Su historia no es la habitual como la de un pibe que ama al club del barrio. No nació en las inmediaciones de la Plaza de las Misiones pero cuando se acercó, se enamoró y no pudo soltarlo jamás. Los caminos de la vida estaban trazados para que él y su institución se agarraran la mano e hicieran el trayecto juntos. “Es que te atrapa” y así fue lo que le pasó a Carlos Muñoz. Recuerda las buenas y las malas, las de hincha y las de directivo. En la tranquilidad de su hogar y bajo la atenta mirada de su escudo, así hablamos de Goes, su religión.

La pasión y el fanatismo es algo que va traspasando de generación a generación. Puede ser un vecino, un amigo de la familia o un familiar el encargado de ir llevando el legado a los más pequeños. Así fue como el Tío Pocho se hizo cargo de aquel purrete que tenía poca idea lo que era el básquetbol. El tercer partido de la final entre Goes y Welcome en 1959 fue el puntapié inicial donde arranca esta historia con comienzo pero sin final. El Palacio Peñarol fue culpable y testigo presencial de este cuento que trata de momentos de color de rosa y otros de lo no tan lindos.

De ahí en más, el acercamiento para con el club fue en ascenso. Se hizo amigos, junto a su gente y fue el encargado de ir llevando ese rol que asumió el Tío Pocho en su momento. La barra de gurises fue creciendo y se han convertido en pilares de su vida. Jorge Fossati, Leo Paulos, Manteca Martínez son varios de los nombres que forman ese grupo que va recorriendo los rincones de la Plaza. Primero arrancaron debajo del aro que da hacia al lado del parrillero y hoy es la zona detrás del banco de Goes sobre las últimas filas, el punto de encuentro. Es que uno va y se siente pleno cuando está con su gente.

La creencia en su religión fue tan grande que de un momento a otro lo fueron empujando para que vaya asumiendo un rol más desnivelante en sus fieles. Tomó la presidencia y logró lo que varios anhelan y pocos logran, el ascenso. “Hoy no estoy, pero estoy” así lo afirma. No importa la distancia que tiene que recorrer por su club, si juega Goes, mire para atrás del banco que ahí está. Sufriendo, enojado pero siempre apoyando.

Las generaciones venideras no tuvieron muchas alternativas ni tuvieron opción a elegir que camino tomar: “acá es Goes” sentencia. Su hijo Diego es un pilar fundamental y fue compañero cuando las cosas salieron, y cuando no, también. Natalia fue fiel seguidora pero en uno de aquellos líos de la época, de los grandes, frente a Olimpia, Carlos se metió a separar y eso quedó en la retina de su hija que desde entonces no volvió a ver a Goes. Vanessa, su hija del corazón, fue a un clásico y lo arrancaron viendo en la platea baja. Subió con la popular y de ahí en más los misioneros consiguieron una nueva adepta. La afición de los nietos hacia Goes es una cuota pendiente debido a que los niños de Natalia son de Bohemios, mientras que las niñas de Diego van al Biguá. A quien no le queda otra alternativa es a Juan Manuel, que llega en enero y ya está encaminado el conjunto del misionero junto a los escarpines, el carné de socio ya está hecho.

Es que Goes es así, lo conocés y no podes despegarte. El club va en ascenso, el básquetbol cambia pero la esencia y los valores no se modifican. Hoy no sorprende que una niña de 6 años cante lo mismo que un veterano de 80, porque la institución es familia y así los transmite. A la cancha va el matrimonio y sus hijos con las caras pintadas y la bandera en la espalda. La actualidad del club es muy distinta a sus tiempos de presidencia: “estoy orgulloso y me emociona”.

La Plaza de las Misiones se engalana para recibir un cotejo de Liga Uruguaya. El pueblo misionero sabe que no cuenta con los mejores presupuestos del medio pero eso no es impedimento para llenar y darle color a su escenario. “Hoy se gasta dinero que no se tiene” y eso hace que cada triunfo se sienta como propia por parte del pueblo goense. Es que el barrio pone, el almacenero pone, la vecina pone pero no logra equiparar la economía de los clubes que están fortalecidos en materia de dinero.

Durante su presidencia le tocó vivir una crisis que hizo tambalear a todos. Ese sismo repercutió en la institución en un torneo que los traía arriba y encendidos: “ese equipo estaba para más”. La plata ya no valía lo mismo, no se encontraba en cualquier lado y la situación empeoró. La salida de jugadores importantes llevaron a que las aspiraciones del equipo quedarán solo en intentos. Lo más difícil de ese momento fue el encarar a los jugadores y contarles la realidad del club: “siempre les hablé y les fui de frente”. Se amargó, se enojó, lloró y sufrió porque ese Goes no merecía ese final, pero la coyuntura no permitió que ese plantel terminara de dar todo.

