Motivador, positivo y sacrificado, son adjetivos que describen a Nicolás Borsellino dentro de la cancha, pero que perfectamente pueden ser utilizados al contar su vida afuera del flotante. A pesar de siempre mantenerse en el círculo de privilegio de nuestro básquet y estar diez años al mando de la selección, por detrás fue construyendo su futuro. A pico y pala, como a él le gusta, se recibió de contador, y hoy con su socio, Mateo Premazzi, ofrece un servicio inmobiliario que ha dado excelentes resultados. Te contamos la vida del Tito, afuera del rectángulo.

Rompe con los parámetros. Ejemplos hay pocos, pero ser profesional y recibirse es una meta posible. Pelear contra la pesadilla de muchos alumnos (los números) durante el día y fajarse con extranjeros pesados en las noches, no fue una tarea fácil para Borsellino, sin embargo reconoce que con sacrificio y mucho trabajo, no hace falta que la vida te haga renunciar a nada, actitud que traspasa perfectamente cada línea de la cancha.

Del Prado a la Facultad de Ciencias Económicas, de ahí a Malvín, con mochilas varias al hombro donde mezclaban de libros a ropa de entrenamiento. Recorrido que muchas veces hizo arriba de un ómnibus porque el viejo no prestaba el auto. A veces se la jugaba el abuelo. El 468 a La Paz, era un recorrido que le sacaba una hora de tiempo y que ya se conocía hasta los pasajeros de memoria. Pero ese auto que le prestaba el padre de su madre, era un alivio para su día, y hasta una mochila para cargar el chimichurri de cosas que precisaba para su día a día.

“En Uruguay te desmotiva estudiar”, frase que comparte con Diego Riolfo, quien intenta terminar una carrera mientras se dedica al fútbol. Es que a los obstáculos que implican sustentar estudios universitarios y una carrera deportiva, el sistema le pone otras trabas. Desde tener que aprobar un examen regalando hora y media porque a la noche jugás por playoffs, hasta tener que fajarte mano a mano con un profesor en una mesa especial por viajes con la selección. Fueron piedras en un duro camino para un Borsellino, que cursando un año de la carrera en dos, logró terminar. Como en la cancha, muchas veces no le toca ser la figura y por eso reconoce todo el trabajo de su equipo detrás. Desde Maru, quien dentro del Ministerio de Deportes lo instruyó para que un viaje con la celeste no signifique perder un examen, hasta Adriana, quien desde la FUBB le hacía la gauchada, y le daba un justificativo que se ausentaba por representar al país, aunque su compromiso en el extranjero sea con su club, para no tener problemas con la siempre complicada bedelías.

“Se puede estudiar y jugar al básquetbol profesionalmente. Es organizarse”, es la frase que Borsellino siempre le deja a las formativas, cuando da charlas como ejemplo viviente que los libros y la naranja pueden coincidir perfectamente. Si bien de chico, ocho notas bajas lo hicieron dejar su naciente carrera en el gramado de River Plate, a lo largo de su adolescencia, encontró en Capurro la cuna para poder llevar las dos cosas con mucho esfuerzo. Algo que mucho recalca el Tito, es que hay tiempo para todo. No es necesario sacrificar nada, ni siquiera la noche. “Hay que saber cuándo hacerlo”, y si bien sufrió el clásico “amargo” de los amigos, por no salir por estudiar o por un partido, o tuvo que renunciar a los festejos de un bronce celeste en el Chaco, por tener parcial el lunes cuando retornara al país. Alguna vez, cuando vio el hueco se pudo dar el gustito de disfrutar la parte de ocio de la vida. A pesar de esto, siempre destaca la mano de sus padres, que le permitieron centrarse solo en la cancha y la facultad. Si bien la rutina cargada parece bastante tediosa, el hombre de Goes destaca ventajas de llevar sus estudios a la par que su carrera profesional, en donde encontró una manera de abrir su mente, de hacerse un jugador inteligente dentro de la cancha, y de despejarla en momentos de presión, escudándose en sus libros y sus asientos contables.

Pero todo esto es recién el inicio de una naciente carrera en los números para el Tito, 2015 fue el año señalado, y estrenando rapado en un Preolímpico soñado para Uruguay, en donde se le ganó al campeón, Venezuela, disfrutó de ser llamado Contador Borsellino por la voz del estadio cada vez que anotaba. Satisfacción de deber cumplido, haciendo una de las cosas que más ama y que nunca rechazaría: vestir la casaca de la selección.

