Identificado con el Club Atlético Olimpia, ya que fue donde empezó a picar la pelota, sin saber lo que le deparaba su futuro. Con el transcurso de los años jugó en innumerables equipos, pero no duda en decir que en Larre Borges fue donde mejor se sintió. Y acotó: “La gente de Larre nunca te ponía una mala cara, aunque ganes o pierdas. Fue en el club que me sentí más cómodo”. Ese buen físico y canas al viento que hoy lo encuentran alejado del básquetbol, perduran con el tiempo en un rinconcito de Lezica. Desestresado, sin presiones ni redes sociales, fue que estuvimos hablando de la vida con Andrés San Miguel.

Mientras sonaba de fondo La Vela Puerca, fuimos amablemente atendidos, con ese calor que salía de la estufa a leña para ambientar el living de su hogar. Hoy con 38 años sólo se presta para una doma entre amigos, aunque sabe que pudo haber seguido ligado al básquetbol de no ser por las lesiones y la doble actividad que lo hicieron dar un paso al costado. Cinco años después de armar su último bolso como profesional, quisimos saber que es de la vida del popular “Sanmi”, cerca de la Avenida Lezica, esa que lo vio recorrer durante años hasta Garzón.

¿Qué es de la vida de Andrés San Miguel?

Soy un tipo de familia, trabajador, quizás lo mismo que se veía en la cancha, pero abocado a otras cosas, trabajando y peleándola. El nombre exacto del rubro no sé cómo definirlo, si es metalúrgica o qué, pero fabricamos llaveros, medallas, pin, fundiciones, también complementamos un poco con láser y hacemos grabados. Esos trabajos los vendemos a empresas, particulares, al estado y algunas federaciones.

¿Cuándo comenzaste con este rubro?

Lo empezó mi padre hace muchos años, te diría que desde que tengo memoria se vivió de esto en mi familia. Mis viejos estaban un poco cansados con los años y con mi hermano mayor siempre le dimos una mano, aprendimos de negocio y ya ahora de grande con más tiempo, estamos dedicándonos de lleno.

¿Tu infancia fue siempre en Lezica?

Creo que viví un año en otro lado, que no me acuerdo, ni sé dónde es tampoco (risas). Todos mis recuerdos son acá de la vuelta, Lezica, Colón. Mismo cuando después me mudé estaba acá cerca, porque mi vida estaba acá donde tenía a mi hija, entonces me quedé por la zona.

¿Cómo se conforma tu familia?

Tengo una hija de 11 años. Con la madre estamos separados hace 10 años aproximadamente. Ahora tengo otra pareja que vive conmigo, mi hija está la mitad de los días con la madre y después le toca acá con nosotros.

¿Cómo es San Miguel como padre?

Lo prioritario en mi vida es mi hija. Pero si me tengo que definir, empiezo por lo malo (risas). Capaz soy demasiado permisivo, pero soy amoroso con ella, intento que trate de pensar siempre, darle su lugar de opinión. Además, trato de acomodarme a los tiempos de ella, lo re disfruto. Es algo que en su momento no lo esperaba, ni me sentía preparado, ni un poquito, ahora es algo que me encanta ser padre y lo disfruto muchísimo.

¿Cómo es un día en la vida de Andrés San Miguel?

Depende porque son muy diferentes. No me levanto muy temprano, hace mucho frío afuera y me quedo un poquito más acostado (risas). Desayuno algo, tengo una especie de gimnasio donde entreno, hago mandados, traigo la comida para el mediodía, la verdad es que hoy hay poco trabajo, entonces de repente capaz que ni toco el laburo, y si hay, se labura fuerte. Estoy al tanto de los mails, llamadas y demás. Pero, estoy muy desestresado en general, tengo una linda bicicleta que me lleva a todas partes y me gusta salir por ahí, mi pareja también me acompaña en esa. Ahora con el frío quizás no vamos a lugares atractivos, pero en verano vamos a Punta Espinillo que es cerca y algunas playitas que hay medias escondidas por ahí, pero generalmente a lugares de acá de Montevideo.

¿Por qué el básquetbol?


Siempre sentí pasión por el deporte. No tenía relación con el básquetbol porque no lo veía en la tele, no pasaban ni de acá, ni otros países y tampoco estaba masificado como ahora. Entonces mi pasión empezó en el fútbol, soy hincha de Peñarol de toda la vida. Siempre me gustó, lo empecé a practicar en un club, jugaba de defensa y era bastante duro (risas), pero me divertía y la pasaba bien. Después me empezó aburrir todo el manejo de los padres en el baby fútbol, y los míos estaban medios por fuera de meterse en la vida de los niños, cosa que valoro muchísimo porque me dejaban ser y disfrutarlo. Veía un entorno medio vulgar en otros niños y además después no me ponían, pasaba frío y dejé. Hasta que entré al liceo (Colegio Pío) y en los recreos sólo se jugaba al básquetbol, me empezó a gustar, y además después arrancaron a pasar NBA en la televisión, que estaba Mario Uberti me acuerdo. Se pinchaba ESPN. Además tenía algunos compañeros que jugaban en Olimpia, en un momento me animé y empecé a aprenderlo con gente que sabía.

