Nos recibió en el club de sus amores, Paysandú. Sobre el piso en donde entrenó en varias ocasiones, nos habló acerca de su sentimiento por el Paysa, sus noches memorables como hincha y jugadora. Sobre su piel lo lleva tatuado y para ella la institución es su casa. Hablamos con Estefany Da Silva, que nos dejó su sentir en esta nota.

¿De dónde nace tu amor por Paysandú?

Yo nací a la vuelta, Pedro Vidal y Emilio Raña, y a los 10 años empezamos con un taller con la mamá de Santiago Canto que fue mi primer entrenador. Siempre estaban acá los chiquilines que son nuestros amigos hasta el día de hoy y el tema de la pelota es como que me llamaba un poquito la atención. Yo en ese momento hacía ballet y le pedimos por favor que nos dieran un día de práctica, para saber que se sentía el tema de estar con la pelota y una vez que probamos la cancha, esa adrenalina no la cambiamos por nada. A partir de ahí, es el club de mi barrio, es donde yo nací, es mi segunda casa. Para mí no es un club, para mí es mi casa.

Llegó de la mano la pasión por el básquet y por el Paysa, ¿no?

Exactamente, pero el básquet aparte me encanta. El año pasado que tuve la posibilidad de jugar en Atenas porque el Paysa no estaba, lo hice porque realmente me encanta el básquetbol. Fue sin pasión y es la realidad. No es lo mismo para mí defender mi camiseta y más a esta altura que ya pienso jugar este año y retirarme. Mi camiseta tiene un plus.

¿Cómo viviste la vuelta de Paysandú a competir en DTA después de tanto tiempo?

Eso estuvo increíble. El ver a la hinchada y a los jugadores que la mayoría son mis amigos, a los cuales conozco desde chiquitita, para mí es tremendo. Lo que tiene la hinchada del Paysa es que te acompaña a todos lados, en las buenas y en las malas. No es un cuadro que pelee siempre arriba, y sin embargo en la DTA siempre dio que hablar.

¿De esa primera DTA en dónde fueron locales en Marne, que recuerdos tenés?

En esa estaba volviendo al club, porque estaba de nuevo toda la movida y fueron muchos sentimientos. Estaba mi niñez, mi adolescencia y todo se me refrescaba. A partir de ahí, empezamos con el proyecto de femenino y no me despegué más del club. Fueron todo emociones encontradas porque es donde yo crecí.

A pesar de ser un equipo que se banca a pulmón, tuvieron resultados importantes como eliminar a Urupán en Pando, ¿cómo lo viviste?

Eso fue increíble. Estuve ahí y fue uno de los partidos más emocionantes en la DTA. Después tuvimos algunos en Montevideo, con Danubio dimos una pelea tremenda y esos son los partidos que te marcan, más allá de jugadora porque tengo varios roles dentro del club. Además de jugar, soy hincha, me siento parte. Eso está genial y no lo cambio por nada.

El club previo a esa DTA, anunció que no competía más, ¿cómo lo viviste?

Juro que ahí sentía que se me rompía el corazón. Realmente me dolió muchísimo a mí como a todos los chicos que tomaron esa decisión, que no fue fácil claramente, pero no había otra salida. El tema de lo económico en nuestro club es muy difícil, es a pulmón y ya los chicos estaban perdiendo de su bolsillo, no había con que darle. El femenino no es que competís y ya está, hay que mantenerse al día en todo, pagar la Federación, los gastos que genera el club y con las cuotas no llegábamos a cubrir eso. Fue un dolor tremendo, ahí creí que ya no iba a jugar más, se terminó el básquet para mí, porque de verdad no me llena estar en otro lado, ni me va a llenar. Tuve pasos por Aguada y me encantó también, me sentí muy cómoda, pero no hay como mi club.

A pesar de que ese año en femenino no se compitiera, se hizo un esfuerzo para presentar un equipo en DTA, ¿cómo se logró?

Es el trabajo de los chicos a pulmón. Los jugadores que vienen acá son unos genios, no se les paga y muchas veces tuvieron que sacar de sus bolsillos los jugadores que nacieron acá y siguen defendiendo la camiseta. Fue peso a peso y así se logró. Por lo menos eso mantuvo con vida nuestro club. Lamentablemente todavía no tenemos el techo y eso nos dificulta todo el doble o el triple. No es viable un club así, creo que somos el único que quedamos sin techar, pero tengo fe que va a llegar.

¿Qué significó para vos vestir por primera vez la camiseta de Paysandú en mayores?

Eso para mí fue tocar el cielo con las manos. Defender mi camiseta y en primera estuvo genial. Además jugar con quienes arranqué, que hasta el día de hoy varias están, varias no pueden obviamente, pero con mis amigas de la infancia, con quienes empezamos el básquet acá a defender la camiseta en primera, fue tocar el cielo con las manos.

