En una charla distendida, Martín Osimani conversó con Básquet Total sobre su desarrollo en Estados Unidos, su explosión en Argentina y su visión acerca del básquetbol uruguayo. Imperdible.  
¿Cómo venís pasando la cuarentena?
Estoy pasando mucho tiempo con mi familia, cuidándonos. Ya hace un tiempo que estamos limitados para movernos pero aprovechando el tiempo para estar mucho con mi hijo y mi mujer, tratando de no desesperarnos y que este tiempo sea productivo para todos. Es un poco desesperante para nosotros que vivimos de movernos pero estamos aprovechando para estar juntos y valorizar otras cosas que vienen muy bien.
Contanos un poco cómo fue esa experiencia de salir del país a formarse y jugar afuera.
Tuve la suerte de que me reclutaron porque Leandro (García Morales) estaba allá. Él estuvo en el primer año y me recomendó, le mandé unos videos jugando con la Selección y con Biguá, les gustó y me dieron la posibilidad de ir. Era un lugar en Miami, una escuela que estaba reclutando jugadores internacionales para armar su equipo para competir. Una vez que llegué se dio la posibilidad de estar dos años, siempre buscando conseguir una beca porque pagar una educación allá no era posible. Al no tener la facilidades que hay ahora se iba a hacer difícil, porque no había videos ni contactos de forma tan sencilla, por suerte el equipo era muy bueno y eso hizo que consigamos tener cierta notoriedad para que las universidades se fijaran en nosotros y empezar a transitar ese camino.
Imagino además que fue complicado para tu familia que te fueras del país con 17 años en una época donde las comunicaciones no son las que hay ahora.
Fue difícil sí, pero le estoy enormemente agradecido a mis padres por la oportunidad de poder ir y no atarse a mí para darme la posibilidad. Además era una situación un tanto difícil, porque no me iba a una casa cómo estudiante de intercambio, era irme a un lugar donde éramos todos adolecentes sin mucha supervisión. También le agradezco a Biguá que me dio la posibilidad y me ayudó para organizar la salida, tuve la posibilidad de tener gente que haya pensado en mí como Leandro, la gente del liceo que apostó por mí y todo un marco de gente que me respaldó. Cuadró todo y soy muy afortunado de haber tenido ese marco que me ayudó a dar el salto. Una vez allá uno debe competir y tratar de ganarse el lugar, pero si no hubieran pasado todas esas condiciones no se hubiese dado.
¿Dónde estuvo el mayor cambio, en lo basquetbolístico o en la madurez que debiste ganar?
Siempre creímos que el aspecto basquetbolístico era el más fácil, no porque fuese sencillo competir a ese nivel sino porque era lo que ya conocíamos y una vez que te metes a la cancha el lenguaje es bastante universal. Obviamente llevó su adaptación porque el juego con el que me encontré allá era de un nivel atlético y táctico muy alto, pero para el nivel que tenía el campeonato de high school mi equipo estaba muy bien. El jugar bien y ganar nos ayudó mucho en todo el resto que era el estar lejos de la familia, de los amigos, sin acceso a muchas cosas que hoy damos por sentado, y el cambio cultural. Por suerte siempre tuve buenos amigos, Leandro estuvo un año, Joaquín Izuibejeres también vino, el hermano de Pablo Ibón, Andrés, y ellos hicieron la estadía más llevadera. Ya cuando llegué al nivel universitario se dio un cambio más duro y exigente. Si bien era todo ganar, y yo lo vivía con mucho placer, el desafío ese cambio fue el más complicado.
¿Fue un desafío ser un base conductor en un basquetbol diferente al que ya conocías?
Por suerte caí en un momento justo en el cuál el basquetbol no se había cambiado tanto hacia la anotación, la velocidad y la agresividad de los bases. Hasta ese momento el base seguía buscando más generar puntos para sus compañeros que los propios, y eso me calzaba perfecto a mí que siempre me gustó pasar la pelota. Y al jugar con jugadores tan atléticos con mucho tiro me lo hacían más fácil, ellos se encontraban a gusto jugando conmigo y yo con ellos. Por suerte el estilo de juego me cuadró bien y eso me dio la chance de jugar y desarrollarme allá.
Si bien de allí te volviste a Uruguay, luego recorriste muchísimos países jugando y la semana pasada charlando me marcabas la diferencia entre los países centroamericanos en que jugaste y Obras, una vez que llegaste. ¿Cómo fue esa diferencia internacional?
