De lunes a domingo su vida transita entre dientes y pizarras. Dormir es el único descanso para el trabajo en la vida de Héctor Da Prá desde hace 40 años, cuando se recibió en la Facultad de Odontología, en su cabeza la naranja nunca dejó de picar. Los DTs también se ganaron su lugar Afuera del Rectángulo, e iniciamos por el de Urunday Universitario, un hombre que pasa sus mañanas en el BPS, sus tardes en su consultorio y sus noches sobre el flotante.

Con su tío siendo olímpico en Helsinki y su tío abuelo Presidente del Club Unión, Da Prá conoció el amor por la naranja con tan solo 8 años. En la humilde casa de Carlos Roselló en El Pinar, ya ensayaba sus primeros tiros en un aro improvisado, para ya de temprano dar sus primeros pasos en formativas.

Su carrera en el rectángulo fue acompañada por trabajo y estudio. A pesar de ser el primer jugador profesional de Trouville, la época obligaba a ambas tareas, aunque los tiempos también eran más permisivos. La llegada de los extranjeros, empezó a cambiar el panorama de Héctor, sintió que sus minutos en la élite de nuestro básquet estaban contados. “En el momento en el que vos te das cuenta de que los jóvenes te sobrepasan, tenés que irte”, nos dijo respecto al retiro, y si bien lo sintió en su última etapa vistiendo la del rojo de Pocitos, se dio la chance en el ascenso, en donde defendió a Tabaré. Los años empezaron a pesar, su flamante trabajó le empezó a demandar más tiempo, y las prácticas en invierno en cancha abierta, en donde tenía que retornar a casa corriendo para no perder el calor, parecieron ir marcando el fin de su carrera como jugador.

El cierre de una etapa derivó en la apertura de otra. En lo que él define como un golpe de suerte, de Trouville lo llamaron convencido para que haga su primera experiencia como técnico, consiguió el ascenso al Federal. Todo esto, con las 8 horas de laburo siempre presentes.

El fin de su adolescencia fuera de las canchas también tiene un capítulo aparte. Con la naranja, combinó su trabajo en el Banco República, y sus estudios en la Facultad de Odontología, en donde fue parte de la primera generación post dictadura. Los dientes le terminaron ganando a los planos. El haber quedado maravillado con los trabajos de la Facultad de Arquitectura, no fue impedimento para que la decisión pasara por la carrera que hoy sostiene hace 41 años. Las horas dentro de un gimnasio no fueron un freno para el Da Prá estudiante; 4 años y 9 meses estuvo dentro de la facultad de la calle Las Heras, y rápidamente saltó de la graduación al mercado laboral con ayuda de su padre.

Como director de asignaciones familiares, papá lo incluyó en la lista de suplentes, y hasta el día de hoy trabaja en el BPS en el apartamento de ortopedia con niños. Tiempo después, logró ahorrar para financiar su consultorio que también mantiene, es más que su lugar de trabajo.

Sus días pasaron a demandarle 16 horas fuera de su casa, pero aunque la tarea parezca pesada, Héctor está enamorado de su rutina. Inicia bien temprano en el BPS, a los dientes les da un descanso para el primer entrenamiento del día con su club, la tarde la ocupa en su consultorio y a la noche vuelve a pararse al otro lado de la raya para dirigir.

A pesar de que parezca que ya tiene su tarea hecha, Da Prá nunca se conformó con su conocimiento y siempre fue por más. Es un convencido de que como profesional uno nunca termina de formarse, que siempre hay que reinventarse, y reconoce que tanto en la dirección técnica, como en la odontología, si no lo hubiese hecho, tendría que haber dejado de ejercer hace años. Por eso buscó los “booms del momento”, cómo él los define, y se hizo tiempo para un curso de cuatro años de ortodoncia y otro de dos de ortopedia.

En el básquetbol tuvo la misma mentalidad, desde viajes varios a campus y universidades de Estados Unidos para vichar a algún extranjero, transmitir NBA para el canal 4, hasta hacer un máster en Zaragoza en donde en su disertación, le dejó claro a todos los presentes que siempre hay algo más para aprender. Toda esta travesía siempre con Juan Pablo a su lado, quien en un principio aprendió de su talento de ojeador, pero ahora es él quien aprende del actual representante. A la hora de dirigir, también es un agradecido a su carrera universitaria, esa que le transmitió la importancia de leer, cosa que lo hizo entusiasmarse mucho por la dirección técnica en sus inicios en Trouville, y que también le dio facilidades. “Vos te entrenás para estudiar”, ahí encontró algo que le abrió la cabeza como entrenador.