Te tocó tener una noche soñada en una segunda final de Copa de Plata contra Capurro, ¿cómo fue?

Si ellas ganaban se llevaban la copa, que lo consiguieron en el tercero. Ese segundo partido en lo personal fue el mejor de mi carrera por cómo me sentí, por cómo se sintió el plantel, Gastón (Silva) que tanto luchó para esto, no es fácil. Para mí fue uno de los mejores partidos, no digo el mejor porque todavía queda este año y siempre puede haber todavía uno mejor. Pero ese estuvo tremendo porque además terminé siendo la única titular en la cancha con cuatro suplentes, las cuales dejaron todo y en la defensa marcaron la diferencia, porque obviamente el rol la responsabilidad la tenía que tomar yo. No podía cargar a alguien que no tenía tantos minutos, pero atrás hicieron la diferencia. No cambio a mi equipo por nada, ni adentro, ni afuera de la cancha.

Destacabas lo pasional del hincha de Paysandú, ¿ese día sentiste que el femenino también le llegó al hincha?

Ese día Miramar estaba lleno, banderas, bombos. Cuando terminó el partido, la gente te abrazaba y capaz hay gente que no tengo tan vista, pero te abrazaban y felicitaban. Éramos como todos familia abrazándonos. La gente acompañó como al masculino, creo que ese fue uno de los partidos que fuimos de igual a igual. Muchas veces, lamentablemente no se acompaña de la misma manera al masculino y al femenino, no por maldad, pero así está marcado desde siempre. Muchos siguen recordando al día de hoy ese partido. Mis hijos también y muchos hinchas me dicen que gracias a mí llegamos al tercer partido. No es así literal, claramente, porque yo no juego sola. Gracias al equipo que tengo, yo hice los puntos que hice, pero ese día marcó a varios y varias jugadoras que no están hoy en el plantel. El otro día tuvimos un vivo con el Paysa por Instagram y me empezaron a escribir recordando ese juego, y dando las gracias por haberles permitido ser protagonistas, porque todas lo fuimos. Capaz que yo me destaqué un poquito más, pero todas somos uno, no creo que unas sean más que otras. Eso es lo bueno que tiene Paysandú, que no hay egos, que no hay problemas. A mí me encanta hacer 30 puntos, como hacer 10. Siempre la que se destaca es porque tiene cuatro más que se la están pasando, o están haciendo que ella la rompa o le vaya bien. El recuerdo está, y va a seguir estando claramente.

A pesar de no ir cómo favoritas, siempre te tuviste mucha fe en ganar la Copa de Plata

La primera ronda Paysandú era el que le ganabas fácil, lamentablemente así era. De a poquito seguimos trabajando, dejamos a Cordón afuera que para nosotros fue tremendo, y llegar a una final fue impensado. Obviamente que me hubiese gustado ganar, soy súper competitiva, pero estamos re felices de eso que logramos porque fue a pulmón. Estar practicando en el club, sin techo, con frío hasta las 10 de la noche. Somos el único equipo que lo hace, es súper valorable y para la directiva que está ahí todo el tiempo. No lo cambio por nada, prefiero venir y morirme de frío acá a las 10 de la noche, que estar en otro lado, que tuve la oportunidad de estar en Atenas y me embolaba, a pesar de que el club era divino, tenía un gimnasio, todo cerrado, pero si me decís de venir acá a las 11 a entrenar vengo y está todo bien. Así les pasa a las que juegan acá, porque creas un lazo con el club que no te lo da todo el mundo y eso está genial.

¿Eliminar a Urupán en Pando o esa segunda final ante Capurro?

No tengo dudas. La segunda final con Capurro en cancha de Miramar llena, con todas felices, abrazándonos. Ver la felicidad de Gastón, que tanto trabaja por nosotras, porque nosotros estamos dentro de la cancha, pero reflejamos el trabajo de él y de los profes. Pero sin dudas elijo esa segunda final. Obviamente que me encanta ese partido de Urupán, fue increíble. Pero esto fue más personal.

¿Un ascenso a El Metro, o levantar una copa con Paysandú?

Levantar una copa con el Paysa. Porque todavía soy jugadora y eso es un debe que todavía me queda y no pierdo la esperanza de que tal vez este año podamos llegar con mucho trabajo, porque ha crecido pila la Liga y los demás cuadros tienen unos refuerzos tremendos. Pero no pierdo la esperanza, me encantaría levantar una copa de campeona.

Luego de ese año te tocó ir a Atenas y te llevaste varias jugadoras.

