Nació en Larre Borges, pero Goes lo acunó para transformarlo en ícono de la Plaza de las Misiones. Fue tan Misionero en su carrera que asegura que lo que más disfrutaba era ganarle clásicos a Aguada. Hoy está alejado del básquetbol, quisimos saber qué es de la vida de Ciro Pastrana, un hombre que confiesa que: “Me hubiese gustado ser un poco más prolijo”.

Cerca de 8 de octubre pero en un silencioso rincón del barrio La Unión nos recibió en su cómodo y luminoso living. En la esquina la estufa era cómplice y ambientaba una habitación que contaba con muchas más presencias aparte del protagonista. A la izquierda la nena, Frida de trece años, quien estuvo despierta y atenta a cada oración que decía papá. Celular en mano pero con la vista y la escucha centrada en esa persona que siempre idolatramos: el viejo. Sobre la derecha y donde comenzaba la escalera estaban los retratos de los pibes de la casa: Joaquín de 21 y Martín de 14. Mirada penetrante y ese hermoso efecto fotográfico que no tiene en cuenta donde estás en la pieza, ellos siempre te estarán mirando. En la vuelta andaba Jordan, el mejor amigo del hombre. Completito el panorama.

Pastrana avisó previamente que la nota le generaba vergüenza, todo lo contrario a lo que pasaba cuando le tocaba mostrarse en el rectángulo de juego. El termo y mate cómplices de este mano a mano que pasó por varias zonas de turbulencias pero que siempre salió entero, como en su vida misma. La serenidad a la hora de cada palabra, el suspiro entre una y otra respuesta, denotaban a un tipo que vivió de todo y que encontró en el deporte la guía necesaria. Se equivocó, le erró y le volvió a errar pero su resiliencia fue cada vez más fuerte. Disfrutó, vivió y fue feliz. A sus 47 años de edad, considera que pudo haber actuado varias veces de mejor forma. Hoy con tres hijos y una historia que fue creada y moldeada por el básquetbol les muestra a sus descendientes por donde hay que ir con la tranquilidad de que su paternidad va mejorando día a día. Nació y se crió con el amarillo y negro pero su pasado por la Plaza de las Misiones lo convierten en un ser muy querido por una de las mareas más grandes de nuestro medio. Ciro Pastrana dejó la herradura de lado e ingresó a esta batalla para saber que es de la vida de aquel pibe de barrio que vivió y sintió, siempre en color naranja.

¿Qué es de la vida de Ciro Pastrana?

Tengo suerte de que tengo mucho tiempo para mi, soy independiente en materia laboral. Tengo unos alquileres que rento y les hago mantenimiento cuando me quedan libres las casas. Aprovecho a pasar mucho tiempo con los gurises. Tengo tres y los acompaño a todos lados. Tranquilo, por suerte no me estreso mucho.