Con tiempo libre, Borsellino empezó a indagar en el área laboral. Sus conocimientos lo llevaron a quedar en un puesto en el banco Santander, pero el rígido horario de 10 a 17 horas, lo obligaba a dejar la naranja, cosa que por supuesto, rechazó. Su futuro estaba como trabajador independiente, y si bien disfrutó de su etapa como solo basquetbolista, su suegra lo impulsó a que los números vuelvan a ser parte de su vida. Administrar los gastos de su edificio fue su manera de darle uso a sus conocimientos adquiridos en su etapa como estudiante. El arrimar al Pica Aguiar y al Mono Bavosi a un edificio que respiraba básquet, lo hizo entrar en confianza con el dueño para empezar a conocer el mundillo de la contaduría.

Como en la cancha, Tito tomó la voz cantante. Vio en lo que hacía una posibilidad grande de crear un negocio exitoso. Levantó el teléfono e hizo contacto con su fiel compañero de clase: Mateo Premazzi, quien por su laburo podía dar luz a la naciente idea de Borsellino. Sus contactos por el básquet y los conocimientos de Mateo acerca de administración, fueron la suma perfecta para la venta de administración de servicios inmobiliarios de edificios. El Tito que habla mucho en la cancha, que siempre es positivo, lo llevó a los escritorios. Había que convencer a su socio de que la idea era rentable, que valía la pena sacrificar parte de sus ingresos para tirarse de cabeza a este proyecto. Y aparentemente no solo sobre el flotante Borsellino convence con sus palabras, porque fuera de ella, mostrando el potencial mercado al que podían llegar, convenció a Premazzi para abrir las puertas de su empresa, uno de los campeonatos más importantes en su carrera.

Pero que serían los numeritos y los asientos contables sin la naranja para el Tito. “Hay que ser buen loco en la vida”, es otra de las enseñanzas que le deja a las formativas. Destaca que el haber sido buen pibe en la cancha, lo llevó a generar contactos que hoy en día son claves para que su negocio sea líder en el rubro con 16 edificios en su haber. Su trabajo siempre ligado a la pelota. Si bien le tiene que decir a algún cliente despistado, que estaba en una reunión cuando llama en pleno entrenamiento, destaca que quien sí lo conoce por calzarse los cortos cada noche, lo hace generar un feeling positivo con la gente. Su empresa autónoma le dio el equilibrio perfecto, el no ser dependiente de un horario rígido, permitirse descansar los días de partido, no descuida ni la naranja ni los números, aunque a veces se le mezclan un poco en la cabeza. Confiesa que es difícil separar los problemas laborales en la cancha, en donde que hay que ir a rendir, y una mala noche no puede ser corregida. Al revés lo ve más fácil, porque un asiento que no cierra, siempre es más fácil de solucionar que un libre errado en la hora.

Pero como hemos visto en otras entregas, siempre hay una persona por detrás que ayuda al deportista profesional a llevar su doble tarea sin descuidar la pelota. Él destaca en Premazzi a un jugador figura en su vida, de quien al día de hoy, todavía sigue aprendiendo. Quien lo salva de alguna, cuando un cliente llama a la oficina en pleno entrenamiento. Quien le permitió hacer su periplo por Santa Fe, cuando cruzó el charco y se calzó la de Unión un par de meses. A pesar de que destaca que una de las ventajas que tiene su trabajo es que puede hacerlo de cualquier lado con una PC y un celular a mano, el haber tenido a Mateo en el país en dicho momento, fue clave para seguir brindando un servicio en donde el siempre positivo Borsellino dice que, “Ofrecemos un servicio brillante, estamos un paso adelante del medio”.

A pesar de no ser el jugador que sale por necesidad al mercado laboral, hoy Tito agradece el haberse empapado en este negocio. No tiene esos días interminables como el basquetbolista durante la pandemia y su tiempo libre le permite pensar en expandir su negocio. Desde ofrecer servicios de estudio contable, hasta la venta de departamentos, cosas que hace pero sin profundizar demasiado para no renunciar a la calidad del producto.

Al día de hoy, sus hijas y su empresa le empiezan a ganar terreno a la naranja. Su “triple tarea” lo llevó a rechazar una temporada completa en Unión de Santa Fe, “en otro momento de mi vida lo hacía”. Detrás de los números, Borsellino ve un gran futuro para su empresa, al igual que Premazzi, quien le agradece haberlo incentivado a empaparse en este proyecto, que hoy ya es realidad. Si bien la carrera del Tito en el flotante no tiene fecha de caducidad aún, a futuro su empresa le permite tener un terreno bastante fértil. Planea seguir ligado al básquet, como entrenador de categorías grandes de formativas, o por qué no, recuperar su etapa de futbolista con sus amigos del Círculo de Tenis. Una historia que parece ser de final feliz, pero que en su recorrido, como dentro de la cancha, fue a pico y pala.