Fueron por mí, eso es lo bueno. Capaz que algunas no eran tan amigas, y nos hicimos dentro del club. Una vez que entrás acá, no te vas. Si te vas por algo en especial, por trabajo o lo que sea, el contacto sigue, y eso es lo bueno.

¿Cómo viviste ese año en el que Paysandú no compitió en el femenino? Llegaste a un Atenas nuevo, en donde te tocó ser profesora de muchas chicas.

Fue medio así. Al principio estaba media cohibida porque no podía moverme tanto, porque muchas estaban empezando y está buenísimo que lo estén haciendo. También me gustó ese desafío de ir a un equipo que no tuviese tanto básquet encima, porque todas tenían ganas de aprender. Obviamente que fui con otra cabeza, no a querer salir a ganar siempre, pero era distinto. Una vez que llegaron las chicas del Paysa, que fue lamentablemente casi al final y nos completamos, que era casi que el Paysa en Atenas, más chicas del club que obviamente aportaban muchísimo, me sentí más cómoda, pero no fue lo mismo. Además teníamos a Gastón, que estaba como entrenador de Olivol y era difícil de jugar contra él y para él era difícil dirigir a otro equipo que no éramos nosotras. Estuvo bueno porque nos movimos, no nos quedamos quietas y seguimos en rodaje, pero claramente no fue lo mismo. Muy agradecida a Atenas, que nos abrieron las puertas, a la Gata (García), que es un genio, pero no hay como mi club. Capaz que lo hablo desde la experiencia, porque a los 11 años empecé a jugar, ya tengo 34, son muchísimos años que estoy en esto, y siempre si puedo elegir mi camiseta, la voy a elegir.

Enterarte que volvían a competir este año, ¿cómo te cayó esa noticia?

Fue una sorpresa. Era muy incierto, yo tenía pensado ya no jugar más. Me llama Gastón, querían una reunión con nosotros dos, yo como referente del equipo y él como entrenador, y no era tan fácil, porque ya muchas no iban a poder jugar, no iban a participar. Pero fuimos por un año más y fue increíble porque todas se re coparon. Vinieron chicas nuevas que aportan un montón y ahora se armó un equipo precioso. Vinieron muchas chicas de Welcome, que son las ex Atenas, que como no van a competir, se van a sumar con nosotras. Tenemos un plantel de 15 o 16 y hay muchísimas jóvenes que eso está buenísimo, porque muchas veces a la hora del rodaje, tenés más experiencia pero te cansás también mucho más. Me encanta jugar todo el partido, pero ya el desgaste es otro. Estoy súper orgullosa de ser la capitana de este club, lo digo de verdad y no desde el lado desde el ego, sino por el sentimiento de pertenencia, es mi casa. Entonces, cada una que llega, trato de que se sienta también en su casa. Soy súper exigente, así como conmigo, con las demás, porque cuando son jóvenes y tienen potencial, está buenísimo que lo exploten, y soy súper gritona en la cancha. Soy mucho de ordenar y me gusta mucho hablar. Igual, a cada una que llega, Gastón les va avisando como soy adentro de la cancha para que no se lo tomen personal, pero están todas re copadas con el grupo que se armó y eso es lo mejor. Estamos súper emocionadas y entusiasmadas, estuvimos a punto de abandonar, con el tema de la pandemia no fue fácil, las clases de Zoom estaban buenísimas pero ya se habían empezado a bajar varias, estaban en otros clubes y está demás, porque es súper respetable, quieren seguir jugando y no teníamos rodaje. En la reunión que tuvimos para decir que nos íbamos a quedar sin liga, empezamos a hablar, obviamente yo fui la primera en saltar porque a mí no me gusta abandonar y cuando las papas queman, es cuando más hay que estar. Es muy fácil tirar la toalla, pero si yo me embarco en una aventura, me gusta terminarla. Después pongo en la balanza si me sumó o no me sumó, y estoy súper orgullosa de las chicas que llegaron hasta acá y dijeron: “nos quedamos”. Así surgió, después se sumaron más y estamos con muchas ganas.

¿Cómo te cayó esa noticia que post pandemia se propusieran no competir, y qué esfuerzos se hicieron para que se dé jugar?

En ese momento lo que sentí fue tristeza, enojo. Pero si realmente no era viable para el club, no se podía hacer otra cosa que bajarnos. En esa reunión, hay dos de las chicas nuevas que dijeron que hay que ver si se podían conseguir jugadoras, el compromiso tiene que estar y a mí me encantó. Me dieron pie para decir que no vamos a bajar los brazos, vamos a seguir para adelante, nos embarcamos y vamos a terminarlo. Compromisos tenemos todos y vida tenemos todos afuera del rectángulo. Si hubiese un compromiso, para mí hay que ser responsable y terminarlo. Ahí empezaron a moverse un poquito más, por UdelaR, las chicas de Welcome, y en dos días ya éramos 15, cuando habíamos quedado 6. Pero también fue el incentivo de decir que estamos y vamos a competir. Eso nos potenció y nos motivó a todas.

