Se crió picando la pelota como su viejo y, ya de grande, comenzó a trabajar en la empresa familiar como sustento económico. Entre la pasión por el básquetbol y los repuestos de autos transita la vida de Juan Wenzel.

Una historia con mucho aroma a familia. Ese olor que conocés al nacer y del que nunca te separás. La casa, la sangre, las costumbres, las vivencias, lugares donde la comodidad es moneda corriente. El viejo como referente. Juan siguiendo los pasos de Daniel, o de Mahoma, como se conoce popularmente a una de las glorias de Trouville.

Hay una parte de este cuento que es conocida. El hijo formado en el equipo que es hincha y donde brilló su padre. Y, a partir de ahí, iniciando una carrera que lo llevó, entre otras cosas, a ponerse una casaca amarilla y negra que le alegra el corazón.

Pero atrás de la vida entre musculosas con diferentes escudos y pelotas naranjas, hay otra relación de unión entre Juan y Daniel: la laboral. Donde, otra vez, el nene siguió el legado familiar.

La empresa representa fábricas alemanas, brasileñas y españolas de repuestos de autos. Son intermediarios entre las fábricas y los importadores. La arrancó el abuelo, la siguió Mahoma y a los 22 años entró en la vida de Juan que, casi una década después, es “el principal, porque mi viejo está cada vez más cerca del retiro”.

Fue su primer trabajo formal extra básquetbol. Se siente cómodo en ese ambiente. Trabaja solo con el padre con quien confiesa tener una excelente relación. La oficina le queda a dos cuadras de su casa y maneja los horarios a demanda, sin tiempo fijo y con flexibilidad para que no influya en su carrera deportiva. Como si todo esto fuera poco, tiene la complicidad de un compañero que sabe a la perfección como es eso de vincular ambas actividades. Daniel lo cubre cuando es necesario, en eso, también se entienden como padre e hijo.

Salvo en días puntuales, no siente que lo cotidiano del trabajo lo afecte en su vida de basquetbolista. Son contadas las veces de mucha actividad donde llega “a las corridas” a la práctica sin haber tenido tiempo para merendar o descansar media horita. Juan reconoce que se le hace fácil el laburo y se considera un privilegiado.

Al jugador de básquet en Uruguay, con suerte, le alcanza para mantenerse en la diaria, son pocos los casos que “hacen una diferencia”. Es la realidad del paisito. En una carrera con fecha de caducidad entre los 35 y 40 años, la mayoría de los que practican este deporte tienen que ir vislumbrando el futuro mientras pican la naranja.

Wenzel ingresa en el grupo grande de jugadores que necesitan otra actividad para “salir adelante”. El jugador de Capitol asegura que hace años su ingreso económico más grande es el de la empresa. El básquetbol lo vive como su gran pasión y se siente un afortunado de cobrar por hacer lo que le gusta afirmando entre risas que “más no puedo pedir”.

Si bien no hay dudas que los repuestos de autos lo van a seguir acompañando porque la economía diaria se lo exige, Juan se ilusiona con continuar vinculado al básquetbol una vez que termine su etapa como jugador. Todavía no sabe en que rol, comenta que puede ser como Director Técnico donde va a “incursionar y ver si me gusta” para estudiar en caso de que se den las condiciones. Por ahora lo mira a lo lejos, todavía quiere seguir luciendo la “6” en la espalda un ratito más.