El reloj se acerca a las 15 horas, es 4 de julio de 1998 y dos hermanas mellizas están llegando al Mundo. Parecidas físicamente -aunque ellas lo nieguen-, desde ese día caminan juntas a la par, unidas por la hermandad y por uno de los lazos de amor más fuertes que tienen: la naranja.

Motivos más que seductores para tener una buena charla. Se armó un grupo de WhatsApp: “Nota Hermanas Martínez” y allí quedó pactado el encuentro en el corazón de la Aguada. La Plaza “de los Rodrigos” era el lugar, a pasos del club y del hogar en que se criaron, ubicado en la calle Arroyo Grande.

Mientras algún tímido rayo de sol amenizaba una tarde fría, llegaban las protagonistas al lugar, con la pelotita abajo del brazo de la futura Licenciada en Educación Física, Analía. Nos presentamos y comenzó la charla que tuvo una sola condición: debía ser amena.

Sentados en un banco, Analía recordó su niñez: “Hasta los cinco años vivimos en Buceo, donde se crió nuestra madre y luego durante diez años en esa casa que está ahí (se podía ver al levantar la vista), donde conocimos a Yamila que es nuestra mejor amiga y jugamos juntas al básquetbol hasta el día de hoy”. Mientras Micaela remarcaba: “Nos conocemos todo el barrio, toda la vida estuvimos acá”.

Con cinco años, recién llegadas al barrio y buscando que empezaran a socializar con otras niñas de la zona, Lourdes, madre de “las melli”, tuvo una idea que no le salió bien, las llevó a que empezaran ballet: “Empezamos a ir pero lo odiamos. Íbamos para hacer algo y porque nos quedaba cerca”.

Faltaba solamente “un manijazo” para que las Martínez dejaran el ballet de lado y ahí apareció Yamila: “Estábamos en primer año de escuela. Nos dijo que había empezado la escuelita de básquet de Aguada, nosotras seguíamos con el ballet pero insistimos tanto con el basquet que mamá nos dijo: “Bueno, vayan”.  De esos comienzos recuerdan: “Estaba Silvina Páez con las escuelitas, además de haber tenido también como entrenadores como Ruben y Fernando Calcagno, entre otros”.  El ir a Aguada les implicaba estar a las “corridas”, aunque poco les importara, realmente les apasionaba: “Salíamos a las 5 de la tarde de la Escuela N°10, en la misma cuadra del club, nos sacábamos la túnica y arrancábamos a jugar al basquet mostrando caras de satisfacción frente a ese recuerdo y agregando: “Lo tomábamos como un rato de diversión con nuestra mejor amiga y  hasta hoy estamos en la vuelta”. Afirman que son hinchas del equipo de la Avenida San Martín, aunque hoy no van seguido a la cancha, recuerdan con mucha nostalgia el campeonato obtenido por Aguada en 2012-13 y aseguran que su familia es hincha del club por ellas a pesar de que Wilson (su padre) “jugó hasta la Sub 23”.

Dejando de lado la niñez y metiéndonos en la actualidad, las mellizas muestran ser muy compinches entre sí, y si bien estudian diferentes carreras tienen algo en común: la docencia. Analía, estudia Educación Física en ISEF y no se rindió a pesar de algunas trabas del sistema: “El ingreso era por sorteo, al principio quedé afuera y me frustré mucho, pero pude entrar el año pasado”.

Eso ya quedó atrás y hoy expresa: “Me veo enseñando a los niños chicos, tengo mucha paciencia con ellos y me encantaría trabajar en escuelas y liceos”. Y dice “ir bastante bien con la carrera” pero estar bastante aburrida de las clases por zoom. Mientras tanto, Mica, luego de salir del liceo ingresó a Derecho pero rápidamente se dio cuenta que no era eso lo que quería: ”Hice solo un semestre y medio. Lo odiaba y entré por hacer algo”. Algo que le hizo saber a Lourdes entre lágrimas.


“Al año siguiente (2018) me anoté en Magisterio, el primer año no fue bueno ya que viajamos a Unisinos y me quedaron un par de materias. Desde el año pasado hago la carrera en la Universidad de Montevideo, revalidé algunas materias. Además trabajo en un jardín, aunque ahora estoy en seguro de paro”, con una sonrisa dibujada afirmando que esto sí le gusta.

Ambas tienen novios jugadores de basquetbol (Joaquín Jones e Ignacio Marote). “Con Joaquín siempre nos cruzábamos en alguna cancha y estamos juntos hace dos años”. Analía está contenta con su noviazgo, viajaron juntos a Natal y la pandemia les truncó una escapadita a Argentina. Totalmente diferente fue la historia de Micaela y Nacho: “Nos conocimos en Polo Prado, un día que ella (refiriéndose a su hermana) me obligó a ir, ahí empezamos a hablar. Nada que ver tuvo el basquetbol, él sabía quién era yo pero yo no sabía quién era él”. Cuenta cuando ya llevan cinco años de relación y Analía acota: “Ya están para casarse”, entre risas de hermanas.

