Fotos y video: Juan Manuel Lérida

Hay dos cosas que ama Ernesto Tabárez, las canciones y a Jordan. Le encantan las canciones, las propias y las ajenas. Cree que son necesarias para vivir. Pero también observa la raza humana, esa que está compuesta por millones de tipos normales y casi iguales, y por algunos pocos distintos, únicos. Como Jordan, que está por encima de todos, flotando en el aire.

Por si no se conocen, los presento, Ernesto – BT, BT – Ernesto. Hago esta breve intro, porque por más que varios conozcamos al tipo de la foto, nada tiene que ver con el básquet. Bueno un poco sí, pero no tanto. Mira un partido de acá alguna esporádica vez que va a lo de algún amigo, y justo ese amigo está mirando el canal que televisa el básquet uruguayo. Es decir, una vez cada dos años aproximadamente. Ese tipo se llama Ernesto Tabárez, es líder y creador de una de las bandas con más crecimiento y repercusión en los últimos años del rock uruguayo. ¿Bien? Quedaron formalmente presentados, arranquemos.

Es jueves y a las siete de la tarde el frio tiene un protagonismo importante por la Ciudad Vieja, donde Tabárez nos recibe en sus 14.8 metros cuadrados que está alquilando para encerrarse a escribir y componer el nuevo disco de Los Problems. La música suena por los pasillos de este viejo caserón hasta que llegamos a esa curiosa habitación de paredes húmedas y pintura descascarada. Luego de sentarse y tomar un par de mates, prende su primer pucho, pidiendo perdón, para disfrutar del único lugar donde las reglas son absolutamente suyas, donde no tiene que pensar en nada, más que en hacer canciones.

De a poco, como en los recitales, las luces se van acomodando y apuntando hacia él. Recostado en la silla, cruzado de piernas, la luz roja de la cámara de Juanma Lérida se enciende y da comienzo a la charla, que no podía empezar de otra manera que nostalgiando a aquel pibe de nueve años, que luego de que el fútbol lo descartara muy rápidamente, se fue a probar al desaparecido Cyssa Maroñas. Grandulón por pegar el estirón temprano, motivado por ver al 23 de los Bulls en la televisión, junto con su amigo Victor se mandó para aquel histórico club del barrio. El fondo de su casa era el United Center, donde las horas corrían y eran testigo de esa dupla de adolescentes practicando incansablemente el fade away. Por esos momentos pensaban que le salía bastante parecido al del gran Michael. La obsesión para con el mejor de todos los tiempos crecía día tras día, llegando a su punto cumbre el 18 de marzo de 1995, con el anuncio de la vuelta a las canchas de Jordan: “A los 14 años pensaba en ser basquetbolista, hasta que el básquet, al igual que el futbol, me explicó que tampoco”.

Los años fueron pasando, los sábados empezaron a tener como prioridad los ensayos con la banda que tenía con sus amigos del liceo, y los domingos costaba madrugar. Eso se sumó a que el nuevo técnico del viejo Cyssa Maroñas, era el padre de un compañero que jugaba porque ponía plata en el club, lo que terminó sentenciando prematuramente la carrera de aquel pequeño Ernesto. “¿El padre de este va ser el técnico? Le van a dar todas las pelotas a este bobo… ¡No vengo más!” fueron sus últimas declaraciones como jugador, arrancando su camino como músico. Enfatizando de que del rock nadie te echa, comenzó a transitar lentamente por las sendas del maldito roncanrol.

Las luces, como en cada show de Los Problems, continúan apuntando hacia él. Se fuma su tercer, cuarto, o quinto cigarrillo, mientras piensa si hay similitudes entre un deportista y un músico. Afirma, sin total convencimiento, que en los conciertos pueden existir correlaciones que pasan por la espontaneidad que uno puede tener ahí arriba, como en un partido. Pero marcando diferencias centrales, ya que el camino del arte es de incertidumbre, y el del deporte es uno de repeticiones y certezas, donde el mejor de todos es aquel que logra eliminar las variables. Por estas diferencias, no hay un Jordan en la música, no existe tal cosa. No es comparable para Tabárez, ya que “en la música no se gana o se pierde, es un mundo lleno de grises”. Pero no deja de admitir que alguien le genera eso a él: es Jaime Ross. Ojo, que se entienda, no en el sentido de que sea el Jordan de nuestra música, sino en que le ve similitudes con la excelencia buscada por el bigotudo hincha de Defensor en sus discos. Pero claro, deja de ser comparable cuando te das cuenta que el arte no es una competencia: “las victorias las siente el que las hace o el que escucha, pero no son indiscutibles” como por ejemplo, ganar un anillo. Sos el campeón y punto. Eso es lo que Ernesto ama y más le interesa del deporte, lo indiscutido que es.

Acá es donde la charla vuelve a tener una repetición casi constante, un factor común que dirá presente durante los 40 minutos que estuvimos en esos 14.8 metros cuadrados: Jordan. La admiración de este tipo para con él, es imposible de describir. Lo intentaré hacer, pero créanme, será complejo.

 “Michael Jordan es la cosa más parecida a un ídolo que yo he tenido” arranca diciendo acerca de “su mito metafórico”, y es por lo menos, extraño, que el ídolo de un tipo que tiene una banda de rock, no sea alguien relacionado a la música. Pero explica que ese asunto es bastante complejo, ya que hay más variables, depende muchísimo de épocas y que en el básquet eso no cambia, que después de entender lo grande que fue ese muchacho, ya no hay vuelta atrás. Usó un montón de adjetivos para intentar describir a Su Majestad, los dos anteriores al comienzo del párrafo, y luego un montón más a lo largo de la charla. Ernesto se encarga de que cada nueva definición hacia su ídolo, sea mejor que la anterior.