Su periplo por su profesión en las tierras vecinas lo alejaron del amor de todas las horas y fue complicado. La soledad de su habitación, la radio al lado y la locura constante durante la duración del juego. El partido no salía como él quería y el volumen se bajaba buscando en ese silencio que el cotejo gire repentinamente. Al rato, nuevamente el volumen alto para ver si la ausencia de sonido había causado su efecto deseado. Las noches enteras luchando con las estadísticas y la constante comunicación con Daniel Lovera, entrenador en aquel entonces.

Hoy celebra y se emociona al hablar de su club. Sabe lo que es estar dentro del club y sabe lo que es sufrir y relegar varias cosas por el amor de su vida. Festeja, celebra y agradece a Jorge Cibreiro y la comisión de obras por la gestión llevada a cabo. Cambió la mirada del club, los jugadores ven con otros ojos a la institución e insiste en que debe estar varios años al frente del club.

Fue el torneo clausura obtenido, un mojón importante en este último tiempo. La vida le volvió a pegar y tras una operación que terminó en la quita de 14 lunares, nueve malignos, su presencia en el gimnasio era imposible. La recomendación del doctor de no ir, el sufrimiento constante como cada vez que le tocó escuchar a su Goes en la cantora y el llanto profundo y silencioso mientras que Santi Rodríguez relataba la victoria y el campeonato del misionero. Solo, con su radio al lado y el llanto enmudecedor completo de alegría. La religión más linda le daba el premio más preciado. Acto seguido el mensaje para aquel gurí que vivió, sintió y sufrió con él varias noches: “somos campeones, hijo. Por suerte y gracias a Dios te hice hincha de Goes. ¿Viste que valió la pena?”.

La tarde caía en el balneario de la Costa y el frío de a poquito empezaba a hacer su juego. La lluvía empezaba a hacer estragos y las corridas se hicieron presente para entrar la ropa que reposaba en la cuerda. Cada vez que salía la palabra Goes, la voz se quebrantaba y la emoción se hacía presente. Es que así como lo vive Carlos, lo viven varios que comparten la pasión por el club. La religión misionera tiene sus principios que se rigen a rajatabla. Los parroquianos más fieles saben cómo tomarse esta bendición tan hermosa. “Hay algo que dice Toyos que es verdad, ‘el que no quiere a Goes, no quiere a su madre'”.

Su historia no es la habitual como la de un pibe que ama al club del barrio. No nació en las inmediaciones de la Plaza de las Misiones pero cuando se acercó, se enamoró y no pudo soltarlo jamás. Los caminos de la vida estaban trazados para que él y su institución se agarraran la mano e hicieran el trayecto juntos. “Es que te atrapa” y así fue lo que le pasó a Carlos Muñoz. Recuerda las buenas y las malas, las de hincha y las de directivo. En la tranquilidad de su hogar y bajo la atenta mirada de su escudo, así hablamos de Goes, su religión.

La pasión y el fanatismo es algo que va traspasando de generación a generación. Puede ser un vecino, un amigo de la familia o un familiar el encargado de ir llevando el legado a los más pequeños. Así fue como el Tío Pocho se hizo cargo de aquel purrete que tenía poca idea lo que era el básquetbol. El tercer partido de la final entre Goes y Welcome en 1959 fue el puntapié inicial donde arranca esta historia con comienzo pero sin final. El Palacio Peñarol fue culpable y testigo presencial de este cuento que trata de momentos de color de rosa y otros de lo no tan lindos.

De ahí en más, el acercamiento para con el club fue en ascenso. Se hizo amigos, junto a su gente y fue él el encargado de ir llevando ese rol que asumió el Tío Pocho en su momento. La barra de gurises fue creciendo y se han convertido en pilares de su vida. Jorge Fossati, Leo Paulos, Manteca Martínez son varios de los nombres que forman ese grupo que va recorriendo los rincones de la Plaza. Primero arrancaron debajo del aro que da hacia la lado del parrillero y hoy es la zona detrás del banco de Goes sobre las últimas filas, el punto de encuentro. Es que uno va y se siente pleno cuando está con su gente.

La creencia en su religión fue tan grande que de un momento a otro lo fueron empujando para que vaya asumiendo un rol más desnivelante en sus fieles. Tomó la presidencia y logró lo que varios anhelan y pocos logran, el ascenso. “Hoy no estoy, pero estoy” así lo afirma. No importa la distancia que tiene que recorrer por su club, si juega Goes, mire para atrás del banco que ahí está. Sufriendo, enojado pero siempre apoyando.