¿Sentís que le transmitiste a alguna chica el sentir y la pasión por el Paysa?

Con varias hablo y varias de las que se sumaron acá me dicen que les encanta la pasión y el temperamento. Hay algunas que dicen que tengo un poquito de más, con risas claramente, pero se contagian de eso, esa pasión se les transmite. Esa garra que yo pongo teniendo 10 años más que muchas me re copa. Están todas así y ya son todas del Paysa, ya se hicieron hinchas y eso está buenísimo.

¿Cómo fue tu relación con el básquet antes de que Paysandú compitiera en femenino?

Estuve haciendo fútbol 5 cómo cinco o seis años, con otro grupo de amigas. Era hobbie, era defensa, de repente pasaba la pelota y la jugadora no (risas). Estuve más o menos en eso, de repente iba a alguna canchita a tirar pero como lo había dejado un poquito medio de lado. A los 24/25 había vuelto, estuve en Aguada, pero un año nomás, porque tenía a mi hijo que no era muy grande y se me complicaba. Cuando quise volver a retomar, me fui a Goes, a entrenar un par de veces y justo en ese mismo momento, me llama el presi del Paysa y me comenta que tienen pensado poner femenino. A partir de ahí, el corazón manda, no me importaba perder por mil, iba a jugar con mi camiseta.

Siendo de las jugadoras que más minutos asume, ¿cómo es el día después de jugar, sabiendo que tenés que trabajar, que sos madre?

Me siento mejor los días que juego porque esa adrenalina queda, hayamos ganado y hayamos perdido, porque todo suma. Al otro día la rutina sigue, no cambia mucho, estoy muy acostumbrada porque no me gusta la vida sedentaria. Es normal estar en actividad.

¿Los hijos ya sienten ese amor por Paysandú?

Ellos son futboleros. Me siguen cuando son partidos que podemos ganar. Ellos cantan canciones del Paysa pero creo que es por amor a su mamá, más que por amor al club.

¿Si vienen medios complicados de notas se les corta el fútbol?

Trato de no castigar con el fútbol porque se asume como una responsabilidad así cómo yo lo hago con el básquet. Tal vez saco el play, tal vez saco el celu, pero el fútbol es un compromiso. Trato de que si el entrenador cuenta con él, que vaya, pero no mucho más que eso. En eso no me meto porque es un compromiso, y así como yo lo cumplo, él también tiene que hacerlo. Lo tengo incorporado eso y se lo inculco a mis hijos. Si uno asume un compromiso hay que terminarlo, después vemos en la balanza si sumó o no sumó. El no tengo ganas, no estoy tan motivado, conmigo no corre.

¿Desde cuándo y por qué se te ocurrió tatuarte el escudo de Paysandú?

Fue una apuesta que dije que si el Paysa volvía a competir, yo me tatuaba el escudo y fue el primero que me hice. Fue a los 30 y la verdad no me arrepiento. Mi madre me dijo que estaba loca, que como me iba a tatuar el escudo. Ella es hincha del club, pero me decía que era demasiado tatuarme el escudo, el cual llevo súper orgullosa. Estoy feliz de llevar el escudo del Paysa en la piel.

Para el que no está en el ambiente del básquet, el Paysa no es tan conocido, ¿hay gente que pregunta qué es el tatuaje?

Sí. Hay gente que pregunta: “¿ese escudo de qué es?”. En el trabajo, una de las remeras que uso en el verano se me ve un poco el tatuaje, entonces me dijeron: “qué bueno, el escudo de Nacional” (risas). Soy de Nacional, pero no me haría el escudo. Me pasa con un arquitecto que va a la dulcería donde yo trabajo, cuando me ve el escudo me dijo: “ese club está en La Blanqueada”. Me ha pasado también de que me lo haya visto gente que reconoce el club. Pero también gente que pregunta, hay de todo claramente.

En la cancha sos muy pasional. ¿Y en la vida?

En la vida soy súper pasional también. Así como soy de peleadora en la cancha, era en la vida. Los años me fueron enseñando a que no siempre hay que pelear, no siempre hay que ser tan así, pero así como soy de pasional en la cancha, soy en la vida, y soy como mamá así de loca también (risas).

¿A los hijos también se les inculca eso?

Eso a mí no me gusta. Ahí entra el verlo como madre. Si van a hacer un deporte que lo jueguen. Por suerte no son así, son más tranquilos. No me gusta y los rezongo claramente. No hay que entrar a pelear a una cancha y muchas veces me han contestado: “¿y vos?” Pero yo ya soy grande.