¿Por qué dejaste el básquetbol?
Yo ya hace como nueve años que dejé de jugar, tengo 47. Me había lastimado la espalda e igual ya tenía 38. Me jodí una vértebra y jugué todo ese año lesionado. Sufrí mucho. Jugaba más contra mí y el dolor que contra los rivales. Estaba deseando terminar porque no aguantaba más. Luego estuve un par de años acomodando el cuerpo, yendo a ver médicos para ver como se solucionaba pero me iba haciendo amigo del dolor.
Estaba bien físicamente y me alejé del entrenamiento que en definitiva es lo que siempre volvía a llamar a la lesión. Tuve un par de años leyendo, mirando series sin mucha cosa para hacer y me recuperé. Luego empecé a jugar con los veteranos, hice los cursos de entrenador de tres años pero me quedó la monografía final, tengo que mandarla todavía. Básicamente voy por ahí, el duelo es bravo. Dejar de armar el bolso sobre la tardecita o noche para ir a entrenar. Era una cantidad de horas importantes que te llevaba eso todos los días y es lo que más se siente.
¿Te quedó algo por hacer?
Me hubiese gustado ser un poco más prolijo cuando fui joven, cuando recién empezaba y dejaba juveniles para empezar a jugar en primera. En ese momento estaba muy a la deriva, muy suelto, no tenía referencia en mi casa y hacés cosas de gurí que pensás que no te van a pasar factura. Físicamente estaba intratable, no tenía ni un dolor, salía, entraba, iba a jugar, no me daba cuenta. Es mucha cosa al pedo, me encantaría haber sido más profesional en ese entonces. Después me acomodé pero ya tenía 25 y me había pasado el cuartito de hora. Igualmente estoy contento con lo que viví.
¿Le das ese consejos a tus hijos?
Sí, ni que hablar, a los dos varones. Al ser profesional también me refiero a que sea utilizado como método de vida y tener conducta con los excesos. Todos tienen su edad y está divino disfrutar. Yo me iba de campamento con mis compañeros del club, disfruté mucho pero tenía que haber tenido un freno y ahora con los chiquilines yo lo tengo. Se va haciendo camino al andar me parece.
¿Por qué el básquetbol?
Tengo dos hermanos mayores y acá en la cuadra se jugaba siempre al fútbol, estaba buenísimo jugar pero estábamos en la calle. En aquel momento estaba el tema de que era más seguro estar en un lugar controlado y fuimos a jugar al básquet a Larre Borges con cinco o seis años. Ahí arrancó para toda la vida, me fascinó.
¿Te acordás tu debut?
No me acuerdo exacto. Creo que fue en el año 92, ahí todavía había reserva. A veces jugábamos y el técnico nos decía que nos quedáramos pero no recuerdo si fue exacto en el 91 o 92 con Larre. Luego me compró Goes con 23 o 24 y ahí entra en juego lo que te decía anteriormente: no me daba cuenta del potencial o de la cantidad de cosas que podía haber hecho mejor o haber explotado más. Ese momentito tendría que haber sido más controlado.
Si te dan a elegir un partido, ¿cuál sería?
A mi los partidos que más me gustaban era jugar contra Aguada defendiendo a Goes. Era algo que te hacía vibrar, es impresionante jugar esos clásicos. 
¿Nunca pensaste en estar más ligado?
Si claro, siempre. Estuve unos meses ligado al Pato Werstein en Cordón porque me encantaba como entrena él. Lo busqué a él para pegarme y ver como lo hacía porque no es lo mismo estar como jugador que ser el entrenador. Para mí trabajó bárbaro. Se laburó bien como dos o tres meses de entrenamiento en la pretemporada y arrancó el campeonato donde estuvimos cinco o seis partidos y lo cortaron. Ahí tenía la cabeza en otro proyecto y me alejé. Yo ya la veía venir que era brava porque sos el fusible que se quema al toque.
¿Está bien ese manejo con los DT en el basquet uruguayo?
Son las reglas del juego, es así. Profesionalmente siempre se busca el resultado. Los equipos que quieren ganar apelan a eso. Los equipos que se quieren salvar del descenso y ese es su objetivo y que con un poquito les da, tienen otra espalda. Te dan otro apoyo que sabés que podes perder e igual seguís como técnico. Si la meta está cumplida seguís laburando. Cuando jugás con los clubes que están para ascender o campeonar, la única alternativa es ganar o fuiste.
¿Extrañás el ambiente?
Se extraña pero ya pasaron muchos años. Los primeros estuve mal. Luego vas viendo que pasa el tiempo, te apoyás en las amistades que hiciste, en ir a ver los partidos y vas canalizando todo pero reitero que estuvo muy bueno todo lo que me tocó vivir.
Te tocó estar en clubes de barrio, ¿eso te hizo jugador de la vida también?
Mi impronta siempre fue así. Me tocó jugar en Bohemios y pude seguir jugando ahí pero en ese momento elegí irme a Waston. Era sobre el 2002, estaba el tema del dólar, precisaba salir adelante con las cosas que tenía y la mejor propuesta que tenía era ir a jugar ahí, a la cancha abierta en 25. Me fui sin ningún drama. Ahora más de grande y con todo solucionado lo pensaba un poco más. Ahora va mi hijo a Bohemios, yo voy con él, entreno y todo, está buenísimo pero en ese momento era lo que había. Todo en el básquetbol es así, mayor o menor medida, es siempre esa de mejorar y meter. Se puede sacar tres o cuatro cuadros que están despegados pero los demás van por ahí.
¿Cómo se vive y siente el básquetbol en la Aduana?
Era otro básquetbol, otro rendimiento, todo distinto. Era más folclórico capaz. Mucho ringi-ranga y era anti todo. Desde el punto de vista de salud es complicado. Íbamos a entrenar con dos o tres camperas, ir a jugar y morirse de frío. Era joven y me imagino si me llegaba más de veterano la chance no sé si iba. Yo jugué lo más que pude porque se empezó a jugar en canchas cerradas, el piso era flotante y aparecieron una gran cantidad de cosas que mejoraron y favorecieron al deportista. Pero en ese momento ni lo pensaba. Si me tocaba jugar en cancha abierta con la edad que me terminé retirando, me moría de una hipotermia o me rompía los tendones. Mejoró la infraestructura y el estilo de juego totalmente.
¿Te peleaste con alguno de Waston?
A mi me ha tocado pelearme siempre. Estás con las pulsaciones a full y en ese momento te peleas, no importa nada. En varios lados me ha tocado y en todos lados pasa lo mismo. A veces tenes que bajar la pelota pero otras veces estás pasado de rosca y después te das cuenta que fue lo que pasó. Lo bueno es que después de todo te seguís cruzado con esa gente y está todo bien. En la cancha pasaban cosas que quedan ahí o un poco afuera cuando se terminaba el partido y listo, pero tengo varias.
¿Te dolió mucho perder la semifinal con Aguada en el Cilindro?
Fue duro sin dudas. Justo ese partido estaba jugando bien y me tocó salir por quinta. Haller estaba jugando bárbaro y Wiilkerson la estaba rompiendo, en un nivel superlativo ambos. Yo venía acompañando, me sacan por un foul boludo faltando bastante y me quería morir. Era un partido que yo estaba fuerte, me sentía bien y estaba lindo. En la última pelota festejamos y al final no valió, después fue todo un desastre.
¿Por qué surgió todo lo que pasó?
Porque era un fósforo en un polvorín. Festejamos nosotros que ganamos en la hora y el juez diciendo que no vale. Entraron los parciales de los dos lados y ya había habido algo como pasa todo el tiempo cuando se juntan ambas hinchadas. Ahí un golpe de un lado, otro del otro y cuando querés ver ya tenés a toda la cancha arriba, era un ring.

