Juan Viana se levanta todos los días a las seis de la mañana a preparar tapas de empanadas que más tarde el hermano sale a repartir por los comercios del barrio. La pandemia y el seguro de paro le quitaron la tranquilidad y encontró en esta changa familiar la forma para llegar a fin de mes.

La realidad te da vueltas la vida cualquier 13 de marzo. El jugador de Olimpia enfrentó a Trouville de visitante, en un triunfo costoso pero tremendamente festejado de que le permitía llegar a la última fecha de la fase regular como líder de la Liga Uruguaya. Luego de la victoria se fue rumbo a un cumpleaños con la sonrisa estampada, sin saber todo lo que se venía a partir de ese día.

Este cuento recién empieza, pero seguramente varios de los lectores ya se sienten identificados. Pandemia, COVID-19, seguro de paro. Pum. Todo patas para arriba. Una secuencia tan sorprendente como inesperada que llevó a un giro mortal de la vida diaria de muchos uruguayos.

Viana vive con su hermano Federico, en el barrio Fraternidad. Fede hace siete años que labura vendiendo empanadas a los comercios de la zona. Las produce en una pieza en el fondo de la casa, que logró construir a pulmón, con las ganancias que fue dando el emprendimiento, que también sirvieron para invertir en maquinarias.

El 2020 venía viento en popa para el menor de los hermanos, eran cinco laburando, haciendo más de 300 empanadas por día y con el proyecto tentador de abrir un local en el horizonte. Pero se derrumbó y hubo que volver a empezar, como cuando se te desploma el jenga y te querés matar. Aunque esta vez el movimiento brusco de las piezas no fue culpa de ellos.

La producción bajó considerablemente. La zona se vino abajo. Todo cerró; La UTU de General Flores y Propios, el shopping Nuevo Centro, Marne y la cantina del club Fraternidad. Puntos claves -y clientes- del barrio. Encierro total. Nadie picaba la pelota, no iban a estudiar, no hacían las compras, no rompía el silencio de la noche el ensayo de una murga. Tampoco se vendían empanadas.

Los primeros meses fueron complejos. Juan cuenta que se mantenían en contacto entre los compañeros de Olimpia para saber la situación que estaba atravesando cada uno. El zurdo recuerda agradecido como el capitán Abel Agarbado -junto a la familia y un grupo de amigos en común- le llevó una “tremenda canasta” que lo sacó del apuro y lo ayudó para compartirlo con su hermano y su madre. Esos gestos que llenan la panza, pero que, sobre todo, dejan repleta el alma.

En las últimas semanas la cosa se fue acomodando y de a poco la venta de empanadas va volviendo a la normalidad. Ahí Juan tuvo que salir a la cancha, como cuando lo llama Jauri para cambiar la intensidad del equipo. Esta vez, para colaborar con su hermano y hacer unos manguitos para llegar juntos a fin de mes.

Exceptuando cosas muy puntuales, nunca había trabajado. Desde los 17 años entrena en primera en doble horario. Hasta ahora su vida era el básquetbol y el estudio, está cursando la facultad de Ciencias Sociales.

Pero de un tiempo a esta parte el despertador suena a las seis de la mañana. Juan es el segundo en llegar. Una hora antes su padre se viene desde Malvín Norte y arranca a hacer la masa. El jugador de Olimpia la pasa por la máquina de amasar y deja preparadas las tapas, para que luego llegue Federico a rellenarlas, armarlas y fritarlas. Si se necesita, Juan colabora haciendo las de jamón y queso que son más fáciles porque tienen un molde. Por ahora le escapa a las de carne, es bastante gráfico al decir con una sonrisa que “ese repulgue a mano no me sale ni en pedo”.

Disfruta laburar con su padre y con su hermano, aunque confiesa que en la primera hora del día están todos con caras de dormidos y no habla nadie mientras suena el informativo de radio Sarandí de fondo. Es humilde, está agradecido de tener esta oportunidad “que no a todos les llega” para hacerle frente a la vida, y a las cuentas.

Federico sale con un amigo a repartir por los comercios que le encargaron la noche anterior. Juan se queda hasta las 9 o 9.30, dependiendo del laburo que haya. De ahí se va a entrenar, antes lo hacía en El Prado, ahora ya puede entrar al club Olimpia para cumplir con la rutina que le dejó el profe Diego Pratto.

Asegura que lo tiene como algo pasajero hasta que vuelva el básquetbol. En el futuro, no sabe. La carrera de sociales no lo tiene muy motivado. Y las empanadas siempre “han perseguido a mi familia, así que puede ser”. Juan no descarta volver a sumarse más adelante y obviamente va a seguir dando una mano siempre que lo necesiten. Su abuela Stella era famosa en el barrio, y cuando dejó el negocio para irse a vivir a Piriápolis fue que apareció Fede a continuar el legado. Por ahora solo reciben los encargos al 099099760 (va el chivo, nos regalaron el almuerzo y damos fé de que estaban demás). Además está armando el Instagram (@empas_latradicion) para actualizarse y que lleguen pedidos por ahi. 

Hoy disfruta, se rie, se divierte, y pese al frío no le cuesta madrugar para chiviar con la masa. Igual, está ansioso por volver a entrenar con pelota, y mientras tanto se armó un quinteto con Abel Agarbado, Maximiliano Nobile, Agustín Cabillón y Daniel Pascher para “robar domas de donde se pueda y sudar un rato. En cualquier momento le jugamos a los equipos de El Metro”.

Se lamenta no haber aceptado ofertas para el torneo de ascenso. Aquellas que en su momento le parecieron bajas y por las que en esta realidad se tiraría de cabeza. Pero nadie puede adivinar el futuro y hoy le hace frente al camino que le toca transitar.

Termo, mate, familia y la sonrisa en forma de empanadas. Nunca hay que perder la felicidad…