fue en tiempo y forma.

Te tocó jugar en Aguada y Goes pero con resultados diferentes. Con el misionero te tocó un ascenso y con el aguatero descender. ¿Cómo fue eso?

Te voy a hacer una historia muy pintoresca. Juego en Tabaré 2007 frente a Goes que nosotros veníamos de ganarle a Cordón con la pizza recordada de Diego Olivera. Era al mejor de tres, primero en Tabaré y después en Plaza de las Misiones, el que pasaba subía. Jugamos el primer partido, íbamos ganando, agarro la pelota me mando para abajo y la hundo, se me cae toda la tribuna de Goes a putearme mal. Termina el partido y cuando salgo de bañarme estaba mi representante, que en aquel entonces era Daniel Morales con cuatro tipos, eran dirigentes de Aguada que querían juntarse conmigo. Nos encontramos al otro día en el Expreso Pocitos y arreglo en Aguada para la Liga 2008-09. Entonces les digo a los dirigentes: “Por favor ultra tumba que mañana juego en cancha de Goes un partido candente por el ascenso”. Contratamos un ómnibus para ir todos juntos de Tabaré a Goes porque estaba picado, cuando llegamos y me bajo del bondi, me dan un escupitajo en la cara y me empezaron a gritar: “aguatero cagón”, y otras barbaridades. Me quería morir porque mucha gente de Goes se había enterado. El ambiente estaba divino, a mí me encantaba jugar con gente en contra, pero yo era medio temperamental y alguna boludez me mandaba.
El juez era Heber González, en una me da la pelota para sacar en mitad de cancha y un hincha me empieza a gritar y me escupe de la tribuna, me doy vuelta y le escupo la bandera. Me agarra Heber y con la euforia de la gente me dice: “Te voy a matar Flaco. ¿Qué estás haciendo?” y no me echó ni suspendió el partido. La carpeteó, si hacía algo de eso se armaba una caterva bárbara. Seguimos jugando, ganamos, cortamos las redes y no pasó nada.  

¿Y te vas a Aguada que te tocó descender? 

Exacto, un presupuesto muy acotado, un grupo hermoso, pero necesitábamos dos americanos que la tenían que romper (risas). Me acuerdo el primer partido fue contra Trouville en Aguada y estábamos calentando en la cancha de frontón y se me erizaba la piel porque literalmente temblaba el piso por la gente, temblaba el piso de hormigón, no lo podés creer. Yo en ese momento saltaba y volaba, andaba con una adrenalina increíble. Ganamos ese partido, comenzamos con viento en la camiseta, hasta que arrancamos a perder y perder, vino un aprete normal de la hinchada que era esperable. No me olvido más que cuando se complicó la cosa en Aguada estaba el francés (Alejandro Francia) que me salvó de algún lío y tuve la suerte de jugar en varios lados con él. En un partido dejaron la reja abierta, la que comunicaba la hinchada con el vestuario y se empezaron a meter hasta que se paró Alejandro en la puerta y al final no pasó nada. Pero ese descenso fue duro, yo me quebré una mano y me tuve que operar, me acuerdo de hinchas que me pedían que me sacara el yeso y jugara. Nos tocó bajar, tengo un montón de amigos en Aguada y nunca me pasaron factura por jugar después en Goes. Hasta el día de hoy, con el gordo Book (Christian) somos amigos y jugamos en Abduken hace poquito. Es un club que le agarré cariño,pero la experiencia fue pesada.

Y la otra cara de la moneda. ¿Cómo fue subir con Goes? 

Fue hermoso. Cuando arreglo en Goes, en una noche salgo de la práctica me estaban esperando tres tipos y uno era el que le escupí la bandera en el partido contra Tabaré que te conté antes. Me decía: “Nosotros no nos olvidamos que vos le escupiste la bandera al Goes”, les tuve que pedir disculpas lógicamente y les dije que yo estaba para jugar y dar lo mejor de mí. Quedamos con buena onda.

Y es otro formato, siempre digo lo mismo. Aguada es más masivo, te subís a un bondi en Giannattasio y el chofer es de Aguada, no pagás una entrada al boliche, no pagás un bondi, es increíble. Mientras que Goes es lo mismo pero más localizado en su barrio, es bien barrio, pero fue un año espectacular. Arrancaron bravas las primeras fechas con el Pato Weinstein, tuvimos una seguidilla de perder unos partidos, una situación ahí con la hinchada media complicada y también se nos lesiona Jimmy (Bostón). Ahí llega Esteban Yaquinta y Diego Romero el argentino para jugar por Jimmy, no era talentoso pero hace mil años es capitán de Gimnasia y es un tipo que transmite mucho. Empezó a contagiar, además Esteban es muy positivo y era un grupo unido, estaba buenísimo. Nos empezaron a salir las cosas bien y fue genial, ese año en Goes fue tremendo. Jugar con hinchada en contra es hermoso, pero los dos años que me tocó jugar con hinchada a favor (Aguada y Goes) ibas con el pecho inflado a cualquier lado, tenés que saber manejarlo, pero está bueno.  

¿Cómo es un día en la vida del Flaco Ferrés? 

Hoy me levantó cada dos horas de noche a cambiar pañales, turnándome y tratar de ser lo más compañero posible con mi esposa. Estoy laburando desde casa todo lo que puedo, salgo a reuniones y después voy a la barraca en la tarde. Laburo muchas horas y ahora con la pandemia mi hobby es la cocina a pleno, con mucho placer, es terapéutico. A las 7:00 ya arranco, armo el mate y empiezo a responder correos, preparo el desayuno a los gurises, y estoy todo el día en actividad. 