Nos recibió en el club de sus amores, Paysandú. Sobre el piso en donde entrenó en varias ocasiones, nos habló acerca de su sentimiento por el Paysa, sus noches memorables como hincha y jugadora. Sobre su piel lo lleva tatuado y para ella la institución es su casa. Hablamos con Estefany Da Silva, que nos dejó su sentir, en esta nota.

¿De dónde nace tu amor por Paysandú?

Yo nací a la vuelta, Pedro Vidal y Emilio Raña, y a los 10 años empezamos con un taller con la mamá de Santiago Canto que fue mi primer entrenador. Siempre estaban acá los chiquilines que son nuestros amigos hasta el día de hoy y el tema de la pelota es como que me llamaba un poquito la atención. Yo en ese momento hacía ballet y le pedimos por favor que nos dieran un día de práctica, para saber que se sentía el tema de estar con la pelota y una vez que probamos la cancha, esa adrenalina no la cambiamos por nada. A partir de ahí, es el club de mi barrio, es donde yo nací, es mi segunda casa. Para mí no es un club, para mí es mi casa.

Llegó de la mano la pasión por el básquet y por el Paysa, ¿no?

Exactamente, pero el básquet aparte me encanta. El año pasado que tuve la posibilidad de jugar en Atenas porque el Paysa no estaba, lo hice porque realmente me encanta el básquetbol. Sí fue sin pasión y es la realidad. No es lo mismo para mí defender mi camiseta y más a esta altura que ya pienso jugar este año y retirarme. Mi camiseta tiene un plus.

¿Cómo viviste la vuelta de Paysandú a competir en DTA después de tanto tiempo?

Eso estuvo increíble. El ver a la hinchada y a los jugadores que la mayoría son mis amigos, a los cuales conozco desde chiquitita, para mí es tremendo. Lo que tiene la hinchada del Paysa es que te acompaña a todos lado, en las buenas y en las malas. No es un cuadro que pelee siempre arriba, y sin embargo en la DTA siempre dio que hablar.

¿De esa primera DTA en dónde fueron locales en Marne, que recuerdos tenés?

En esa estaba volviendo al club, porque estaba de nuevo toda la movida y fueron muchos sentimientos. Estaba mi niñez, mi adolescencia y todo se me refrescaba. A partir de ahí, empezamos con el proyecto de femenino y no me despegué más del club. Fueron todo emociones encontradas porque es donde yo crecí.

A pesar de ser un equipo que se banca a pulmón, tuvieron resultados importantes como eliminar a Urupan en Pando, ¿cómo lo viviste?

Eso fue increíble. Estuve ahí y fue uno de los partidos más emocionantes en la DTA. Después tuvimos algunos en Montevideo, con Danubio dimos una pelea tremenda y esos son los partidos que te marcan, más allá de jugadora porque tengo varios roles dentro del club. Además de jugar, soy hincha, me siento parte. Eso está genial y no lo cambio por nada.

El club previo a esa DTA, anunció que no competía más, ¿cómo lo viviste?

Juro que ahí sentía que se me rompía el corazón. Realmente me dolió muchísimo a mí como a todos los chicos que tomaron esa decisión, que no fue fácil claramente, pero no había otra salida. El tema de lo económico en nuestro club es muy difícil, es a pulmón y ya los chicos estaban perdiendo de su bolsillo, no había con que darle. El femenino no es que competís y ya está, hay que mantenerse al día en todo, pagar la Federación, los gastos que genera el club y con las cuotas no llegábamos a cubrir eso. Fue un dolor tremendo, ahí creí que ya no iba a jugar más, se terminó el básquet para mí, porque de verdad no me llena estar en otro lado, ni me va a llenar. Tuve pases por Aguada y me encantó también, me sentí muy cómoda, pero no hay como mi club.

A pesar de que ese año en femenino no se compitiera, se hizo un esfuerzo para presentar un equipo en DTA, ¿cómo se logró?

Es el trabajo de los chicos a pulmón. Los jugadores que vienen acá son unos genios, no se les paga y muchas veces tuvieron que sacar de sus bolsillos los jugadores que nacieron acá y siguen defendiendo la camiseta. Fue peso a peso y así se logró. Por lo menos eso mantuvo con vida nuestro club. Lamentablemente todavía no tenemos el techo y eso nos dificulta todo el doble o el triple. No es viable un club así, creo que somos el único que quedamos sin techar, pero tengo fe que va a llegar.

¿Qué significó para vos vestir por primera vez la camiseta de Paysandú en mayores?

Eso para mí fue tocar el cielo con las manos. Defender mi camiseta y en primera estuvo genial. Además jugar con quienes arranqué, que hasta el día de hoy varias están, varias no pueden obviamente, pero con mis amigas de la infancia, con quienes empezamos el básquet acá a defender la camiseta en primera, fue tocar el cielo con las manos.