¿Valió el tiro?

No valió, bien cobrado. Fue un desastre todo y a Goes le costó desafiliación.

¿Te arrepentís de lo que pasó esa noche?

De los líos sí, pero lo que pasó sirvió como experiencia para ahora. Esas situaciones de partido quedan marcadas. Ahora se toman más precauciones. Está la separación de hinchadas, la seguridad que no deja bajar a la cancha, en ese momento había gente detrás de los dos bancos. Fue fácil entrar para cualquiera de los dos y si siempre tenés ganas de darte, chau. No hay otra historia. Me arrepiento. Ahí estaban mis hijos, ya era un tipo grande yo.

¿Estuviste bien sancionado?

Sí, ni que hablar. Estaba perfecto todo eso.

¿Qué tan difícil fue el momento de decir “hasta acá llegó todo”?

Es que ya no podía más. Todos los días terminaba con el kinesiólogo dándome inyecciones. Venía y no dormía. Ese año me dolió porque no podía convivir con el dolor. Me hubiese gustado seguir un poco más. Miro para atrás y me gustaría haber encarado mi juventud siendo más profesional. Después el básquetbol mismo me dio una mano para acomodarme y me hizo ver una cantidad de cosas que yo hice que estaban mal, tanto de conducta como de profesionalismo. Me sirvió para formar mi familia, tener mis hijos y tratar de que esté todo bien. Yo a ellos los puedo mirar a los ojos tranquilamente. Tuve mis años de vida que no era compatible con el deporte o con la vida que trato de inculcarle a los demás. Pero miro y puedo decir que me sirvió para crecer, me siento bien hoy.

¿Sos de juntarte a ver los partidos viejos solo o con tus hijos?

Un par de veces miré unos partidos que me pasaron pero me daban ganas de volver a jugar entonces siguen ahí pero no he podido terminarlos.

¿Sos de seguir la Liga?

Miro sí.

¿Hay algún Ciro Pastrana?

Hay diez mil mejores que yo. A mi me gusta Brian García. Llegamos a jugar cuando estaba en Goes y él era sub-23. A mi me encanta como es porque es revulsivo. Pienso que como él hay varios, pero Brian se ha superado. Ese tipo de jugadores son lo que yo siento que tienen que entrenar porque más allá de la capacidad física que pueda tener tienen que darle y darle porque si no no le da. Brian mejoró muchísimo.

¿Cómo ves el trabajo del Colo Reig? 

Fuimos compañeros en Goes, él era juvenil. Luego fue asistente, después empezó con nosotros como DT y le está yendo muy bien, le agarró la mano, maduró. El haber sido de Goes y que el club en ese entonces esté en una situación media descomprimida, le sirvió para hacer esa experiencia de largarse a tener el equipo para él y ahora trata con unos monstruos en la cancha. Si estaban esos jugadores cuando yo estaba, no hubiera jugado. Lo salvó con creces, sobresaliente.

¿Que te dejó el básquetbol?

Me dejó encarar para tener una vida prolija. Me di cuenta que hay que caminar derecho. Fue el norte, mi vida y lo que me mantuvo en el camino correcto.

¿Fuiste feliz en la cancha?

Sí, ni que hablar. Viví para jugar. Los años de niños y hasta de grande, era espectacular todo.