Llegó la nena, la familia que se agranda y trae felicidad. Pero la pandemia le pegó duro a Sebastián Vázquez que tuvo que salir revolverse en territorio desconocido por primera vez a sus 35 años, vio como su vida tomó un giro de 180 grados y tuvo que salir a laburar en el reparto del agua Asencio y la cerveza Obolon, para quienes hace la distribución para todo Fray Bentos.

Con solo 15 años el Pelado abandonó su vida de pibe del interior, y lejos de su familia emprendió viaje a Montevideo. El liceo le fue esquivo, apenas le quedaron algunas materias de sexto. Los libros de matemática los cambió por los de cocina y carpintería, pero lo que realmente lo arropó fue el básquet. El deporte que ama fue su salida, fue la ayuda para una humilde familia del interior que hoy vive una realidad totalmente distinta.

Ese joven de Fray Bentos encontró su sueño en Montevideo, el dedicarse y vivir de la pasión que hoy en día lo acompaña. Sin embargo, en momentos donde todo era sonrisas, con su hija Emma por decirle hola al mundo, una nube en forma de pandemia lo golpeó duro a él y a su núcleo familiar.

Los primeros dos meses fueron vivir de ahorros, pero eso nunca desanimó a Vázquez de dedicarse de lleno al entrenamiento esperanzado por la vuelta de una Liga en la que era puntero con Olimpia. Buscaba los huecos en la noche -en donde había poca gente- para salir a correr o colgar su aro para tirar unos tiros en la rambla. Hasta salió a recorrer la ciudad con la pelota en la valija, buscando una plaza de deportes vacía para tratar de no bajar los porcentajes de tiro, esos para los que tanto trabajó por subirlos. De pasar a entrenar entre las cuatro paredes de su apartamento, a pedir la azotea para tener más espacio, para luego conseguir una hora diaria de gimnasio en donde trabajaba solo. Todo eso mantuvo al Pelado activo, durante los primeros dos meses de una pandemia que afectó a todos.

La preocupación no solo en Montevideo, en donde su mujer a meses de dar a luz, sufría el golpe del COVID-19. Su abuela en Fray Bentos era algo que ponía en alerta a Vázquez, al igual que su hermana, que con capacidades diferentes aún sigue luchando por evitar el contagio. Su familia a 300 kilómetros batallaba sola contra esta situación. Destaca el apoyo de su vieja, pero también el mal momento del resto de su núcleo familiar. Su padre, a pesar de trabajar en la Intendencia, perdió gran parte de su clientela en un lavadero de autos que sostiene hace 20 años, por la poca circulación de la gente. Su hermano, en situación similar, perdió los ingresos del fútbol, en donde se destacaba en la liga local, que fue suspendida por el resto del año.

Las buenas relaciones sembradas durante su periplo en Pacaembú lo llevaron a encontrar una ayuda en la tormenta que azotó a su entorno. Matías De Gouveia lo recomendó en la empresa de agua Asencio (@agua_asencio), manejada por dirigentes del Paca, con quienes mantuvo una buena relación en su pasaje por la Liga Regional de Soriano. A sus 35 años, el Pelado tuvo su primera reunión de trabajo, y a pesar de no tener experiencia, los dirigentes que apostaron por él y le dieron la confianza de defender a su institución dentro del rectángulo, también se la ofrecieron para que salga a la calle a repartir agua. El salvavidas le llegó en formas de botellas, a él y a su padre, a quien recomendó ni bien le pidieron a alguien: “hoy trabajamos espalda con espalda”.

Vázquez reconoce que al principio la careteó un poco. Como cuando se la quemaba de tres si le flotaban el tiro, el Pelado encaró la parte de los números y confiesa que al principio fue algo difícil, pero ahora le vienen cerrando notable. De un día para el otro, quedó encargado del reparto de agua para todo Fray Bentos, y a raíz de esto, un ex compañero de formativas en Biguá, le ofreció ser el distribuidor de la cerveza Obolon (@obolonfb) para los fraybentinos. Como base improvisado, siguió repartiendo el juego para su familia, dándole el reparto a su hermanos.

