Entre el permitido de la semana y la pandemia se metió en un mundo del que no quiere salir. Joaquín Osimani pasó de hacer postres por placer para compartir con amigos a vender al público y vislumbrar un futuro trabajando en una “Cocina de Osos”.

La clásica del niño y el adolescente que fuimos todos: poco contacto con sartenes y ollas. La veíamos de afuera. Más si te pasa como a los Osimani de tener una madre que, a decir de Joaquín, cocina muy bien. Era una papa: comer y, como mucho, poner la mesa. El menor de los hermanos pispeaba desde lejos en ese entonces con el único objetivo de salir corriendo a picar la pelota naranja. Sin saber que en el futuro encontraría en ese sector de la casa que hasta el momento era materno, el lugar de combinar ingredientes y crear recetas que se transformaran en su nueva pasión.

Irse a vivir solo lo fue acercando a la cocina. Había que comer y ya no estaba mamá en la diaria. Y, casi sin darse cuenta, le fue picando el bichito. Se interesó y arrancó, sin imaginar que estaba comenzando un camino de ida que, por ahora, no tiene retorno a la vista.

El vínculo entre el deportista profesional y el gusto por lo dulce es complejo, no puede ser moneda corriente. Se quieren pero se ven de lejos, hay que evitar el rezongo del nutricionista. En su dieta de básquetbolista Joaquín tiene un permitido a la semana. En principio lo aprovechaba para salir a comer afuera con su novia, pero después fue incursionando en la cocina dulce para darse ese gustito: “cuando tenía una chance en la dieta quería hacerlo bien y que esas calorías valgan la pena” afirmó entre risas.

Y así fue gestando el presente. Cocinando lo que tenía ganas de permitirse. Mezclando ingredientes, viendo reacciones al juntar alimentos, probando sabores. Como en la cancha, fue ganando confianza y se animó a llevar sus manjares a juntadas familiares o comidas con amigos. La aprobación de los suyos le infló el pecho, como cuando estás en una noche inspirada y la metés de todos lados.

Fue acumulando vistos buenos, hasta de sus compañeros de equipo. Empezó a subir fotos a las redes y su vínculo cercano “lo agitó” a meterse en el desafío de producir para vender. En ese momento salió a escena la inesperada pandemia, esa que tanta cosa negativa dio; Joaquín aprovechó para beber del medio vaso lleno de la nueva normalidad.

Más allá de entrenar todos los días por su cuenta, tenía más tiempo libre. El escolta reconoce que no puede quedarse tirado en un sillón. Necesitaba algo más. Sentirse productivo, estar activo. Aquel agite de los amigos lo tiró definitivamente para la cocina.

Junto a su novia le dieron forma al hobby devenido en emprendimiento, evitando miedos y excusas para encarar el nuevo proyecto; con la pandemia y el reloj que pasaba lento “había que tirarse a la piscina y apostar a lo que quería hacer”.   

Osimani explica que no es del todo consiente de lo que fue pasando y que a veces no puede creer cuando alguien desconocido le hace un pedido. Vive el momento. Arrancó de manera natural y se fue dando como “una bola de nieve” que cada vez es más grande y no deja de atraparlo.

Cocina de Osos, el nombre no podía fallar: “fue el que más nos gustó porque se relaciona con mi apodo”. Crearon la cuenta de Instagram para publicitar los productos, ahí reciben los pedidos. Su novia lo ayudó mucho en los pasos a dar en marketing y logística. Joaquín confiesa que están innovando y van aprendiendo día a día. El nuevo emprendimiento es de los dos, cada uno en su rol, se complementan, son postres repletos de amor.

No es el primer trabajo extra básquetbol para Osimani. Anteriormente, durante muchos años en su carrera, laburó en una empresa de seguros. Aunque este es distinto. Hace lo que le apasiona, en su casa, maneja sus horarios y lo puede vincular sin que afecte al deportista. Lo disfruta. Incluso confiesa que no se tienta a probar nada de lo que cocina para respetar la dieta estrictamente. Profesional 100%. Separa las actividades y se cuida al máximo para cada una de ellas.

Nunca estudió cocina, aunque tiene ganas, está en el tintero. Se fue formando a base de práctica y repetición, como el basquetbolista que intenta el movimiento hasta que le sale perfecto. Si bien considera no tener una especialidad, cuenta que las cookies, los brownies, la barra de limón y la carrot cake son los productos que más se venden. Será cuestión de mandarle un mensajito a Instagram y probar.

Se dio todo tan rápido que los proyectos, por ahora, son ideas vagas entre sueños. Está convencido de seguir cumpliendo con los pedidos de los clientes, sin descuidar su vida de  básquetbolista. Los primeros pasos son firmes y el futuro ilusiona. El objetivo diario es disfrutarlo, le entusiasma a largo plazo poder tener su local: “Estoy contento, quiero crecer en esto, para algo lo hago”.

A Joaquín Osimani, le pandemia le endulzó el camino. Juega a lo que le gusta. Está feliz.