Con el avanzar de su carrera a un costado de la raya y su popularidad en aumento, sus profesiones comenzaron a mezclarse. Desde el “Doctor sos famoso, te vi en televisión”, de los niños en el BPS, pasando por los varios vinculados al básquet que se arrimaron a su consultorio, hasta los extranjeros que trajo Juan Pablo al país y los arrimó a su sillón, que terminaron en su casa en las fiestas producto del buen trato.

 

“He diseñado mi consultorio para ser feliz acá adentro”, nos dijo Héctor acerca de su oficina, que está ambientada en el básquet, en donde posee recuerdos y regalos, muchos vinculados a la naranja. Allí tiene un sinfín de historias. Partidos preparados en su escritorio como una improvisada sala de scouting, el atender a rivales a los que enfrentó, y cruzarse con complicadas bocas de extranjeros por el caro sistema de salud de Estados Unidos, como bien lo explica Da Prá. “El básquetbol nunca se escapa de mi cabeza”, su oficina es un fiel reflejo de eso.

Lo aprendido en los libros, también lo lleva al club. El actual entrenador de Urunday Universitario, destaca la importancia de un cuerpo técnico completo, y como coordinador de formativas, hace énfasis en el trabajo de cada de funcionario a la hora de laburar con los chicos en etapa de formación. A su vez, Da Prá les transmite la importancia por el estudio, reconoce que son pocos los basquetbolistas que hacen mucha plata en nuestro medio, y por eso no se enoja con el pibe que falta por estudiar. Pero lo que siempre les recalca, es la importancia por aprender inglés sin importar la carrera que se curse, y sin importar si el jugador es un mini, o está en el primer equipo.

Sin embargo, si bien sus profesiones se mezclan constantemente, Héctor nos cuenta que sabe separar los problemas de un ámbito a otro. Incluso, ve positivo que con la odontología, pueda liberar su mente de sus problemas dentro del rectángulo, en especial, cuando trabaja con niños. De todas formas, a pesar de que siendo dentista se enfrenta a diversos inconvenientes, confiesa que a un costado de la raya pasa más nervios que en su consultorio, a diferencia de lo que sucedía en sus inicios.

Hoy las muelas las tiene dominadas como su mejor defensor a la figura rival, pero se encuentra con que a un lado del banco de suplentes, se le generan desafíos permanentes y por la responsabilidad que implica, pasa más nervios que sentado con su paciente en el sillón, así sea la complicada boca de Quinnel Brown con siete extracciones por hacer.

Tras estar parado dos meses por la pandemia, hoy el DT de Urunday ya recuperó la rutina que tanto extrañó. Para mantenerse activo, comenzó clases de pintura, pero se mantuvo ligado a sus tareas habituales, estudiando historia y haciendo gimnasia. Económicamente no la sufrió tanto, a pesar de que la odontología fue de los rubros más golpeados. Ni bien azotó el virus, tuvo que suspender todas las consultas, la situación de Urunday fue complicada para abonar los pagos, pero esto no le importó a Da Prá, que priorizó primero el cobro de los funcionarios del club. Se definió dentro de un lugar de privilegio, por la espalda que generó para soportar la crisis, y el religioso pago del BPS que estuvo siempre sobre la mesa.

Héctor hoy está agradecido al lugar que la vida le dio. Las 16 horas afuera no son carga porque convirtió sus ambientes de trabajo en su casa. Es parte de un proyecto modelo con Urunday, del que orgullosamente destaca la gestión y resalta el pasar de 70 a 300 niños en categorías formativas. Hoy su futuro lo ve ahí, trabaja en sus lugares soñados y dice: “No me voy a jubilar y no me voy a retirar del básquet. Si me tengo que morir en una cancha, lo voy a hacer”. El amor por su trabajo parece expirar cuando lo haga su vida, aunque si no descarta seguir su camino naranja por la gerencia o dirección deportiva. Lo cierto es que en su consultorio sueña despierto, y en Urunday, aún sueña dormido pero con una fe bárbara. En un par de años se ve campeón de la Liga, “el club está preparado para hacerlo, iba en camino, la pandemia lo frenó”. Creer, estar convencido, prepararse para el momento, cosas que siempre lo acompañaron en el camino que hoy transita, y gracias a eso, sueña en grande.