La docencia por tradición y una elección que acomodó un camino inicial que no lo conformaba. Diego Palacios divide su vida entre el salón de clases y la cancha de básquetbol, trabaja desde el amanecer hasta la madrugada, con la sonrisa que le provoca combinar pasiones y sentirse activo. Hablamos con el profe de matemáticas, o con el DT de Cordón, véalo del lado que quiera.

El desafío es ser feliz. Y Palacios lo es. Sí, aunque sus días arranquen a las siete de la mañana y nunca sepa cuándo ni cómo terminan. Él lo disfruta, a su modo. A pesar de que en algunos amaneceres cuando suena la alarma la cama lo abraza, y tiene más ganas de posponer ese ruidito molesto que de salir a enseñar. Pero confiesa que cuando arranca su juego en rol de profesor, los gurises lo van sacando del letargo y esa poca voluntad inicial se transforma en energía positiva para encarar otro jornada más, haciendo lo que más le gusta.

Lo descubrió tarde. Arrancó en la facultad haciendo ingeniería de sistemas. Andaba bien para las materias vinculadas a matemática pero no estaba ni ahí con la programación. Cuando se avivó, le bajó la barrera al camino inicial.

Por algo había que seguir, empezó a atar cabos. Viene de familia de profesores: la vieja de historia, la hermana de informática. Además ayudaba a sus amigos con los exámenes de matemáticas por hobby. Era por ahí. Decidió ir al IPA a probar. En segundo arrancó las prácticas en liceos y ahí confirmó que la prueba estaba superada.

 Está muy agradecido a los profesores a los que les tocó acompañar en ese momento. Lo alentaron, lo orientaron y le mostraron que la ruta era hermosa de transitar: “me fue picando el bichito, me gustó para seguir”. Se fue convenciendo de que -ahora sí- iba rumbo al destino al que quería llegar.

Con 24 años ya dio clases solo. Un desafío. La diferencia de edad con los alumnos era poca. Pero, lejos de amedrentarse con eso, Diego lo uso para “entrarles desde un lugar más cercano” a los estudiantes. No era el profesor más convencional y se fue relacionando con los chiquilines con la poca experiencia que le daba el entrenador de básquetbol que enseñaba el deporte a adolescentes. Resultó. El primer paso, firme. Alivio.

Si bien no es lo mismo dirigir un entrenamiento que dar una clase, Palacios reconoce que traslada mucho de la cancha de básquet al aula liceal. Y que muchas veces -siempre con la matemática como base- busca imponer dinámicas que salgan de lo común y que lleven a que los alumnos se muevan de su asiento y no estén rígidamente atentos al pizarrón o parlamentos largos.

Disfruta tener un vínculo de cercanía con los gurises. Dentro de lo que los límites le permiten, busca echar por tierra esa imagen de profesor rudo al que todos le tienen miedo, considera que hoy el respeto se gana desde otro lugar. Para eso, también le sirvió el básquetbol y estar en un club tan popular como Cordón, muchas veces lo reconocen por su rol de entrenador o por haberlo visto en la tele. Incluso le hacen chistes después de los partidos. Ahí ya arranca ganado 1-0 con la botijada.

Su vida es un caos, de los lindos. Entre las 7.30 y las 8.00 -según el día- arranca a dar clases y transita las mañanas recorriendo liceos de acá para allá. Aún es joven y viene abajo en el escalafón, por lo que elige las horas que van quedando disponibles intentando que “la ruta me quede lo más derecha posible”. Después al club, donde entra a 15 a las prácticas de formativas y sale con el último jugador del plantel principal.

Un caso más de los tantos personajes del básquetbol semiprofesional en el que estamos inmersos que tiene que tener otra actividad para subsistir. Palacios asegura que la calidad de entrenadores que hay en nuestro país es muy buena. Si bien son pocos los que se pueden dedicar de lleno al deporte, la pasión con la que lo viven hace que cuando tiene la chance de “vivir de esto” logran diferenciarse del resto, acá o en el exterior.

Diego sostiene que los DT en Uruguay son muy comprometidos y muchas veces hacen cosas extras para el bien del club o del plantel que no corresponden a su tarea. Y eso, de forma directo o indirecta, también le hace bien al entrenador. Asegura, además, que es muy dificil enfrentarse a un cúmulo de jugadores, más en El Metro, donde la mayoría llegan a entrenar con una jornada laboral o de estudios a cuestas.

Ahí hay que aplicar la pedagogía del profesor: charlar mucho, entenderlos, ver como se sienten y, quizás un día, no exigirles tanto. Ser empático.