El trabajo lo acercó a su ciudad de origen, a la adolescencia que tuvo que abandonar a los 15 años para convertirse en capitalino. Recuperó los desayunos con la abuela, la bicicleteada con mamá, la doma con su hijo, y los asados con campeonato de ping pong de los miércoles a la noche, como si la tormenta que lo golpeó lo hubiese hecho viajar 20 años atrás en el tiempo. De ver a su entorno una vez por mes, a que sea cosa de todos los días, algo que sin dudas tocó la fibra íntima, que hace que hoy vea su presente como un futuro soñado.

Lunes y miércoles de preventa, martes y jueves entrega de mercadería, y luego a la madrugada 300 kilómetros hacia Montevideo para ver a su mujer, quien dio a luz hace una semana. Quien le cumplió el capricho de no parir un lunes que hubiese revolucionado su trabajo. Ahora con el flamante nacimiento de Emma, la rutina semanal se volvió un poco flexible. Hay otras prioridades claras.

Vázquez se levanta del sueño con los bizcochos de la abuela, y empieza a cargar con el trabajo, donde no falta la buena relación con sus clientes, la foto con el nieto del almacén que lo reconoce por el básquet, ni el que lo jode con que no le va a comprar agua si no juega en Nacional de Fray Bentos. La tarde la corta para domar con su hijo y a la noche, post gimnasio, en algún asadito sabe que la cerveza la tiene que tener fría, porque muchas veces llegan amigos a reclamar ese producto que fue furor desde un primer momento en tierras fraybentinas.

“Fue un cambio total para todos”, nos dijo el Pelado respecto a cómo el agua le dio un lavado de cara a él y a su vida. Hoy su futuro lo ve codo a codo con su familia, a 300 kilómetros de Montevideo, en donde sueña trasladarse junto con su mujer y su reciente hija, terminar su casa y defender al Pacaembú que tantas alegrías le dio en momentos duros. El básquet capitalino parece tener un punto final en la vida de Vázquez con el cierre de la Liga de este año. Desestimó varias propuestas de Metro por no poder ir a entrenar, y ya pone a punto a su viejo, para que cuando llegue la temporada de zafra en septiembre, pueda llevar la mayor parte de la tarea, para que su hijo pueda cumplir su compromiso olimpista, un club que le dio todo. Su padre también ve un futuro claro en el agua. Hoy, su lavadero que mantuvo durante 20 años parece ser historia, para dedicarse de lleno al nuevo negocio.

Lo que sí no duda Vázquez, es que el básquet será siempre parte de su vida. Pero la prioridad en lo laboral está clara: “Trataría que el básquetbol no sea mi sustento más fuerte”. Reconoce que la pandemia le dio una cachetada de realidad, de que a pesar de que confiesa de que el básquet le ha dado todo, y que incluso mucho tiene que ver con su trabajo al día de hoy, sabe que debía buscar otra opción.

La familia se agranda, la responsabilidad crece, y mantenerla el barco a flote es primordial por como están las cosas hoy en día. Si bien Sebastián vivió casi toda su vida del básquet, sabe que la plata no iba a dar, y quiere lo mejor para sus dos hijos. Su futuro lo ve con agua y cerveza, piensa en importar productos nuevos, pero nunca dejar la naranja de lado. Pacamebú será su casa, y una vez la pelota deje de picar para él, buscará aplicar sus conocimientos del curso de entrenador que está dando, y su experiencia, en las formativas. Todo a 300 kilómetros de donde cursó gran parte de su carrera, en donde encontró su fuente de trabajo, donde vio brillar su juventud. Ahora le toca volver al lugar donde empezó todo, dándose los placeres de la vida que tenía a los 15 años, bien cerquita de su querida familia.