Volvió Leandro. Y hoy, el básquet y quien escribe, somos un poquito más felices.

El escenario no podía ser mejor: Antel Arena, debut de Liga, Aguada estrenando su campeonato, mosaicos, lucecitas de colores y todos los chiches. Pero mi mirada va hacia otro lado, insólitamente va para otro lado. ¿Por qué? Porque volvió a jugar Leandro, no hace falta ni señalar su apellido, ¿no?

Estas líneas no van hacia el lugar común de hablar de los 34 puntos en 32 minutos que hizo este tipo, eso es su rutina de lo extraordinario y es a lo que nos tiene acostumbrados, atendeme dos minutitos…

Sé que estos párrafos traerán alguna que otra suspicacia, pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento, me digo: “es malhumorado”, “ni siquiera jugó en mi club”, “tiene una cara de soret* bastante importante”. Acumulo, pienso y me digo frases para intentar que este tipo me caiga mal, y vos sabes que no lo logra… A pesar de tener perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. ¿Qué actitud? De admiración hacia él, de respeto hacia él, hacia su básquet. Hacia su intensa y repetitiva forma de protestar ante una falta pitada, hacia su tímida forma de festejar un gol. Hacia su magia.

Siento que le debo algo por hacerme disfrutar tanto de este deporte y sé que no tengo forma de pagárselo. Tal vez, ésta sea la manera que he encontrado. Ojo, él no lo sabe, no sabe que yo estoy en deuda con él. Mi pago es absolutamente anónimo y son estos pocos párrafos diciendo boludeces. A lo que voy, es a la sonrisa que se me presenta – y creo no ser el único - al ver a Leandro en cancha, al verlo calentar dos horas antes, con su camperita y joggin aunque haya 37 grados, al verlo disfrutar con una guinda naranja.

Puede que este romantizando este regreso, es cierto. Pero me resulta casi imposible no hacerlo después de todo lo que sucedió en enero, luego de que ganara el partido más importante de su carrera. Al tipo se lo nota feliz ahí, en la cancha, haciendo entrar a rivales, hinchas, jueces y hasta a propios compañeros por gatillarse una pelota con 20 segundos de posesión en su espalda. Es que es así, un bicho raro, es Leandro, pero es feliz ahí. Él sabe que es feliz ahí. Y que querés que te diga, a mí me pone tan feliz como a él, por eso, de tácticas ya no hablo.