Te tocó tener una noche soñada en una segunda final de Copa de Plata contra Capurro, ¿cómo fue?

Si ellas ganaban se llevaban la copa, que lo consiguieron en el tercero. Ese segundo partido en lo personal fue el mejor de mi carrera por cómo me sentí, por cómo se sintió el plantel, Gastón (Silva) que tanto luchó para esto, no es fácil. Para mí fue uno de los mejores partidos, no digo el mejor porque todavía queda este año y siempre puede haber todavía uno mejor. Pero ese estuvo tremendo porque además terminé siendo la única titular en la cancha con cuatro suplentes, las cuales dejaron todo y en la defensa marcaron la diferencia, porque obviamente el rol la responsabilidad la tenía que tomar yo. No podía cargar a alguien que no tenía tantos minutos, pero atrás hicieron la diferencia. No cambio a mi equipo por nada, ni dentro, ni fuera de la cancha.

Destacabas lo pasional del hincha de Paysandú, ¿ese día sentiste que el femenino también le llegó al hincha?

Ese día Miramar estaba lleno, banderas, bombos. Cuando terminó el partido, la gente te abrazaba y capaz hay gente que no tengo tan vista, pero te abrazaban y felicitaban. Éramos como todos familia abrazándonos. La gente acompañó como al masculino, creo que ese fue uno de los partidos que fuimos de igual a igual. Muchas veces, lamentablemente no se acompaña de la misma manera al masculino y al femenino, no por maldad, pero así está marcado desde siempre. Muchos siguen recordando al día de hoy ese partido. Mis hijos también y muchos hinchas me dicen que gracias a mí llegamos al tercer partido. No es así literal, claramente, porque yo no juego sola. Gracias al equipo que tengo, yo hice los puntos que hice, pero ese día marcó a varios y varias jugadoras que no están hoy en el plantel. El otro día tuvimos un vivo con el Paysa por Instagram y me empezaron a escribir recordando ese juego, y dando las gracias por haberles permitido ser protagonistas, porque todas lo fuimos. Capaz que yo me destaqué un poquito más, pero todas somos uno, no creo que unas sean más que otras. Eso es lo bueno que tiene Paysandú, que no hay egos, que no hay problemas. A mí me encanta hacer 30 puntos, como hacer 10. Siempre la que se destaca es porque tiene cuatro más que se la están pasando, o están haciendo que ella la rompa o le vaya bien. El recuerdo está, y va a seguir estando claramente.

A pesar de no ir cómo favoritas, siempre te tuviste mucha fe en ganar la Copa de Plata

La primera ronda Paysandú era el que le ganabas fácil, lamentablemente así era. De a poquito seguimos trabajando, dejamos a Cordón afuera que para nosotros fue tremendo, y llegar a una final fue impensado. Obviamente que me hubiese gustado ganar, soy súper competitiva, pero estamos re felices de eso que logramos porque fue a pulmón. Estar practicando en el club, sin techo, con frío hasta las 10 de la noche. Somos el único equipo que lo hace, es súper valorable y para la directiva que está ahí todo el tiempo. No lo cambio por nada, prefiero venir y morirme de frío acá a las 10 de la noche, que estar en otro lado, que tuve la oportunidad de estar en Atenas y me embolaba, a pesar de que el club era divino, tenía un gimnasio, todo cerrado, pero si me decís de venir acá a las 11 a entrenar vengo y está todo bien. Así les pasa a las que juegan acá, porque creas un lazo con el club que no te lo da todo el mundo y eso está genial.

¿Eliminar a Urupan en Pando o esa segunda final ante Capurro?

No tengo dudas. La segunda final con Capurro en cancha de Miramar llena, con todas felices, abrazándonos. Ver la felicidad de Gastón, que tanto trabaja por nosotras, porque nosotros estamos dentro de la cancha, pero reflejamos el trabajo de él y de los profes. Pero sin dudas elijo esa segunda final. Obviamente que me encanta ese partido de Urupan, fue increíble. Pero esto fue más personal.

¿Un ascenso a El Metro, o levantar una copa con Paysandú?

Levantar una copa con el Paysa. Porque todavía soy jugadora y eso es un debe que todavía me queda y no pierdo la esperanza de que tal vez este año podamos llegar con mucho trabajo, porque ha crecido pila la liga y los demás cuadros tienen unos refuerzos tremendos. Pero no pierdo la esperanza, me encantaría levantar una copa de campeona.

Luego de ese año te tocó ir a Atenas y te llevaste varias jugadoras.

