Martín “Pollo” Perrone nunca soñó encontrar su lugar en el mundo en un club de básquetbol. Una vida parodial que comenzó a los 9, que tuvo de todo, pero que todavía los sigue encontrando juntos, en Montevideo.

Había una vez… Así comienzan todas las historias fantásticas y esta no podía empezar de otra manera. Un niño llamado Martín Perrone que a sus 9 años de vida tuvo un giro repentino. Sus días transcurrían en pleno corazón del Parque Rodó, el verde césped era cómplice de todas sus aventuras. La mirada se perdía entre los árboles que acondicionaban su área de preferencia. Las vueltas de la vida lo llevaron a mudarse a un barrio desconocido que poco tenía que ver con esa zona.

Los grandes arbustos se suplantaron por edificios. El silencio de un parque se convertía en el constante bullicio de las fábricas y los frigoríficos. La tranquilidad y el silbar de los pájaros se reemplazaba por el ir y venir de los trabajadores. Bajo esa coyuntura reposaba en Porongos y Martín García el Montevideo Basquetbol Club. Club de barrio si los hay, punto de encuentro de los parroquianos más fieles a la doctrina cantinera, con un sinfín de historias y personajes que llevan por arriba y por debajo de la piel, el color rojo como principal arma ofensiva para la vida.

Aquel gurí pasó por la puerta del lugar, vio la luz prendida, entró y jamás se pudo despegar de esos valores barriales que lo acompañan hasta hoy en día. La inconsciencia de un niño de su edad lo llevó a hacerse amigos que cuando mira al costado, lo siguen acompañando en este camino hermoso que es vivir. El segundo día de corridas por las instalaciones, causó el enojo de Héctor Rama, en aquel entonces el técnico del plantel principal.

Mirada fija y tirón de oreja, con rezongo de por medio, fue todo lo que necesitaba para comenzar a sentir el rojo por las venas: “Pibe, si querés correr por acá, vení a entrenar”.

De pre-mini hasta los 23 años duró el periplo basquetbolístico. Algunos dicen que era flaquito y no daban dos pesos por él, pero otros decían que era el jugador que todo club de barrio quiere. Fue por eso que terminó tan temprano el básquetbol en su vida, “yo por otro club no quería jugar”. Tras dos meses de picar la pelota, sin tener noción alguna del deporte naranja, llegó el momento de poner a los pequeños en ronda en el medio del gimnasio y decir quién subía a ser mini y quien quedaba por el camino. En algo tan inexplicable como la vida misma, Martín quedó y siguió.

Desde la puerta de su casa podía ver ese punto de encuentro que de a poco se convirtió en su segundo hogar. Los autos fuera del club significaban que el plantel principal tenía partido. Tribunas llenas, familias que acompañaban, niños correteando; fueron las primeras imágenes que quedaron marcadas en la piel. La soledad de las afueras no era comparable con el bullicio, la alegría y la algarabía de lo que se vivía puertas adentro. El momento del debut en mini fue ante el club de sus amores: Peñarol. La ingenuidad de aquel pequeño concluyó con tristeza y desazón por ganarle al equipo que era hincha.

El tiempo pasó y de a poco la familiarización con el deporte fue en aumento. Montevideo se fue convirtiendo en su mejor amigo y en el epicentro de su vida. La cordialidad a propios y extraños es lo que hizo -y sigue haciendo- que la institución sea de las más queribles del ambiente. En sus horas dentro del club, que son más que las que lleva afuera, jamás vivió la expulsión o exclusión de alguno que se acercó, miró y entró, tal como en sus inicios.

Abierto o cerrado, Martín buscaba la forma de entrar. A veces tenía suerte, otras no y alguna que otra vez era necesario subirse al muro y esconderse para no ser echado. Es que el club se fue transformando en su lugar, donde podía ser él sin ningún tipo de límite. El barrio hoy crece y sus entornos son cada vez más lindos, pero la actualidad de la institución es opuesta. Son otros pibes, son otras generaciones, pero lo que se mantiene y sigue, son los valores que va enseñando e inculcando el club de barrio. Hoy la dirigencia es nueva, son aquellos mismos pibes que corretearon alguna vez alrededor de esa cancha que era muy distinta a la que es hoy. Las formativas, el femenino y los veteranos son motivos más que suficientes para que una vez más el club vuelva a ser el mismo que conoció y enamoró a aquel pibe de 9 años.