Palacios disfruta sus laburos. Considera que lo mantienen activo y entretenido. Reconoce además, ser “muy vagoneta”, dormir mucho y hacer poco cuando no tiene obligaciones. Desde ese lugar se siente bien a pesar de que casi todas las semanas mete más de 12 horas diarias de trabajo.

Y ahora se viene El Metro, y es peor, porque su costado de DT está más activo que nunca. Los días sin entrenamiento del primer equipo no son libres para el entrenador que planifica, analiza, hace scouting y ver por dónde puede construir las mejoras del plantel.

Como si todo esto fuera poco, le cuesta conciliar el sueño después de los partidos, termina tarde. Y confiesa, con una sonrisa que mezcla picardía y vergüenza, que se ha dormido para ir al otro día a clases en más de una oportunidad.

La vieja le enseñó que hay que separar los ámbitos y no mezclar un laburo con el otro. “Problemas tenemos todos”, como decía la murga Acontramano. A la hora de encarar una práctica, o una clase, hay que poner la mejor cara posible. Diego cuenta con felicidad que muchas veces los alumnos son los que le cambian el ánimo: “Te agarran los puntos, te vas metiendo en la rosca con ellos, cuando te das cuenta se te fue el sueño o el malhumor y ya estás disfrutando”. Y después dicen que la juventud está perdida…

No se considera de esos profesores botones, ni estricto en la matemática para calcular promedios, tiene cintura. Toma algunos recaudos los días de parciales pero también asegura que el que se quiere copiar, lo termina haciendo. Siempre busca lo mejor para los gurises, incluso cuando considera que la opción que más va a ayudar al joven es irse a examen. Y ahí no es flexible, aunque le protesten más que al juez que se equivocó en la última bola del partido.

Le queda poco tiempo libre, y cada momento que tiene “lo aprovecho a morir” para estar con la familia, con su novia, o jugar al básquetbol con amigos en la LBM. Intenta hacerse un lugar para todo lo que disfruta afuera del ambiente laboral, y está agradecido de su entorno, que lo entiende y lo apoya en todo momento.

Ahora disfruta de sus últimos días de vacaciones de invierno, en un año que para los docentes viene siendo agotador. Cambió la modalidad de dar clases, la virtualidad los obligó a conocer un “rival” al que no estaban preparados para enfrentar. El desafío fue duro, lo fueron entendiendo al transitarlo.

Palacios asegura que lo que le costó más fue la planificación, debió dedicarle muchísimo más tiempo, ese tesoro tan preciado que es escaso en su vida. Obviamente no es lo mismo enseñar mirando a la cara a los alumnos, que hablándole a una camarita sin saber quien te está escuchando o cómo te estan recepcionando del otro lado. Crear dinámicas para captar la atención de todos, es un desafío complejo.

Intentó amoldarse a la famosa nueva normalidad. Su novia tuvo la idea de que dejara un número de teléfono solo para el contacto con los alumnos. Ahí le pueden escribir, plantear dudas, mandar ejercicios o lo que sea vinculado a las clases. No es lo ideal, pero de esa forma busca mantener el vínculo cercano con los gurises y generar el ida y vuelta necesario.

El 2020 puede ser un punto de inflexión en la educación, tanto a la hora de dar clases como para formar profesores. Diego asegura que la virtualidad va a ser muy dificil eliminarla o erradicarla y que los docentes deberán estar preparados para incorporar, “ponerle cabeza” y utilizar todas las herramientas de forma productiva.

En ese aspecto, los profesores de matemática ya se venían acomodando dentro de una  materia que avanza al ritmo de la tecnología. Por ejemplo, todos los celulares tiene calculadoras que ayudan a los gurises con notoria faciliad. El desafío para los docentes está en ayudar a los jóvenes a decodificar que tipos de herramientas los ayudan en el aprendizaje y cuáles no.

Todo va cambiando y se va modernizando.Sostiene que al modelo clásico de enseñanza en el aula hay que buscarle un giro. Tira la problemática arriba de la mesa pero esconde la mano al no tener la solución: “hay gente más preparada y capacitada que yo para encontrar la forma”.

A Palacios le apasiona el vínculo con los chiquilines, ayudarlos en el estudio desde un lugar productivo y aportarles en el aprendizaje. Aunque a veces reniega en su profesión del relacionamiento con el adulto; los padres, los directores de los centros de enseñanza. Eso no lo disfruta tanto. Incluso cuando le pegan algún rezongo porque confiesa ser “algo desprolijo” para llevar las fichas al día por la vorágine que tiene su vida.

En el futuro, le gustaría afianzarse en un liceo donde se sienta cómodo para no andar a las corridas y laburar a gusto con los alumnos, colegas y directores. El aula no la cambia por nada: “Soy feliz yendo a dar clases”. Se te nota, Diego.