¿Cuál fue la cancha y el rival más difícil que te tocó? 

Siempre me fue mal en dos canchas: Larrañaga y Marne. Era horrible, porque yo tenía una rutina de tirar sólo antes del partido, pero en esas canchas ya entraba condicionado. En Marne sabía que uno de los aros está un metro y medio más abajo que el otro y tenía que cambiar el tiro. En la cancha de Larrañaga, yo tenía la costumbre que el pase de arranque lo arrancaba para atrás y pisaba la línea siempre. Gane pocas veces en esas canchas, un día en Marne perdí con 40 minutos de zona porque no la metíamos y  a uno siempre le gustó tirar. Que te dejen sólo, con una zonita árbol para que tires y no poder meter era mortal. En cuanto rivales, me tocaron muchos y en diferentes puestos, pero que me haya pegado un baile satánico me acuerdo un tipo que admiro mucho fue la Bruja Mancebo, en un momento me llenó y no entendía cómo. Porque el loco no corría, era flaquito y me llenaba.  

¿Cómo es tu fanatismo con Harry Potter? 

Soy un enfermo, soy un enfermo (risas). Toda la vida fui fanático del cine, me gusta mucho leer y siempre encuentro en los libros un extra a la película. El libro te devuelve mucho más de imaginación y como desarrollar que la misma película. Por suerte lo comparto con mi hijo, por culpa mía es fanático de Star Wars, Harry Potter, le gustan los súper héroes y para mí tener un hijo con esos gustos es lo máximo. La otra vez dije que no iba influenciarlo más y quiso hacer el cumpleaños de Harry Potter, con esta pandemia hicimos una pijamada en casa que decoramos todo tipo Hogwarts, yo me disfracé de Hagrid y estuvo buenísimo. Yo lo disfruto mucho, en ese sentido soy un niño, no tengo ningún tipo de vergüenza en decirlo.

Algo raro en tu vida es que te ibas al interior y no era Mercedes, Paysandú, Salto que son departamentos que se vive básquetbol, sino a Minas. ¿Por qué elegías eso? 

(Risas) Primero que nada porque mi señora es de Minas y vamos todos los fines de semanas para allá porque mi hijo tiene locura con sus abuelos. Entonces, es una buena excusa, en vez de ir a comer un asado y tomar cerveza. Voy, me juego un partido de básquetbol y después me como un asado. Tengo un amigo que me dejó el básquetbol que es Gastón Tanco, oficia de dirigente del club Olimpic y me pide que vaya a darle una mano cada tanto. Yo con mis nanas y todo, voy y hago lo que puedo. Le doy una mano a Gastón, visito a mi familia, hago un poco de deporte, me saco las ganas porque el vicio de jugar lo tenés siempre, así seas una morsa o en otro nivel.

¿Cómo conociste a tu señora? 

A mi señora la conocí en una cita a ciegas (risas) a través del básquetbol. En realidad, ella nada que ver, era muy amiga de una chica que era novia del Pancho Larre Borges. Y una vuelta que el “Pancho” estaba jugando en Capurro y yo en Waston, antes del partido le digo para ir a tomar unos mates por la casa y él estaba con la novia. Y ella me dijo que tenía una amiga para presentarme y yo ya tenía ganas de conocer a alguien. Me pasó el teléfono de Natalia, nos comunicamos por ahí y fuimos a tomar algo a La Bastilla, que era un hermoso antro (risas) que ahora está cerrado y también falleció Juan Carlos, el dueño. Pegamos una onda increíble con Nati, es mi cable a tierra, me ha acompañado en cualquiera. Es una compañera de vida increíble. 

Hay muchos que no llegan a ser campeones, en tu caso fuiste campeón de Liga, Metro y DTA. ¿Qué se siente?

Soy un afortunado, somos Pedro Xavier y yo. El otro día justo pasaron las finales de Trouville y yo me emociono, justo me estaba escribiendo con Rodrigo Riera ese día y decíamos, era dársela a Marcel (Bouzout) que fue impresionante lo que jugó ese año. Soy un afortunado de estar en el momento correcto, en el lugar indicado con una participación mínima pero que no deja de ser importante en los grupos. Yo en ese equipo de Trouville era de sparring, jugaba 1×1 con los grandes, con los aleros, pasaba la pelota, pero sabía cuál era mi rol. Surgió de jugar un par de veces, pero es la coccarda más grande que tengo, que quizás pueda ser que sea de arriba, pero nadie me la puede sacar. Para estar en ese plantel es como me gusta decir a mí, tenías que tener conocimiento, habilidad y actitud, lo mío era lo último. Estoy pleno, satisfecho de mi carrera.

¿Sentís que sos un tipo querido en el ambiente? 

Sí, lo siento así. Y me llena de orgullo, hice muchos amigos en el básquetbol, hice mucha cantina, mucho extra y siempre me divertí. Más allá que competí, me peleé, me enojé con alguna hinchada, con los árbitros y si en algún momento le falté el respeto a alguien siempre tuve la humildad de llamarlo o encontrármelo después del partido. Me pasó con un montón de jueces, de pedir perdón porque yo me había desubicado.  

¿Qué te dejó el básquetbol? 

El básquetbol es mi vida y soy quien soy, con la familia que tengo, la personalidad que tengo, la carrera, gracias a ese camino de formación curricular y de deporte. Yo tuve la particularidad de tener mucho barrio, en barrio Sur cuando era niño y el básquetbol me ayudó a desarrollarme mucho en mi personalidad. Aprendí a trabajar y convivir con todos los que competen en la actividad.