Continuando con las entrevistas a leyendas del básquetbol uruguayo, Básquet Total tuvo una extensa charla con el medallista olímpico y campeón sudamericano, Milton Scarón.

Feliz con su vida de basquetbolista pero mas aún con la vida que lleva en la actualidad junto a su esposa, sus hijos y nietos, Milton Scarón es una leyenda viviente de nuestro básquetbol. Estando en el corazón de Pocitos, deseando que pase esta situación para volver a “callejear” como le gustaba de chico y que lo sigue haciendo en la actualidad. Quiere volver a las caminatas con “la barra” y su esposa que son pasiones del día a día. Es un enamorado de la vida y lleva el básquetbol con el mejor recuerdo, cuenta sus anécdotas con mucha emoción y alegría que lo lleva a rememorar la historia más valiosa de la naranja en nuestro país. Milton Scarón, aquel joven que debutó en 1955 siendo campeón y se colgó la medalla de bronce en 1956, habló de todo lo vivido en la época dorada de Uruguay.

¿Como fueron sus inicios en el basquetbol?

Comencé a jugar en un cuadro muy humilde llamado Unión, cerca de Larre Borges, donde estuvimos en segunda de ascenso. Debuté en primera a los 15 años y recuerdo que mi padre no me dejaba ir a jugar, me decía “usted con esos grandotes no juega” (risas). La comisión directiva se reunió y fueron hablar con él asegurando que me iban a cuidar y a partir de ahí arrancamos.

¿Cómo fue su primera experiencia en la selección?

Mi primera experiencia fue en el Sudamericano de 1955 en Cúcuta, Colombia, que salimos campeones frente a Paraguay. Me acuerdo de que el día previo a jugar con los paraguayos para quedar primeros en el torneo, me habló el masajista nuestro y me dice “anda a dormir la siesta que me parece que mañana jugás”. Yo le dije que estaba loco, todavía no había tenido minutos y no pensaba que podía debutar en un partido tan importante. En el partido preliminar, me agarró Reboledo y me dijo que iba a jugar, que tenía la responsabilidad de marcar al goleador del campeonato, yo realmente pensé que estaba loco. Me dio la confianza para tener una buena actuación y ganarme un lugar en el plantel siendo muy joven.

¿Como describe al técnico López Reboledo?

Era un entrenador distinto. No gritaba, te hablaba lo justo y además un tipo muy estratega. Hay una anécdota muy pintoresca, En el Sudamericano de 1955, teníamos fecha libre y el D.T. me dice para acompañarlo a ver Brasil vs Paraguay. Increíblemente Reboledo terminó dirigiendo ese partido porque el entrenador Amarilla de Paraguay le preguntaba desde el banco los cambios que él pensaba que tendría que hacer. Yo le decía “vos estas loco. ¿Que estás haciendo?”, y él era así, le había pedido una mano y él fue a ayudar.

¿Como fue el Sudamericano de 1955?

Fue muy bueno. Este Sudamericano venía luego de una mala actuación en el Mundial del año anterior en Río de Janeiro donde se dieron algunos problemas internos. Reboledo, agarró muy hábilmente la posta de este torneo. Él era cronista en el diario “La Noche” por lo cual tenía mucho conocimiento. Conformó el plantel con varios jóvenes para este certamen y realmente se vivía mucha alegría en la interna. Teníamos un equipo con muchos valores, cada uno tenía claro su rol y teníamos las figuras de Oscar Moglia y Héctor Costa, este último era nuestro capitán. Me acuerdo cuando ingresé en mi debut me dio mucho ánimo: “Usted lo va a marcar toda la cancha y acuérdese que, si pasa, yo voy a estar atrás suyo, dele con todo”. Esa confianza era importantísima para los jóvenes que arrancaban.

¿Cómo fue el desempate con Paraguay por el título?

Como salimos empatados en Colombia, se jugaron dos partidos para determinar el campeón, uno en Montevideo y otro en Paraguay, ganamos los dos. En el enfrentamiento de visita, se armo un lío, nos tiraron de todo. Íbamos en el ómnibus y nos llevaron a una calle cortada y nos rompieron todos los vidrios. Por suerte salimos todos bien y pudimos ganar un nuevo Sudamericano.

¿Cómo era Oscar Moglia como jugador?

Era el goleador del equipo, si no fue el mejor de la historia de Uruguay, está muy cerca. Tenía algunos problemas en la rodilla que le impidieron disputar algunos torneos. Si lo dejabas tirar, no erraba, de 10 te embocaba 11 (risas). Tenía una gran lectura en el uno contra uno se abría y te mataba. Cuando lo marcaba uno chico, jugaba de espaldas y en la pintura tenía grandes movimientos. La velocidad con que pasaba era tremenda, jugaba a un nivel superior.

¿Como fue la preparación previa para las olimpiadas?

Nunca había tenido una preparación de este tipo, fue muy buena. Estábamos concentrados en el club Banco Comercial, estuvimos una semana.  Desayunábamos y entrenábamos por la mañana y a la noche íbamos a Bohemios que era gimnasio cerrado. De todas formas, al ser joven, quería salir a “callejear” y quería inventar cualquier excusa para poder salir. Tuvimos una gran preparación, contábamos con la ventaja que Reboledo al ser cronista corresponsal de un diario de Estados Unidos, estaba en contacto con ellos y traía variantes tácticas y formas de jugar distintas que las trasladaba a nosotros.

Pedro Damiani fue pieza importante para que el viaje a Australia sea una realidad, ¿cómo lo recuerda en ese certamen?

