Un emprendedor por excelencia. El creer que su futuro pasa por afuera del rectángulo lleva a que Fernando Verrone haya transitado la mayor parte de su carrera con otro trabajo en su espalda. Tras varios intentos pareció dar en el clavo, la tercera fue la vencida. Hoy, en el corazón de Capurro, importa y vende pasto sintético, a su vez que carga con las responsabilidades de jugar Liga. Hoy te contamos su vida laboral por fuera de las canchas, en esta segunda edición de esta sección de BT.

“Empecé por no querer desilusionar a mis viejos”, nos dijo un Verrone que confiesa no ser muy amigo de los libros y que comenzó su primer emprendimiento a la par de su carrera en el deporte naranja. El sueldo del Metro en Larre Borges no alcanzaba y emprendió en el reparto de masitas. La alarma que sonaba a las cinco de la mañana para laburar bien temprano, ir al liceo de tarde y de noche jugar al básquet. Todo el día en la máquina pero para él era una tarea medio light. Virtudes de juventud.

De ser su propio jefe, pasó a sufrir la exigencia de un capitán en un nuevo equipo. Papá lo puso a laburar en la farmacia y ahí cuenta que aprendió a tener un poco de disciplina. Con la mente abierta en progresar, vio la posibilidad clara de atacar al rival. Con el respaldo de su familia, compró la farmacia con la que competía su padre a pocas cuadras. Pero como se suele decir, las secuelas nunca son buenas. Como en su primer emprendimiento, los frutos obtenidos no fueron los deseados, y a pesar de haberse alejado de las canchas para dedicarse a pleno a su negocio: “pasó el tren y chocó”, dando fin a su segundo emprendimiento.

A pesar de reconocer que su verdadera pasión está en la calle detrás del volante, corriendo picadas en las que supo participar, y no en el flotante con pelota en mano, siempre hubo algo que mantuvo a Verrone en el rectángulo. Por conocidos en común, una serie de domas, lo llevaron a que Stockolmo le pusiera el ojo para jugar la DTA. A Fernando le picó el bichito de vuelta, y el retorno a las canchas se hizo realidad. El llamado de Goes empezó a alejarlo de una farmacia que no daba resultados, para dedicarse de lleno al básquet durante unos años.

El entrenar un solo horario en Metro, le daba mucho tiempo libre. “No puedo estar todo el día jugando al playstation”, cuenta. Por la ambición de querer más, se le dio por seguir buscando en las ocho horas. En su trilogía, su primo empezó a ocupar un rol protagónico. Tras tanto insistirle, terminó accediendo a contratar a Verrone en su empresa importadora de productos agropecuarios, y a pesar de resistirse a trabajar con la familia, como a un juvenil, lo hizo empezar de bien de abajo. Había que ganarse los minutos repartiendo folletos, con la estricta tarea de captar la atención de ferreterías para la compra de malla sombra. En una semana se recorrió 500 ferreterías de Montevideo, mostrando de esta forma que estaba dispuesto a darlo todo por su nuevo equipo. Quedó en la empresa.

De juvenil a referente, Fernando pasó a ser encargado del negocio. La posibilidad de jugar Liga cayó y contó con la fortuna de tener como jefe a alguien que él define como un deportista nato, y que entendió a la perfección la posibilidad que tenía frente a sus ojos de medirse con los mejores en nuestro básquet. Sin una discusión, sin descontarle un peso por entrenar a doble turno, su primo terminó siendo sustento para que Verrone conservara su doble trabajo, pero esto todavía no lo dejaba satisfecho. La presión de tener que levantarse todas las mañanas antes de entrenar a abrir el local, ir y volver a reactivar el laburo que estaba poco movido ante la ausencia del encargado, lo llevaban a una independencia laboral que aún no tenía, pero que sí necesitaba.

Curioseando, probó con pasto sintético que vio que su exportadora china le vendía. A pesar de que su primo se resistiera porque no estaba relacionado con el rubro, le hizo un lugarcito en el contenedor al nuevo producto y terminó siendo furor. Con más dudas que certezas, se encontró con un tiro de tres suelto en la esquina. El gastar sus ahorros para la importación, lo hacía pensar a la hora de tomar el tiro. Como si fuese un grito de “tirá” del DT del banco, el “si no lo traés vos lo traigo yo” de su primo lo convenció de lanzar y anotar ese triple que hoy le da independencia a la hora de trabajar.

Si bien reconoce que aún no está soñado, su vida empezó a cambiar radicalmente. Hizo de su oficina su casa, y pasó a depender solo de él. La tercera fue la vencida. Lo hizo todo más fácil, el no tener que cumplir un horario, no tener gente a cargo y trabajar solo para él, le permite al día de hoy, estar 100% metido en la Liga, sin descuidar su negocio. Si bien en primavera-verano, cuando se trabaja bien, está “todo el día al palo” para Verrone nunca fue una carga.

Como en su vida reconoce que todo es como una roca. En sus inicios, comenzar a trabajar para dejar contentos a los viejos, luego buscar progresar para mantener el auto que consiguió con apenas 18 por tener la fortuna de ser “nieto único”, hasta proyectar a armar uno para correr picadas. Siempre le ganó la ambición por algo más, y su negocio no es ajeno a eso. Llegar a ser segundo en ventas en el rubro en Mercado Libre, proyectar a publicitarlo en redes y en Google, hasta sumar enredaderas y plantas artificiales, que lo hicieron despegar. Hoy la proyección pasa a ser comprar de una vez la casa que le dejó su primo.

A pesar de los distintos problemas que pudo tener en su vida laboral, nunca los trasladó a la cancha o viceversa. “Soy una heladera”, nos dijo, alegando que ni al ser apuntado dos veces con un arma en la farmacia, trasladó ese mal sentir al rectángulo. Ni con quita de puntos o peleando descensos, llevó esos problemas al ámbito laboral, “sentimentalmente nunca mezclé nada”. Por eso, considera que ni por un buen contrato dejaría de importar pasto, porque siente que no lo limita ni física ni mentalmente. Como en la cancha, se identifica como un jugador de rol, perfil bajo, que hace su trabajo callado. Así como no mezcla sentimientos, tampoco profesiones, desde no hacer conocer en el ámbito deportivo lo que hace al llegar a su casa para conseguir más clientes, como el cambiar la foto de Whatsapp para que sus compradores no lo reconozcan como basquetbolista.

Si bien vive el básquet como un trabajo más y no como una pasión, entiende el sacrificio que hay por detrás para que él reciba su salario. A pesar de que su estabilidad económica no pase por la Liga, siempre va a ser el jugador que se tire de cabeza o que despeje la pelota con el pie como en aquella popular jugada en cancha de Biguá. Sin embargo hay algo que siempre lo mantuvo ligado a la naranja, y a pesar de que reconoce que quizás jugando Metro y Liga de Soriano estaría más cómodo, a la hora de armar planteles de Liga, aparece el entusiasmo por estar y el bichito lo vuelve a picar.

La naranja es parte de su vida. Pero a ese 28×15 le agregó metros cuadrados de pasto sintético. Ese proyecto que tantas dudas le dio, y que gracias a eso empezó a pagar las cuotas de su primera casa. Se pasó al verde, y ve un futuro sustentable. Verrone tiene la satisfacción de depender de sí mismo para llevar una vida independiente, que quizás un día, le permita perseguir su sueño detrás del volante y dedicarle mucho tiempo a lo que le gusta: correr.