Fueron por mí, eso es lo bueno. Capaz que algunas no eran tan amigas, y nos hicimos dentro del club. Una vez que entrás acá, no te vas. Si te vas por algo en especial, por trabajo o lo que sea, el contacto sigue, y eso es lo bueno.

¿Cómo viviste ese año en el que Paysandú no compitió en el femenino? Llegaste a un Atenas nuevo, en donde te tocó ser profesora de muchas chicas.

Fue medio así. Al principio estaba media cohibida porque no podía moverme tanto, porque muchas estaban empezando y está buenísimo que lo estén haciendo. También me gustó ese desafío de ir a un equipo que no tuviese tanto básquet encima, porque todas tenían ganas de aprender. Obviamente que fui con otra cabeza, no a querer salir a ganar siempre, pero era distinto. Una vez que llegaron las chicas del Paysa, que fue lamentablemente casi al final y nos completamos, que era casi que el Paysa en Atenas, más chicas del club que obviamente aportaban muchísimo, me sentí más cómoda, pero no fue lo mismo. Además teníamos a Gastón, que estaba como entrenador de Olivol y era difícil de jugar contra él y para él era difícil dirigir a otro equipo que no éramos nosotras. Estuvo bueno porque nos movimos, no nos quedamos quietas y seguimos en rodaje, pero claramente no fue lo mismo. Muy agradecida a Atenas, que nos abrieron las puertas, a la Gata (García), que es un genio, pero no hay como mi club. Capaz que lo hablo desde la experiencia, porque a los 11 años empecé a jugar, ya tengo 34, son muchísimos años que estoy en esto, y siempre si puedo elegir mi camiseta, la voy a elegir.

Enterarte que volvían a competir este año, ¿cómo te cayó esa noticia?

Fue una sorpresa. Era muy incierto, yo tenía pensado ya no jugar más. Me llama Gastón, querían una reunión con nosotros dos, yo como referente del equipo y él como entrenador, y no era tan fácil, porque ya muchas no iban a poder jugar, no iban a participar. Pero fuimos por un año más y fue increíble porque todas se re coparon. Vinieron chicas nuevas que aportan un montón y ahora se armó un equipo precioso. Vinieron muchas chicas de Welcome, que son las ex Atenas, que como no van a competir, se van a sumar con nosotras. Tenemos un plantel de 15 o 16 y hay muchísimas jóvenes que eso está buenísimo, porque muchas veces a la hora del rodaje, tenés más experiencia pero te cansás también mucho más. Me encanta jugar todo el partido, pero ya el desgaste es otro. Estoy súper orgullosa de ser la capitana de este club, lo digo de verdad y no desde el lado desde el ego, sino por el sentimiento de pertenencia, es mi casa. Entonces, cada una que llega, trato de que se sienta también en su casa. Soy súper exigente, así como conmigo, con las demás, porque cuando son jóvenes y tienen potencial, está buenísimo que lo exploten, y soy súper gritona en la cancha. Soy mucho de ordenar y me gusta mucho hablar. Igual, a cada una que llega, Gastón les va avisando como soy adentro de la cancha para que no se lo tomen personal, pero están todas re copadas con el grupo que se armó y eso es lo mejor. Estamos súper emocionadas y entusiasmadas, estuvimos a punto de abandonar, con el tema de la pandemia no fue fácil, las clases de Zoom estaban buenísimas pero ya se habían empezado a bajar varias, estaban en otros clubes y está demás, porque es súper respetable, quieren seguir jugando y no teníamos rodaje. En la reunión que tuvimos para decir que nos íbamos a quedar sin liga, empezamos a hablar, obviamente yo fui la primera en saltar porque a mí no me gusta abandonar y cuando las papas queman, es cuando más hay que estar. Es muy fácil tirar la toalla, pero si yo me embarco en una aventura, me gusta terminarla. Después pongo en la balanza si me sumó o no me sumó, y estoy súper orgullosa de las chicas que llegaron hasta acá y dijeron: “nos quedamos”. Así surgió, después se sumaron más y estamos con muchas ganas.

¿Cómo te cayó esa noticia que post pandemia se propusieran no competir, y qué esfuerzos se hicieron para que se dé jugar?

En ese momento lo que sentí fue tristeza, enojo. Pero si realmente no era viable para el club, no se podía hacer otra cosa que bajarnos. En esa reunión, hay dos de las chicas nuevas que dijeron que hay que ver si se podían conseguir jugadoras, el compromiso tiene que estar y a mí me encantó. Me dieron pie para decir que no vamos a bajar los brazos, vamos a seguir para adelante, nos embarcamos y vamos a terminarlo. Compromisos tenemos todos y vida tenemos todos afuera del rectángulo. Si hubiese un compromiso, para mí hay que ser responsable y terminarlo. Ahí empezaron a moverse un poquito más, por UdelaR, las chicas de Welcome, y en dos días ya éramos 15, cuando habíamos quedado 6. Pero también fue el incentivo de decir que estamos y vamos a competir. Eso nos potenció y nos motivó a todas.