Sin dudas Damiani era el que manejaba todo desde afuera. Él se pagaba todos los gastos porque en la FUBB no había dinero para costear todos los pasajes. De hecho, nuestra delegación era muy pequeña. El contador siempre nos decía, los partidos y los jueces no se hacen en la federación, se hacen en la noche. Él era intimo amigo del presidente de la FIBA, entonces a veces se iban de copas y se generaban anécdotas junto con Héctor Costa muy pintorescas. Fue importante en aquella olimpiada.

En semifinales tuvieron una derrota dura pero esperable frente a Estados Unidos, ¿cómo fue esa experiencia?

Realmente era imposible ganar ese partido. Tenían a Bill Russell que era impresionante. En el hotel previo al partido, López Reboledo nos dijo que esa noche debíamos jugar haciendo de cuenta que estábamos en nuestros clubes jugando una doma y que lo hiciéramos con alegría. El entrenador era consciente que al otro día nos enfrentábamos con Francia y ahí si teníamos posibilidades. Por ejemplo, puso de base a Héctor Costa que no sabía picar la pelota y de esa forma quería que nos divirtiéramos y de cierta forma aprontó el partido para pelear por la medalla.

¿Qué recuerdo tiene de la victoria frente a Francia que permitió obtener una nueva medalla?

El partido a priori era muy bravo. Francia siempre tuvo buenos equipos, en particular ese plantel tenía un jugador que era gigante y no dejaba sacar los tiros, sobre todo a Héctor Costa. En una jugada le pegó un codazo a Nélson Demarco que le provocó un corte y esto tuvo como consecuencia que el técnico francés lo sacara del rectángulo y lo aprovechamos de gran manera. Había una tribuna llena de franceses y nosotros teníamos solo un hincha que era el embajador lo cual nos hacía sentir totalmente visitante. Fue un partido parejo, pero lo terminamos ganando de gran manera.

¿Qué sintió al obtener la medalla?

Primero subió nuestro capitán Héctor Costa junto a los jugadores de Estados Unidos y Unión Soviética y luego íbamos nosotros. En un momento se escuchó el himno uruguayo y ver esa realidad, estando tan lejos de nuestro país, con solo el embajador y José Pedro Damiani siendo parte de nuestra delegación, la realidad es que no pudimos contener las lagrimas de emoción. El recibimiento en Uruguay fue notable. Nos dieron una gran bienvenida en el Club Banco Comercial.

¿Como describiría el estilo de juego de Uruguay en ese torneo?

Se basaba en una defensa muy dura. En ataque contábamos con las figuras de Oscar Moglia y Héctor Costa que colocaban muchos puntos y rebotes, sumado a los bases Nélson Demarco y Héctor García Otero que administraban de gran forma el juego. Luego venían varios jugadores que rotaban, pero con la particularidad que ninguno desentonaba por que todos daban una gran mano complementando a los goleadores.

Con el paso de los años, ¿se sintió reconocido por la Federación?

La realidad es que hubo compañeros que estuvieron en situaciones complicadas y al querer hablar con las autoridades de su momento no nos ayudaron. Del básquetbol lo único que obtuvimos como obsequio fue una insignia chiquita de plata. Con los años, nos dieron un carnet que nos permitía acceder a los partidos, pero nos costó bastante obtener ese acceso. Por ejemplo, el carnet que tengo ahora no me permite entrar al Antel Arena y no me parece que tengamos que andar pidiendo favores dado que actualmente con Raúl Ebers Mera somos los únicos que estamos en Montevideo (Carlos Blixen está radicado en España). Fue una hazaña, con un gran sacrificio y lo único que pretendíamos era un mínimo reconocimiento, pero a nivel de básquetbol no tenemos muchos privilegios. No me parece que todos los años tengamos que estar en los trámites de renovar el carnet. Por ejemplo,una anécdota de la final de 2018 que fui a presenciar, al momento de ingresar el funcionario de la FUBB no me dejaba entrar y justo pasa Juan Pedro Bonino (ex presidente de Aguada) y al ver la situación se indignó e hizo todo para que finalmente pudiera ingresar aludiendo que, si yo no podía entrar, ¿entonces quién?. Pero el mal momento no se olvida.

¿Cómo fue su retiro?

Por suerte jugué muchos años hasta que fui empezando a tener experiencias como director técnico. Se dio la particularidad que tuve hijos y me empecé a cuestionar el estar todo el día afuera de mi casa, entrenando de noche y sin recibir dinero a cambio por lo cual decidí dejar de jugar. Mirándolo ahora, fue una buena decisión. Hice una carrera, pude tener una gran familia con tres hijos y seis nietos. Mi mujer era fanática de Trouville y me decía que me tenía una bronca cuando les ganaba (risas). Realmente soy un agradecido del básquetbol, me permitió conocer el mundo y vivir una gran cantidad de alegrías.

Como entrenador, ¿qué recuerdos tiene?

Tengo de los recuerdos buenos y de los no tantos. Una linda anécdota fue cuando me vinieron a buscar a Olivol Mundial donde fuimos junto con un gran amigo, el preparador físico Guillermo Palece. Luego de la primera práctica, caminando por Millán intercambiamos un diálogo muy gracioso donde nos decíamos que la veíamos muy brava con el plantel que teníamos, “creo que no ganamos ni un cuarto” le digo. La vuelta de la vida quiso que saliéramos con este equipo vice campeones y subiéramos a primera División. Ganamos en la cancha de Peñarol ante un estadio lleno. Quedo como una anécdota muy buena, en un lugar que nos trataron de forma excelente.