¿A qué edad comenzaste en Olimpia?


A los 14 años. Arranqué con medio campeonato comenzado, pero mi idea era sólo aprender. Estaba en cadetes B. Al otro año me dieron a préstamo a Las Bóvedas y mi primer partido oficial lo jugué ahí. Ahí viví otro tipo de compañeros, yo venía de Olimpia que estaba bueno, pero tenía otro nivel adquisitivo comparado con Las Bóvedas que era más barrio, y yo me sentía más cómodo. Retomé el gustito de entrenar que tenía en su momento con el fútbol, la disciplina que siempre me gustó. Después volví a Olimpia e hice todas las formativas.

¿Cuándo se dio tu debut en Primera con Olimpia?

No recuerdo si fue 2000 o 2001, pero fue un partido que Olimpia protestaba porque nos habían suspendido al americano, creo que era Raymond White la primera vez que vino. Entonces, como modo de protesta, el club presentó cinco juveniles y yo era uno. La idea era salir por foul hasta que quedara un jugador y se suspendiera el partido, para que fuese algo significativo. Los puntos ya se sabía que lo íbamos a perder, pero era en modo de protesta, además en la tabla creo que estábamos bien. Fue contra Welcome en la cancha de Defensor en Jaime Zudañez, primero se jugaba la reserva donde Welcome venía de tres años seguidos sin perder un partido y le ganamos. Tenían jugadores en reserva de primer nivel, ni siquiera Sub 23, sino que tenían para armar dos equipos en la época de Magurno. Los mismos jugadores que ganamos el preliminar fuimos a primera, estaba Tornaria (Mauro), Rak (Pablo), creo que Galeano (Omar), Martín Mauriño y yo. Salieron todos por faltas y quedé yo, le hicimos partido, creo que fue 21-18 abajo el primer cuarto, hasta que se suspendió. Nos dirigía Daniel Lovera, yo nunca había pisado una cancha de primera.

¿Olimpia es el club con el que te sentís más identificado?

Yo no sé si el más identificado. Quizás la gente me identifica, yo en realidad no me sentía hincha como sí lo eran compañeros míos. Estoy agradecido, me sentí bien. Yo era hincha de Peñarol en fútbol y en básquetbol no me importaba. Igual en otros clubes me sentí más cómodo, por ejemplo en Larre Borges, me sentí muy bien, inclusive descendiendo. La gente ahí es diferente a la de todos los equipos donde jugué, nunca hubo una queja, una mala cara de nadie, ni de compañeros, dirigentes, hinchas, nadie. Después otro club que me sentí cómodo fue en Montevideo, ahí hubo varios factores, el grupo, el cuerpo técnico (Daniel Mancione), el ayudante me acuerdo era un fenómeno (Gonzalo Pavón). Pero la gente del básquetbol me identifica con Olimpia por la cantidad de años que estuve ahí.

¿Tu mejor momento fue en Larre Borges campeón del Metropolitano?

Puede ser sí. Mi rol era diferente, era más protagonista, es más fácil jugar Metro porque el jugador que tenés enfrente no tiene el nivel para estar en un equipo de Liga, los planteles son más limitados, sacás diferencia estando bien físicamente que fue lo que nos pasó en Larre Borges. Estaba Lazzaroni (Renzo), Lea Taboada, Dobbins (Justin), Mati Guerra y después teníamos gurises muy ágiles como Rodrigo Cardozo, Dieguito Álvarez, eran rapidísimos, en la primera línea defendían como locos. Y con ese americano la pegamos, era para Metro, en Liga ya era otra cosa y no era tan determinante.

¿Por qué dejaste el básquetbol?

Dejé con 33 años que fue cuando me rompí. Demoraron en decirme que estaba roto, me decían que era un esguince, entonces yo me ponía fuerte y la pierna se me volvía a salir. No me querían hacer una resonancia. Ahí hubo un lapso de dos años que hizo que mi vida fuera por otro lado. Pero el tiempo que jugué estuvo bueno y la manera que me relaciono hoy con el básquetbol también es algo que me gusta, me llena a mi.

Verdirrojo fue tu último club. ¿Tuviste algún problema extra deportivo ahí?

