Un asado como cualquier otro y esas charlas de proyectos soñadores que generalmente se acaban con la última gota de alcohol de la velada. Así comenzó Burger Time. Uno de los dueños es Fausto Pomoli, jugador de Trouville, que entre hamburguesas y la pelota de básquetbol transforma sus ambientes laborales en zonas de confort para disfrutar entre amigos. En Basquet Total comenzamos a conocer la vida de los básquetbolistas y sus trabajos más allá de la cancha.

El primer objetivo fue abrir un bar, hasta que a Justo Ugartamendía -ex jugador de Trouville y actual representante de jugadores- se le prendió la lamparita de ir por la hamburguesería. Dijo que había pocas y tenía conocimiento como para jugársela por ese lado. La idea sedujo y la utopía inicial empezó a tener tintes reales.

Tanto Ugartamendía como Lucas Vassallucci -ex base de Malvín y Aguada, también socio- estaban trabajando en otras cosas y, en principio, no se metieron tan de lleno a desarrolar la idea. Pero Pomoli tiró del carro, por sus ganas, obvio, pero también porque se le terminaba la Liga Uruguaya que estaba disputando en Urunday Universitario, y la madre lo estaba “presionando” con el estudio. No lo dijo pero lo dio a entender con una sonrisa socarrona, nosotros nos animamos a deducir de que no estaba ni ahí con el pedido materno. Por lo tanto, le metió firme para que la charla vaga de aquel asado pasara a ser una posibilidad. La ecuación tenía tres patas fundamentales: un negocio con amigos, un laburo y zafaba olímpico de los libros. Cerraba por todos lados.

Encontraron el local. La idea fue avanzando y el presente de hace un año atrás mostraba que lo utópico podía ser real. Hicieron una reunión más formal donde decidieron “ir para adelante”, sin tener mucha idea del riesgo que estaban asumiendo, pero con las ganas intactas y el convencimiento de ir saltando todas las vallas que crecieran en el camino.

No fue fácil, no es “soplar y hacer botellas” como diría el abuelo de cualquiera de nosotros. Había que contratar empleados, conseguir un montón de permisos, abrir una empresa con los tiempos, la burocracía y la responsabilidad que eso conlleva. Incluso elegir un nombre, que lo tuvieron que cambiar una semana antes de la apertura porque la elección inicial la perdieron en manos de un nuevo emprendimiento que comenzó a funcionar en un hotel. Los plazos se extendieron, tanto como el conocimiento que tiene que adquirir un empresario. Se asesoraron con un escribano amigo de la barra, y un contador que cambiaron en el camino porque no les convenció del todo. La cosa fue tomando forma legal y el "Burger Time" comenzó a sonar tras consultas desesperadas en varios grupos de Whatsapp.

No hicieron un estudio de mercado, pero tomaron decisiones basadas en el buen sentido común. Apostaron a vender un producto de calidad, quizás resignando en primera instancia la ganancia económica. Estrategia básica, pero rendidora: invitar amigos y atenderlos de la mejor manera posible para que retornaran y recomendaran. Además Pomoli cree que una de las claves fue moverse bien en redes sociales, no tenían especialistas en la materia, pero tuvieron gente de confianza “que les dio una mano”. Fue una pegada. Pocos días después de que Fausto terminó la LUB en el estudioso, abrieron. Funcionó.

La hamburguesería de la esquina de 26 de marzo y Gabriel Pereyra era un éxito. Estaba llena todas las noches. Era una mezcla de alegría por la buena repercusión y stress por lo que había que afrontar. El pivot reconoce que hizo de todo: Atender la caja, oficiar de mozo sin saber como se hacía, colaborar en la cocina, lo que fuera. Como en la cancha, quizás sin los movimientos más elegantes, pero cumpliendo su rol a la perfección, tapando baches y dando todo para que el colectivo funcione. El básquetbol le enseñó que si al equipo le va bien, no importa ser figura.

Aún así, había noches donde no les daba para hacer todo. Muchas veces, amigos que iban a darse una vuelta por el local, fugazmente pasaban de ser potenciales clientes a empleados, esa barrera que la amistad hace traspasar sin demasiado drama. Juan “Pitu” Santiso, Nicola Pomoli o Hernán Fitipaldo -entre otros- terminaban del otro lado de la barra o lavando platos y vasos, donde fuera necesario.

Así fueron creciendo y aprendiendo. Hace poco abrieron una nueva sucursal en La Comercial para llegar a nuevas barriadas, el nuevo establecimiento solo funciona a través del delivery. Hoy Burger Time tiene su marca, funciona bien, es un negocio exitoso. Incluso le ganó al Covid-19. Más allá de que tuvo que cerrar la atención al público en el local, y algunos empleados permanecen en seguro de paro, la pandemia no afectó el funcionamiento y el público sigue consumiendo las hamburguesas, pero en su casa.

La vida cómoda del jugador que solo se dedicaba al básquetbol cambió.  Pese a esto, no deja de lado su profesionalismo, incluso cuando lo llamó Trouville volvió a poner el deporte como prioridad. Habló con sus socios, y con su sueldo contrató un sustituto para cumplir en el club sin dejar tirado el negocio. Fausto se reconoce como una persona que logra separar las cosas, no traslada sentimientos ni sensaciones. No lleva los problemas de la empresa al partido, ni la calentura de la cancha al mostrador.

Pomoli, al principio, no tomó este desafío para que le cambiara la realidad económica. Es su primer trabajo extra basquet. Confiesa que no era una necesidad básica en su vida. Vive con su madre, con estabilidad. No se siente de esos jugadores que tienen que salir a trabajar de otra cosa como complemento para mantener una familia o pagar un alquiler. Lo atrapó el desafío. Quiso jugar y divertirse con amigos, como lo hizo en la adolescencia en las formativas de Malvín y un día se encontró siendo jugador de primera y campeón de Liga Uruguaya.

A cartas vistas, el pivot confiesa que “le cambió la cabeza”. Hoy ve la hamburguesería como un lugar donde establecer su futuro laboral. El básquetbol lo disfruta, pero sabe que: "yo no voy a ser de los jugadores del medio que perciba los mejores salarios y el día que no viva con mi vieja voy a necesitar un complemento". Las aspiraciones cambiaron, vive el día a día sin grandes obligaciones que asumir, pero con un horizonte repleto de sueños en forma de hamburguesas para acompañar el deporte.

Todavía sin creer como tanta locura linda lo transformó en empresario, mira a sus costados con la sonrisa dibujada en el rostro. La charla de aquel asado se transformó en el disfrute diario. Un local de comida, donde se respira básquetbol y se reunen sus grupos amigos. Gol y foul en la hora.