Las Martínez han dividido su vida basquetbolística en dos instituciones: Aguada y Capurro: “Desde los 5 hasta los 13 jugamos en Aguada. El Femenino se disolvió y estuvimos dos años sin jugar”. Hasta que llegó la oportunidad de Capurro: “Siempre tuvimos muy buena relación con las chiquilinas solamente de cruzarnos en la cancha, hablamos con ellas y nos recibieron con los brazos abiertos, además de que ya conocíamos al entrenador que era Gerardo Silvera. Nos hicieron sentir muy cómodas, estuvimos tres años y en 2018 volvimos a Aguada por un capricho de Analía” – según cuenta Micaela-, explicando “la caprichosa” que “se volvía a abrir Aguada” y le tiraba la roja y verde, rechazando también una invitación de Victoria Pereyra, que iniciaba el proyecto que lleva hasta el día de hoy en Hebraica y Macabi, aunque admite: “que la hizo dudar” y priorizó no solo el amor por los colores, sino que también jugar con su melliza y con Yamila, quién es la culpable de la pasión por la naranja.

Tras dos años en la institución de la Avenida San Martín, volvieron al “Capu” porque: “de las tres veces que teníamos práctica en la semana, dos eran en las canchas de afuera de fútbol 5. El invierno era insoportable, sumado a que llegamos un día y nos avisaron que no teníamos la cancha”.
La frutilla de la torta; el entrenador de Capurro es el “Cacho” Jones suegro de Analía: “Yo quería ir a Capurro y eso me dio aún más seguridad. Al equipo ya lo conocía y es un grupo humano divino. No sabía como me iba a sentir con él como entrenador, en la cancha tenemos un trato de entrenador-jugadora normal, me olvido que es mi suegro” y cuenta que “fuera de la cancha no somos mucho de hablar del basquetbol, aunque alguna cosa sí”.
Nosotras jugamos toda la vida juntas porque queremos que así sea. Obviamente que podríamos jugar en equipos diferentes, pero queremos hacerlo juntas”, más allá de que la relación una vez que están adentro de la cancha, no es tan buena, dice Analía, porque: “Micaela tiene una forma muy bruta de decir las cosas. Yo soy la hermana y no pasa nada, pero le puede pasar que una compañera lo tome mal”, mientras la acusada reconoce su error y expresa: “haberlo mejorado mucho”.
Fuera del rectángulo de juego, queda clarísimo el amor y la gran relación que tienen, compartiendo constantemente actividades y hace aproximadamente un mes haciéndose un tatuaje juntas, ubicado por encima del tobillo: “Nos tatuamos la pata de nuestra perra Serrana que tiene 10 años”.
Un momento esperado de la nota era el de alguna anécdota divertida que les haya tocado vivir, teniendo a Micaela como protagonista: “Una vez yo estaba en la calle y vi a un chiquilín que sabía que había tenido algo con ella y me vino saludar. Mientras se acercaba, yo me preguntaba si explicarle o no explicarle que yo no era quién pensaba él. Me vino a saludar, lo saludé como si nada y luego, en mi casa le dije a mi hermana mirá que vino fulanito a saludarme y lo saludé. Así que sí te dice algo, decile que lo saludaste”.

Llegando al final de esta entretenida charla, las “melli” se tomaron un segundo para referirse a como se imaginan en un futuro: “ Me gustaría no desprenderme nunca del basquetbol. Por ahora me veo jugando bastantes años mas y después me gustaría ser entrenadora. Acompañando a Joaquín hasta que juegue y como profesora de Educación Física” expresó Analía. 

Micaela, en tanto, dijo: “Al igual que Analía me gustaría jugar todo lo que pueda. Luego en lo laboral me veo obviamente como maestra, el tener un colegio propio sin dudas es el sueño que por ahora tengo”.

Una vez terminada esta disfrutable entrevista, las hermanas fueron por algunos instantes modelos, ya que nuestra compañera Yessica Segade les tomó una gran sección de fotos. Tras el saludo y el agradecimiento por el tiempo disponible, ellas partieron rumbo a su hogar con la naranja bajo el brazo de Analía.

Simpáticas, distendidas y sinceras, así se mostraron las “melli”, que tan bien se complementan y que comparten muchas pasiones, el básquetbol y la educación, picando la pelotita casi toda su vida, aguateras y actualmente defendiendo a otro club por el que tienen gran cariño: Capurro.