En Verdirrojo vi otra cara que se olvida que esto es un juego y que, si bien a todos nos gusta ganar, damos todo por ganar, pero sigue siendo un juego, y lo hacemos para divertirnos. Hubo gente que descargó cierto tipo de presiones y yo no quería asumir los mambos de otros. Eso me molestó porque se dio a un nivel que traspasaba a lo que era un jugador, era más personal, no me gusto. No fue el fin mío, jugaba en serio, pero no era mi fin de tener reclamos de ningún tipo. Igual ese desenlace, si bien no me gustó, nos ayudó.

 ¿Nunca te dio por seguir vinculado?

No, nunca. Y tampoco tuve esa inquietud, ni como entrenador, ni nada. Capaz que como profe era bueno, pero no tenía la motivación para hacerlo, siempre lo disfruté jugando. 

¿Un entrenador que te marcó?

Daniel Lovera porque lo tuve muchos años y fue el que me dio la oportunidad de jugar. Pero si te tengo que decir el favorito, fue Marcelo Signorelli que lo tuve en Olimpia, fue el que más me gustó de todos. Inclusive tuvimos un pequeño problema entre nosotros y se me hizo cuesta arriba. Yo estaba con pocos minutos y tuve un cruce con él, pasé de jugar poco a no jugar nada. Sin embargo, hicimos al costado ese problema, nos centramos en el básquetbol y mejoró la relación. Fue un problema puntual, y terminé jugando, eso habla bien de él como entrenador que sabe manejar los grupos.

Económicamente, ¿Te dejó algo el básquetbol o era para el día a día?

En mi caso me dejaba para el día a día. Bancaba el alquiler, no me faltaba nada y si sobraba algún pesito me iba algún fin de semana al mes a algún lado, pero nada más.

¿Te dejó conforme tu carrera?

Puede ser. Igual creo que siempre hay un poco más para dar y un poco mejor para hacer las cosas. No creo que yo haya hecho todo perfecto, ni mucho menos. Pero me dediqué bastante, me cuidé, le dediqué muchas horas. Yo no sabía picar una pelota, pero todo lo fui aprendiendo con horas y horas. Hasta donde me gustó y estuvo a mi alcance lo hice.

¿Cuánto ha cambiado el básquetbol con respecto a jugadores que hoy lo están desempeñando?

Un montón. Muchísimo. Además, está en el físico que lo usan bien. Yo me acuerdo de ver jugadores que te dabas cuenta que tenían algo, en la primera Liga en 2003 fui a Mercedes y ahí estaba Demian Álvarez que era un gurisito, tendría 16 años, lo veías que tenía algo, fue mejorando y nada que ver a lo que es hoy. Después me acuerdo en la primera Preselección que estuve Sub 17, porque a esfuerzo y ganas tuve muchas experiencias lindas, me citó el “Yayo” González y en un momento llevaronn a Esteban Batista, como un jugador grande que iba a probarse. Estuvo una práctica y lo cortaron, no sabía hacer un doble ritmo, mis compañeros se reían de él, si bien era más chico, no quedó. Y el tipo terminó jugando en la NBA.

Jugaste en equipos de barrio como Larre Borges, Verdirrojo, Capitol, Montevideo, Olimpia mismo, pero te tocó jugar en Biguá, Defensor Sporting y Bohemios. ¿Qué diferencia hay de unos clubes a otros?

Son diferentes los clubes deportivos a los de barrio, pero también son distintos entre sí. Por ejemplo, yo veo a Bohemios muy diferente a Biguá y Defensor que son parecidos, porque el grupo de básquetbol está más sólo, eso tiene su lado bueno y el malo. A mí me gustaba, porque sentía que éramos nosotros y nadie venía a molestar, estábamos tranquilos en todo sentido, llegaba el 10 de cada mes y tenías la plata en el cajero, eso estaba bueno, eran clubes en serio. Bohemios es diferente, era más barrio y tenía otra cercanía, yo no me sentí cómodo ahí. No sentí seriedad en dirigentes ni la hinchada, quizás ellos piensan lo mismo de mí. El grupo ese estaba bien, aunque tuvimos problemas. Fue el club que me sentí más incómodo, tuvimos un incidente que no estuvo muy bueno y yo soy responsable del mismo.

¿Con la hinchada fue o con los dirigentes?

Fue interno del plantel, no con un jugador, pero sí del plantel, fue culpa mía. No me gustó como se manejó la situación después, lo puedo entender. No viene al caso con quien fue en particular. No me sentí nada cómodo, pero fue mi responsabilidad, acepté lo que se dispuso en el momento.

¿Cuáles fueron los mejores jugadores extranjeros y/o nacionales que te tocó jugar?