Conmovido por “su entrega absoluta a la excelencia”, asombrado por ese “individuo humano, sometido por su propia obsesión, que domina todos los factores del juego, forzándose a sí mismo a ser siempre superior a su propia historia”. Sigue despilfarrando elogios, pero más allá de lo que pueda llegar a explicar, se trata de lo que genera ese tipo en él, lo feliz que lo hizo. Como un relato mitológico de esa vida que lo lleva constantemente a escuchar la voz de Mario Uberti en su cabeza. Está relacionado con sus 10 años de vida, con ver las finales del 96-97, vivir el heroísmo del 23 de los Bulls haciendo cosas imposibles en el deporte que, según describe, tiene todo para ser heroico. Y va de la mano, de aquel joven que se empezaba a enamorar de esas emociones épicas, puras, absolutas. Como en el Flu Game, donde no recuerda nada mejor que ese partido, uno de esos momentos que lo marcaron, como un espacio repleto de alegría, donde aprendió a comprender la felicidad.

Felicidad que en el arranque de la cuarentena se multiplicó y “alimentó el fuego sagrado” gracias a The Last Dance, que se convirtió en la rutina de todos los lunes. Por las noches, luego de dormir a Nina, su hija, se sentaba a observar cada episodio a las cuatro de la mañana, para luego repetirlo por la tarde. En la Ciudad Vieja estaba una persona feliz en el auge de la pandemia mundial: “me salvó, tuve las mejores seis semanas de la vida en cuarentena”.

Ernesto ama a Jordan, pero luego de que el rock comenzara a tomar un papel protagónico en su vida, lo fue abandonando, tanto a Michael, como al básquet. Pero un día, allá por el 2011, se le rompió la computadora y tuvo que ir a un popular cyber del centro, donde en la dulce espera de unas respuestas a un par de mails, vio algo que lo sorprendió y que le cambió la vida: el NBA 2K11 con el ‘My Story’ de Jordan. Ese popular modo del juego en el que sos Jordan y para pasar al siguiente nivel debes lograr diferentes stats o hitos que hizo a lo largo de su carrera. Lo empezó a jugar y le voló la cabeza. 12 años sin hablar, ver, ni hacer nada con el básquet. Desde el retiro del 23, hasta esa tarde en que el 2K le cambiaría -un poquito- la vida. Ahí el bichito le entró a picar otra vez, se compró una guinda, volvió a domar con amigos una vez por semana en algunas plazas de deportes, consiguió el juego para su mac, y entró a viciarse hasta cosechar todo lo que el mejor de la historia hizo a lo largo de su carrera. Pensaba que estaba perdiendo el tiempo con un simple juego, pero no. Luego de dos años consecutivos jugando a ser Jordan, se dio cuenta que el tiempo invertido y obsesionado en lograr cada hito fue lo que necesitó para escribir Jordan, el tema más popular de la banda.

Siempre hay canciones que no hay que pensar para hacerlas, y un poco esta fue la ocasión. Tras separarse de una larga relación, el mismo día agarró la pelota y se fue a tirar a la Plaza Nº 1, a cuadras de su casa. Solo y sin quererlo, llegó el estribillo. Inmediatamente le gustó, sabía que estaba bueno, pero que iba a quedar por ahí porque no podía hacer una canción que hablara de Jordan ¿Quién la iba a escuchar? Ahí también se equivocó. Pasó un tiempo y aquel estribillo tan lindo, comenzó a tener forma de canción en el lago del Parque Rodó, donde acompañando a una amiga en una intervención artística, terminó la letra en cuestión de 30 minutos. Le prestaron uno de los pocos botes con remo, y fue a perderse un rato. Sin ánimos de nada, solo a distraerse del noviazgo finalizado.

Sin quererlo, otra vez, se encontró con la primera estrofa que ni él estaba enterado que sería para aquel estribillo que escribió en la plaza. Volvió remando, desesperado: “Pedí una hoja, escribí esa estrofa, le agregué el estribillo e inmediatamente me siguió la mano y me salió casi toda la letra en ese momento”. Acá es en el único punto donde ve alguna, demasiada pequeña, similitud con su ídolo.

Cuando Ernesto escribe. Busca la excelencia personal, si no lo conforma a él, se descarta.  Es el único lugar donde toma algo de “esa metáfora que es Jordan” y la aplica en su vida. El encerrarse a escribir en plena madrugada luego de dormir a su hija “para mí, es el llegar más temprano a la práctica y quedarme tirando un buen rato”. Pero repite que es casi sin quererlo, únicamente intentó acercarse a ese olimpo en el que está Jordan cuando imitaba su fade away en la niñez, que “en ese momento sentía que me salía bastante parecido”.

Ya pasaron más de cuarenta minutos de charla, las luces saben que tienen sus últimos minutos encendidas. Si seguimos jugando con las metáforas, en este momento el público estaría coreando el popular “oh oh ooohhh” pidiendo un par de temitas más, que si alguna vez fueron a un recital de rocanrol, tendrán familiarizado. De momento, Ernesto se replantea si quisiera conocerlo en persona “¿qué le puedo decir yo a Jordan? No hay que conocer a los ídolos”, pero al mismo tiempo piensa y cambia rápidamente, mientras se cuela una risa picaresca, “me gustaría ser su amigo, compartir el mismo almacén y que de golpe peguemos onda”. Como es consciente que eso no sucederá, prefiere dejarla por esa. Es que lo que significa Jordan para él, es metafórico, es un mito. Ernesto no necesita de su realidad, le alcanza con lo que el mismo construye. El Jordan que él lleva adentro, no necesita el de la realidad. Basta con con verlo flotar entre las manos del resto, en las alturas, ahí. Donde solo ese tipo pudo llegar.