Cuando terminé de Estados Unidos no tuve la chance de irme a otro lugar, por lo que volví a Uruguay. Estaba con muchas ganas de ver a mi familia y vivir un poco en Montevideo, y sentía que lo necesitaba para mejorar mi juego. Me había tornado muy dogmático y muy estructurado como pasa en la universidad, entonces el volver a Uruguay me ayudó a encontrarle la vuelta a cómo liderar un equipo a nivel profesional y conocer las exigencias que tiene el básquetbol profesional. Obvio que eso me llevó tiempo y varios golpes, pero lo conseguí. Conseguir eso me ayudó a volver a salir, que era algo que quería mucho ya que desde que me fui de Estados Unidos mi meta era vivir del básquetbol, conocer otras ligas y competir al mayor nivel que pudiera. Fue un cambio drástico pasar de Uruguay a México, Puerto Rico o Venezuela que es una cultura totalmente distinta. Y al no tener tanta información del cómo era la liga o su juego me llevé un golpe bastante fuerte. Además el cómo se vivía en el día a día, la intensidad que tenían y la agresividad que pretendían que tuviera al jugar no me calzaba del todo a mí. Pero una vez que llegué a Argentina me sentí muy cómodo por la idiosincrasia, por la idea que tienen los entrenadores para llevar adelante un equipo, por cómo juegan y cómo viven el básquet en Argentina. Por suerte tuve la fortuna de que cuando llegué a Obras estaba Julio Lamas y junto con la estructura del club, el cual me apoyó siempre, me ayudó mucho a entrar en un grupo que ya era muy bueno, con mucho talento, eso hizo que me soltara y mostrara mi mejor versión. Sin importar si era un momento bueno o malo de mi carrera, sino que el contexto y la manera de jugar ayudaron un montón.
Vos que jugaste las dos, ¿Qué diferencia ves entre las ligas argentina y uruguaya?
Más que nada es la estructura, siempre lo menciono cuando me preguntan por Argentina. La cultura que hay y el respeto que le tienen a su liga. Las bases de la Liga están hechas por los entrenadores y la cultura de los entrenadores es muy fuerte. Además de que tienen mucho orgullo de su liga. Entonces los jugadores están felices de pertenecer a la liga, tienen que pasar un filtro impresionante en las formativas, la carrera para llegar es muy fuerte por lo que la competencia enriquece el nivelde quien llega. A su vez los entrenadores trabajan muy bien, y eso hace que la riqueza de los equipos argentinos sea grande, niveles de concentración elevados, niveles de ejecución también muy altos. También se trata del tipo de jugador que van a buscar, un jugador que entienda y sea pro equipo, lo que hace mucho más fácil el trabajo del base. Acá en Uruguay estamos muy influenciados por la forma de ver básquetbol argentino, pero nosotros tenemos nuestras dificultades en la liga que empieza desde el semi profesionalismo generado por las necesidades económicas, por cómo se llevan los clubes, cuestiones estructurales más grandes, falta de apoyo económico del estado y diferentes circunstancias que hacen que el amateurismo se cuele en lo que trata de ser un ambiente profesional. A su vez la realidad es que los talentos que surgen acá son menos y cuándo aparecen se van para afuera entonces la riqueza de la liga se ve a la baja y muchos equipos terminan jugando con jugadores veteranos lo que hace que el nivel de juego sea conceptualmente correcto pero falta de atletismo y dinámica de juego. Nos faltan unos escalones de riqueza que en la escuela que han hecho en la liga argentina se nota desde el primer hasta el último equipo.
¿Por qué cuesta tanto que aparezcan o integrar jugadores jóvenes en el básquetbol uruguayo?
Creo que no es que no aparezcan jugadores sino que por como son las comunicaciones hoy en día hace que los jóvenes talentos se vayan rápido, lo que deja un vacío que llenan los jugadores cómo nosotros. Por otro lado pasa que hay una falta de competencia que hace que jugadores de 17, 18, 19 o 20 años no tengan la capacidad o el tiempo en cancha para competir y realmente madurar para ser jugadores viables para darle minutos que produzcan con las presiones que tiene nuestro medio. Las dirigencias, las estructuras económicas de los equipos, la falta de procesos o de respaldo a los entrenadores hace que se dificulte mirar hacia adelante porque solo se busca ganar, y sobre todo en el caso de los entrenadores que deben cuidar su puesto lo que los limita a ganar únicamente y no a pensar en el futuro. Además de la cultura que tiene el uruguayo que si pierde dos partidos seguidos y parece que nada sigue y hay que empezar todo de nuevo. Entonces entre presiones internas y externas, la falta de procesos, la realidad económica de los equipos, la realidad de los entrenadores que necesitan cuidar su trabajo y lo que la realidad en la Liga donde el resultado marca, es complejo porque ese proceso de insertar jóvenes necesita tiempo para que asienten, dejar que se equivoquen, y por lo general no se tiene esa paciencia.
¿Qué le dice Martín Osimani desde su experiencia a esos jugadores jóvenes que se sienten prontos pero no tienen su lugar?
Yo trato de ser un buen ejemplo con el trabajo del día a día y estar atento a las cosas que se están haciendo. Y ahí ir hablando, ver si alguno le está errando al camino o no está prestando atención a detalles que debería y se los menciono, además en el correr de los días ir ayudando con pequeños detalles. Sobre todo me parece que lo que muchas veces pierde ese joven en su ansiedad por jugar y su búsqueda de minutos es el poder ver el panorama completo, yo siempre intento recordarles su lugar en el equipo, las cosas a hacer para ganar esos minutos y que el técnico los vea cómo jugadores confiables, para facilitarle las cosas y que si pueden afectar el funcionamiento de la práctica sea para positivo.