Haciendo referencias permanentes a la selección, con los récords presentes aunque sin alardear sobre ellos, Wilfredo “Fefo” Ruiz le abrió la puerta a Básquet Total para repasar su historia.

¿Qué recuerdo tenés de tus inicios?

Pensaba en ser jugador de básquet pero estaba muy lejos. Tenía la cancha de Welcome pegada a la casa de mi abuela y a media cuadra de la mía. Los del barrio en lugar de agarrar para el fútbol nos pasábamos en el club, incluidos mis hermanos. El deporte fue un gran motivador para ir a más, buscar cosas que parecían imposibles. Así, Moglia me dio la oportunidad de entrenar y jugar desde los 15 años. Junto con mi tío, fueron mis grandes entrenadores. Uno me hizo debutar en primera y el otro fue un formador espectacular. Incluso Moglia me sacó mi poder que era la penetración. Me explicó que sólo con eso y por mi altura, no iba a poder mantenerme después de cierta edad. Tenía que tirar y empezar a alejarme del aro, a tal punto que se paraban las prácticas cuando hacía un gol en bandeja. Desde ahí, dediqué muchas horas de mi juventud a perfeccionar el lanzamiento, con gran tesón, disfrutándolo y sin nada que reprocharme. Aprendí que sin trabajo no hay resultados.

Y toda esa etapa en Welcome, lo que debe haber tenido un sabor especial para vos.

Arranqué jugando con amigos en la “W”, de hecho todavía nos mantenemos en contacto. Ponerme la camiseta de mi club siempre fue algo distinto. Desde ahí me empezaron a pasar cosas impensadas, por ejemplo estar en un grande como Aguada, por su gente y por la institución. Después vinieron Neptuno, Peñarol y Nacional.

Hablamos de lo que significaron Welcome y Aguada en tu carrera. Pero en Neptuno tuviste una semana histórica en 1983.

Más que la semana de los partidos increíbles (70, 72 y el récord de 84 puntos), me quedo con la temporada en su conjunto. Disputar 33 juegos con 50,7 de promedio es lo que más me llena. Los 84 tantos tienen un par de connotaciones especiales como haberlos hecho en la cancha de Neptuno donde entrenaba todos los días, que conocía perfectamente y era un poco más pequeña. El año en sí implica regularidad, consistencia y querer ir siempre a más.

Volviendo a ese 12 de noviembre. ¿Qué sensaciones se te vienen a la cabeza?

Tiraba para hacer 80 en todos los partidos. Esa noche los primeros cinco minutos la bola no entraba. Igual no buscaba el récord, de hecho me enteré que llevaba 76 faltando un minuto y medio cuando me comentó un amigo. Es inviable ir contando los goles, e incluso me hubiera desenfocado. Nunca se va a poder repetir o superar algo así, porque los jugadores ya no disputan los 40 minutos completos, y los clubes tampoco pueden ponerles la cancha a disposición todo el día, se deben a sus socios.

Tenías la cancha para vos. ¿Cuánto influyen las horas que le dedicaste y tu mentalidad?

Siempre me exigí para ser tirador y lograr hitos impensados, como ser goleador del mundo. Son cosas importantes para nuestro país, y más aún en las condiciones en las que me inicié. Jugábamos en canchas de bitumen y abiertas, donde el viento era un factor que incidía. Eso sumado al folclore del Uruguay. Por otro lado, lo mental es el 100%. No solamente en el deporte sino en la vida, para lograr cosas importantes. Estando flojo de la cabeza todo el resto se hace cuesta arriba. El básquetbol educa y aleja de cuestiones nocivas.

¿Qué sentían tus compañeros al verte definir tantas ofensivas?

Nunca me trajo un conflicto lanzar para 80. Cada vez que llegaba a un equipo sabían que era un tirador. Capaz no era el más completo, pero desde ese momento el entrenador planificaba los sistemas para que definiera 7 de cada 10. Había confianza absoluta en que aumentaba los porcentajes con marca encima, lo que hacía que no utilizáramos cortinas. El grupo me permitía cumplir mi rol y así sacar el partido adelante.

Con algunos tuviste una conexión especial. ¿Cómo definirías a Horacio Perdomo?

Fue el rey de las asistencias. Con solo mirarlo, él sabía lo que yo iba a hacer. Es más, la pelota llegaba conmigo al lugar, acompañando mi movimiento, para que la tuviera exactamente en la mano en el momento justo. Era un jugador tremendo, con un espíritu de lucha sensacional. Todos los récords son compartidos con él.

¿Qué podes decir sobre Horacio “Tato” López?

Tuve la suerte de jugar con él, fue el mejor basquetbolista uruguayo de todos los tiempos y entendió perfectamente mi lugar. Lo más grande que vi en América en mi época. Me potenció y me hizo crecer. La final del Sudamericano de 1981 fue excepcional. Perdimos a Carlos Peinado por quinta en un juego apretado y Tato agarró la base. Fue descomunal como se puso el equipo al hombro, pasando la pelota y ocupando todas las posiciones. Teníamos 20 años y él ya era un espectáculo. Después compartimos clubes también. Forjamos una amistad y respeto mutuo, desde la admiración. Así nos adaptábamos cada uno a su rol.

Anduvieron tan bien juntos que llegaron a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. ¿Cómo fue esa experiencia?