David Jackson sin dudas, también Chris Jackson, era un placer jugar con cualquiera de los dos. Otro fue Brian Williams que estuve en Montevideo, era grandote y te hacía el juego más fácil. Y nacionales, yo recuerdo de ir a ver a Uruguay al Cilindro en un Pre Mundial con 15 años que saque boletos para ir a ver los partidos de la selección. Terminaba los partidos y les iba a pedir autógrafos a Capalbo (Marcelo), Pierri (Luis) y después jugar con ellos fue algo que estuvo bueno. Después estuve con Castrillón (Diego) en Defensor, Riera (Rodrigo) fue otro que me gustó jugar con él. Fui compañero de García Morales, pero recién estaba arrancando en Biguá y ya era un gran profesional.

¿Cuánto te favorecía en la noche ser jugador de básquetbol?

En un primer momento, cuando tenía 20 años que no tenía pareja, no tenía mi hija, no tenía responsabilidades. A veces que me motivaba pensando en los planes de la noche, pensaba en el partido, sabía cuál era mi rol, pero en la cabeza también pensaba en el festejo que iba a haber después. A veces jugabas un sábado y antes del partido ya estaba cocinado lo que tenía después del mismo, terminabas a las 23:30 y salía a pasar bien entre amigos. Nunca usé que jugaba al básquetbol para algo de la noche.

Si te tocaba entrenar un domingo. ¿Cómo hacías? ¿Te cuidabas o salías igual?

No todas las veces me cuidé. El plan para salir era con compañeros y sabíamos que una práctica los domingos era una manera de meter presión para que no salieras un sábado, no siempre la cumplíamos. Si salíamos se enteraban porque te dabas cuenta cuando estábamos entrenando, por más que tratábamos de disimularlo, traspirabas todo el alcohol (risas). Es parte de la vida, yo no me arrepiento de eso, no lo hice siempre.

¿Cómo fueron recibidos en Mercedes?

En la primera Liga fuimos con Emilio (Taboada), Cocochito (Álvarez), “Pebete” Olejnik, Gustavo Romero, Nachito González y yo. Yo veía que nos miraban distintos. La forma de como reaccionaba la gente con el “Pebete” o el “Cocochito” era increíble, parecían estrellas de Hollywood. ¡Lo rodeaban 15-20 personas al “Pebete” Olejnik! No lo podía creer (risas), eran estrellas de verdad. En mi caso no lo sentí tan así. Había conmoción con nosotros. A veces te sentías medio mal porque los locales estaban celosos, porque las mujeres se albortaban, no conmigo, pero eso pasaba. Eso igual pasa hoy, si sos de Montevideo y vas a un baile del interior, las mujeres te miran diferentes y los hombres también. En Mercedes nos pasó, para bien y para mal, fueron más las positivas que las negativas. Al básquetbol iba mucha gente de local, 4500/5000 personas iban a ver el equipo.

¿Tuvieron problemas extra básquetbol?

Sí, obvio. Entre compañeros, una vez el americano tuvo un problema en un baile. Pero, teníamos la suerte que estaba el “Oso” Saucedo que era local y a veces calmaba las situaciones. Un día nos tiraron cerveza y le cayó al “Pebete” que era Brad Pitt en aquella época, era al que más odiaban y se armó un tumulto bárbaro y ahí salió el Oso a tranquilizarlos a ellos que eran muchos. 

¿Cómo fue la anécdota del extranjero?

Había un baile que tenía un entrepiso y habían policías, pero sin la gorra. Entonces, el americano tuvo un problema con uno, lo agarra y parecía que lo iba a tirar del entrepiso para abajo. Ahí fue el “Oso” que lo calmó, y en vez de tirarlo para abajo, lo tiró ahí en el entrepiso. Terminamos todos en la comisaria acompañando al extranjero, que era Anthony Williams. Todos los días pasaban cosas (risas). Lo bueno que los que fuimos de acá nos llevábamos bien, aunque no estábamos en las mejores condiciones. Nos tuvieron una semana en el club y después nos llevaron a un lugar que era tipo un banco, que tenía todo cuchetas. Tampoco teníamos las mejores comidas, pero como experiencia estuvo buenísimo.

¿Qué te dejó el básquetbol?

Me dejó disciplina, un estilo de vida también. No sé si fue el básquetbol, o que el básquetbol fue parte de ese estilo de vida que yo llevo que es arraigado al deporte en la actividad física, me gusta. Me dejó algunos amigos, buenas experiencias, no me dejó la duda de que hubiese pasado, lo pude hacer y estuvo bueno. Decirlo hoy está buenísimo, porque los mejores años que tuvo mi físico lo pude hacer, mal, bien, más o menos, pero lo pude jugar. No me quedé con las ganas de nada, los disfruté y eso para mí está buenísimo.

¿Te faltó algo en tu carrera?

Quizás yo al principio veía cerca la chance de salir campeón de una Liga o Federal. Después puse los pies sobre la tierra y lo veía más alejado. Me motivaba más jugar al básquetbol y si era campeón o no de Liga me fue intrascendente.