Las generaciones venideras no tuvieron muchas alternativas ni tuvieron opción a elegir que camino tomar: “acá es Goes” sentencia. Su hijo Diego es un pilar fundamental y fue compañero cuando las cosas salieron, y cuando no, también. Natalia fue fiel seguidora pero en uno de aquellos líos de la época, de los grandes, frente a Olimpia, Carlos se metió a separar y eso quedó en la retina de su hija que desde entonces no volvió a ver a Goes. Vanessa, su hija del corazón, fue a un clásico y lo arrancaron viendo en la platea baja. Subió con la popular y de ahí en más los misioneros consiguieron una nueva adepta. La afición de los nietos hacia Goes es una cuota pendiente debido a que los niños de Natalia son de Bohemios, mientras que las niñas de Diego van al Biguá. A quien no le queda otra alternativa es a Juan Manuel, que llega en enero y ya está encaminado el conjunto del misionero junto a los escarpines, el carné de socio ya está hecho.

Es que Goes es así, lo conocés y no podes despegarte. El club va en ascenso, el básquetbol cambia pero la esencia y los valores no se modifican. Hoy no sorprende que una niña de 6 años cante lo mismo que un veterano de 80, porque la institución es familia y así los transmite. A la cancha va el matrimonio y sus hijos con las caras pintadas y la bandera en la espalda. La actualidad del club es muy distinta a sus tiempos de presidencia: “estoy orgulloso y me emociona”.

La Plaza de las Misiones se engalana para recibir un cotejo de Liga Uruguaya. El pueblo misionero sabe que no cuenta con los mejores presupuestos del medio pero eso no es impedimento para llenar y darle color a su escenario. “Hoy se gasta dinero que no se tiene” y eso hace que cada triunfo se sienta como propia por parte del pueblo goense. Es que el barrio pone, el almacenero pone, la vecina pone pero no logra equiparar la economía de los clubes que están fortalecidos en materia de dinero.

Durante su presidencia le tocó vivir una crisis que hizo tambalear a todos. Ese sismo repercutió en la institución en un torneo que los traía arriba y encendidos: “ese equipo estaba para más”. La plata ya no valía lo mismo, no se encontraba en cualquier lado y la situación empeoró. La salida de jugadores importantes llevaron a que las aspiraciones del equipo quedarán solo en intentos. Lo más difícil de ese momento fue el encarar a los jugadores y contarles la realidad del club: “siempre les hablé y les fui de frente”. Se amargó, se enojó, lloró y sufrió porque ese Goes no merecía ese final, pero la coyuntura no permitió que ese plantel terminara de dar todo.

Su periplo por su profesión en las tierras vecinas lo alejaron del amor de todas las hora y fue complicado. La soledad de su habitación, la radio al lado y la locura constante durante la duración del juego. El partido no salía como él quería y el volumen se bajaba buscando en ese silencio para que el cotejo gire repentinamente. Al rato, nuevamente volumen para ver si la ausencia de sonido había causado su efecto deseado. Las noches enteras luchando con las estadísticas y la constante comunicación con Daniel Lovera, entrenador en aquel entonces.

Hoy celebra y se emociona al hablar de su club. Sabe lo que es estar dentro del club y sabe lo que es sufrir y relegar varias cosas por el amor de su vida. Festeja, celebra y agradece a Jorge Cibreiro y la comisión de obras por la gestión llevada a cabo. Cambió la mirada del club, los jugadores ven con otros ojos a la institución e insiste en que debe estar varios años al frente del club.

Fue el torneo clausura obtenido, un mojón importante en este último tiempo. La vida le volvió a pegar y tras una operación que terminó en la quita de 14 lunares, nueve malignos, su presencia en el gimnasio era imposible. La recomendación del doctor de no ir, el sufrimiento constante como cada vez que le tocó escuchar a su Goes en la cantora y el llanto profundo y silencioso mientras que Santi Rodríguez relataba la victoria y el campeonato del misionero. Solo, con su radio al lado y el llanto enmudecedor completo de alegría. La religión más linda le daba el premio más preciado. Acto seguido el mensaje para aquel gurí que vivió, sintió y sufrió con él varias noches: “somos campeones, hijo. Por suerte y gracias a Dios te hice hincha de Goes. ¿Viste que valió la pena?”.

La tarde caía en el balneario de la Costa y el frío de a poquito empezaba a hacer su juego. La lluvía empezaba a hacer estragos y las corridas se hicieron presente para entrar la ropa que reposaba en la cuerda. Cada vez que salía la palabra Goes, la voz se quebrantaba y la emoción se hacía presente. Es que así como lo vive Carlos, lo viven varios que comparten la pasión por el club. La religión misionera tiene sus principios que se rigen a rajatabla. Los parroquianos más fieles saben cómo tomarse esta bendición tan hermosa. “Hay algo que dice Toyos que es verdad, ‘el que no quiere a Goes, no quiere a su madre'”.