Un Juego Olímpico es lo más grande a lo que puede aspirar un atleta. Tuve la suerte de ir con una generación que también disputó mundiales y fue sumamente respetada en los 80, porque soñábamos en grande. Igualmente terminamos de caer cuando llegamos a Los Ángeles. Estar en una Villa Olímpica es lo máximo en una carrera deportiva. Además de Tato y Carlos Peinado, estaban Hebert Núñez, Luis Larrosa y suplentes de jerarquía. Nos valíamos del gran grupo humano para atravesar situaciones complejas. Para llegar a los Juegos, nos fuimos haciendo la cabeza entre nosotros y logramos el premio. Después tuvimos logros impensados, como el sexto puesto. Nos cruzamos en cuartos de final con Yugoslavia que era una potencia y perdimos con Italia el quinto lugar.

¿Cuánto mérito le atribuís a la competencia interna por los éxitos a nivel de selecciones?

La llegada de los extranjeros a comienzos de los 80, nos obligó a cambiar la parábola de tiro para evitar la tapa. Antes no estábamos acostumbrados, pero esa experiencia en los entrenamientos nos llevó a plantarnos distinto cuando jugábamos contra otros más grandes en los torneos internaciones. Los foráneos nos favorecieron, no solo a los tiradores sino también a los grandes que tenían que aportar algo más para imponer condiciones incluso con menor talla.

¿Qué importancia tienen los entrenamientos para plasmar eso en los partidos?

Se entrena como se juega. Si entrenás bien y los suplentes están a la altura, van a hacer mejorar al que juega y al que espera. Tiene que ser la misma exigencia de un partido, para poder prepararse y después ver los frutos en cancha.

Para eso necesitas que todo el plantel esté casi al mismo nivel. ¿Cómo se hace?

El jugador es una persona. Puede tener problemas, como todos. En mi época el vestuario era un gran formador de grupos, donde se hablaba y se daba ánimo a los que no estaban bien. Recuerdo grandes momentos haciendo grupo e intentando que estuviéramos todos al máximo. Cuando el colectivo fluye, los entrenadores aportan su granito de arena y se comparte todo, difícilmente te puedan doblegar. Es cierto que el dinero saca campeón, pero los grandes grupos humanos llegan a cosas importantes. Siempre pensé que los compañeros tenían que ser los mejores.

¿Tenías alguna estrategia ofensiva que te llevara a imponerte sobre el resto?

Mi padre siempre me decía que aprovechara la ventaja que tenía como atacante, de poder sorprender al defensor. Entonces buscaba a mis rivales para tirarles encima y me sentía cómodo. Pedro Xavier fue de los pocos que retrocedía, entendiendo que para mí era más difícil si tenía el metro porque perdía referencias.

¿Cómo analizas el juego en la actualidad?

Tácticamente cambió el básquetbol, en ese momento podía zamparme cinco bolas en un minuto. Hoy es inviable por la dinámica mucho mayor, además del reloj de posesión. Las sustituciones hacen que los jugadores pasen casi 30 minutos en cancha, no la totalidad como estábamos nosotros.

¿Y nuestra Liga?

La competencia interna está debilitada con respecto al resto del mundo. Acá, normalmente se sabe antes de comenzar quien va a ser el campeón. Me hubiera gustado poder ver una selección uruguaya con todo su potencial, sin las bajas que hemos tenido últimamente. La dirigencia hace las cosas de la mejor manera, pero por algo existen las Asociaciones de clubes en todo el mundo. Cuando fui presidente de Welcome lo intenté, para que no solo mandara el dinero.

¿Qué pensás de la Federación Uruguaya?

La gestión de Vairo es excelente, pero los clubes podrían estar mejor. Uniéndose como asociación, al igual que en las Ligas más poderosas del mundo. Simplemente con mirar a Argentina alcanza para tener un buen ejemplo.

¿Cuál es la realidad de los clubes y las formativas?

El alquiler de los gimnasios perjudica a los jugadores que quieren quedarse a practicar. Yo me obligaba a embocar 300, para lo que tenía que tirar 450 y quedarme mínimamente una hora. Además, nadie me alcanzaba la pelota ni usaba dos veces seguidas el mismo aro. Así tenía una adrenalina parecida a la de los partidos. Desgraciadamente los clubes no pueden dar esa posibilidad hoy. Hay que seguir buscando talentos, dándoles posibilidades a los jóvenes, procurando recambios para la selección en la pintura y también en perimetrales. Que entrenen el lanzamiento y practiquen la mecánica. Necesitamos que los jóvenes trabajen, que pasen el mayor tiempo en el rectángulo y aprendiendo de los mayores.

¿Alguna enseñanza que quieras dejar?

Los sueños, llevan el mismo esfuerzo soñarlos en pequeño que en grande. La forma de concretar cosas que parecen imposibles, es soñar alto. Más allá de todas las dificultades, la cabeza puede ayudar a compensar los defectos para arribar a logros impensados. El camino no es una pelota naranja. Es buscar los logros a través de varios interlocutores. Uno puede hacer 80, sin olvidarse de trabajar para el resto del plantel. Los buenos grupos logran cosas impensadas. Ahí debería estar el foco en formativas. En buscar el tiempo y el espacio para desarrollarse.

Foto: montevideo.com