¿Sentís que le transmitiste a alguna chica el sentir y la pasión por el Paysa?

Con varias hablo y varias de las que se sumaron acá me dicen que les encanta la pasión y el temperamento. Hay algunas que dicen que tengo un poquito de más, con risas claramente, pero se contagian de eso, esa pasión se les transmite. Esa garra que yo pongo teniendo 10 años más que muchas me re copa. Están todas así y ya son todas del Paysa, ya se hicieron hinchas y eso está buenísimo.

¿Cómo fue tu relación con el básquet antes de que Paysandú compitiera en femenino?

Estuve haciendo fútbol 5 cómo cinco o seis años, con otro grupo de amigas. Era hobbie, era defensa, de repente pasaba la pelota y la jugadora no (risas). Estuve más o menos en eso, de repente iba a alguna canchita a tirar pero como lo había dejado un poquito medio de lado. A los 24, 25 había vuelto, estuve en Aguada, pero un año nomás, porque tenía a mi hijo que no era muy grande y se me complicaba. Cuando quise volver a retomar, me fui a Goes, a entrenar un par de veces y justo en ese mismo momento, me llama el presi del Paysa y me comenta que tienen pensado poner femenino. A partir de ahí, el corazón manda, no me importaba perder por mil, iba a jugar con mi camiseta.

Siendo de las jugadoras que más minutos asume, ¿cómo es el día después de jugar, sabiendo que tenés que trabajar, que sos madre?

Me siento mejor los días que juego porque esa adrenalina queda, hayamos ganado y hayamos perdido, porque todo suma. Al otro día la rutina sigue, no cambia mucho, estoy muy acostumbrada porque no me gusta la vida sedentaria. Es normal estar en actividad.

¿Los hijos ya sienten ese amor por Paysandú?

Ellos son futboleros. Me siguen cuando son partidos que podemos ganar. Ellos cantan canciones del Paysa pero creo que es por amor a su mamá, más que por amor al club.

¿Si vienen medios complicados de notas se les corta el fútbol?

Trato de no castigar con el fútbol porque se asume como una responsabilidad así cómo yo lo hago con el básquet. Tal vez saco el play, tal vez saco el celu, pero el fútbol es un compromiso. Trato de que si el entrenador cuenta con él, que vaya, pero no mucho más que eso. En eso no me meto porque es un compromiso, y así como yo lo cumplo, él también tiene que hacerlo. Lo tengo incorporado eso y se lo inculco a mis hijos. Si uno asume un compromiso hay que terminarlo, después vemos en la balanza si sumó o no sumó. El no tengo ganas, no estoy tan motivado, conmigo no corre.

¿Desde cuándo y por qué se te ocurrió tatuarte el escudo de Paysandú?

Fue una apuesta que dije que si el Paysa volvía a competir, yo me tatuaba el escudo y fue el primero que me hice. Fue a los 30 y la verdad no me arrepiento. Mi madre me dijo que estaba loca, que como me iba a tatuar el escudo. Ella es hincha del club, pero me decía que era demasiado tatuarme el escudo, el cual llevo súper orgullosa. Estoy feliz de llevar el escudo del Paysa en la piel.

Para el que no está en el ambiente del básquet, el Paysa no es tan conocido, ¿hay gente que pregunta qué es el tatuaje?

Sí. Hay gente que pregunta: “¿ese escudo de qué es?”. En el trabajo, una de las remeras que uso en el verano se me ve un poco el tatuaje, entonces me dijeron: “qué bueno, el escudo de Nacional” (risas). Soy de Nacional, pero no me haría el escudo. Me pasa con un arquitecto que va a la dulcería donde yo trabajo, cuando me ve el escudo me dijo: “ese club está en La Blanqueada”. Me ha pasado también de que me lo haya visto gente que reconoce el club. Pero también gente que pregunta, hay de todo claramente.

En la cancha sos muy pasional. ¿Y en la vida?

En la vida soy súper pasional también. Así como soy de peleadora en la cancha, era en la vida. Los años me fueron enseñando a que no siempre hay que pelear, no siempre hay que ser tan así, pero así como soy de pasional en la cancha, soy en la vida, y soy como mamá así de loca también (risas).

¿A los hijos también se les inculca eso?

Eso a mí no me gusta. Ahí entra el verlo como madre. Si van a hacer un deporte que lo jueguen. Por suerte no son así, son más tranquilos. No me gusta y los rezongo claramente. No hay que entrar a pelear a una cancha y muchas veces me han contestado: “¿y vos?” Pero yo ya soy grande.