La historia se jacta de tener buenos y malos sucesos. No somos una zona de sismo, pero por el 2002 dicen que llegó una tal crisis que hizo temblar a varios y el rojo del mercado no fue la excepción. No había forma, se caía todo. Los vecinos que apoyaban ya no tenían para ayudar y no hubo otra alternativa. El plantel principal no participó y la motivación se cayó a pedazos.

 Ya no había nada que a los pibes de la casa los estimulara para venir. La savia nueva reactivó al club, luchó contra viento y marea hasta que la utopía de la vida misma provocó su participación en la Liga Uruguaya, algo catalogado como un espejismo. Llegó Hector Novick y consigo el gimnasio y la participación en la máxima división. Se disfrutó, se gozó y se vivió un momento de ensueño para todos. “Super Tony” se sintió como en su casa, las tribunas que explotaban supieron ver al “Bicho” más querido vestido de rojo y era todo perfecto. Sus ojos supieron encandilarse con los destellos de muy buenos jugadores, pero hay un “Enano” que lo terminó enamorando y fue uno de los últimos grandes que supo tener el club.

Como todo pibe de la casa, que supo defender el club de sus amores, prepondera y alienta a los nacidos ahí. Aquel gurí empezó a ver que aparecía gente que se acercaba por intereses y los que siempre estuvieron empezaron a quedar relegados. La victoria no la garantizaba ni los de afuera ni los de adentro, pero sí de temperamento se habla, el pibe que ama a su club va para adelante sin ninguna duda. El sentido de pertenencia no se compra en el almacén de enfrente, se siente desde los inicios y eso marca la diferencia a la hora de ir a luchar. La gente compra la entrada para verte a vos jugar en tu cuadro, es la satisfacción más grande que el canterano puede sentir.

Ese fue el gran motivo por el cual se esfumó la carrera del niño a sus cortos 22 años. El cierre del club y las pocas ganas de jugar en otra institución, la cual jamás se sentiría como en su casa. En un abrir y cerrar ojos el barco rojo caía en un precipicio. En las más jodidas es cuando el amor por la institución hace que los límites se borren y aparezcan nuevos roles.

Así fue como asumió la responsabilidad técnica de unas formativas que no tenían rumbo, de los más pequeños a los más grandes. Tras pasar un año volvió a participar en el plantel que militaba en la Tercera División y su periplo en el rectángulo finalizó al llegar la llamada del humorista Enrique “Gallego” Vidal para participar en La Naranja Mecánica y así comenzar su vida actoral.

Las idas y vueltas y el saber que no se iba a sentir cómodo como en su casa fue lo que terminó de precipitar su final. Su fanatismo y pasión reafirman que jamás se vería con otra camiseta. Aquel niño que llegó al club, extraña la juventud que vivió en su lugar en el mundo. Los más jóvenes en aquel entonces, hoy son los compañeros de todas las horas. Los parroquianos más fieles, han dejado su huella en el corazón del gurí que le motivaba venir y quedarse hasta altas horas a escuchar sus historias. Hoy celebra que el club esté abierto, pero se cuestiona que la gente no se tome el momento que antes se tomaba y que convertía a la institución en un punto de encuentro.

Más allá de alguna diferencia estructural del Montevideo de antes y el de ahora, el niño que una vez fue sigue encontrando en el club su lugar en el mundo. Los cimientos de la vieja cancha, que todavía dicen presentes debajo de los bancos, son tan fuertes que se siguen construyendo valores arraigados a la institución. Esa que genera que los hoy gurises se junten a pintar un muro o una tribuna. El entorno se modificó, la zona se globalizó, pero nunca se perdió, ni se perderán, esos valores que fueron creados y moldeados en la esquina de Porongos y Martín García.