Lamentablemente en infinidad de situaciones nos resulta casi imposible de explicar con palabras algunos hechos. En circunstancias intentamos buscarle el por qué a las cosas, pensando en que tal vez se justifiquen desde uno o dos argumentos. Pero, tanto en las adversidades más grandes, como en las alegrías más extremas, se suelen combinar múltiples factores y todos al mismo tiempo.

En este caso podríamos comenzar a listar desde León Najnudel plantando la semilla para el desarrollo de una verdadera Liga Nacional. Enfocarnos en alabar a todos los cuerpos técnicos que influyeron en la planificación de los distintos juegos. A los que entraron al rectángulo, desde Sconochini en Indianapolis 2002 a la fecha. Pero cuando pasan cosas tan espectaculares como las de hoy, es porque estamos en presencia de todo eso y algo más.

Es que las lágrimas de emoción no se pueden comprender si se piensa que es solo un juego. Lo que transmite este cuerpo técnico y estos jugadores, va más allá de ganar un partido espectacular. Tiene que ver con la grandeza y el respeto con que se manejan. Son ellos mismos los que nos enseñaron a valorar estas victorias, expresando claramente que cuanto más grande es el rival y mejor se lo trata, aún más valioso es el éxito conseguido. Mandando a callar a los propios hinchas cuando en rodeo ajeno se exceden con los cánticos como Ginóbili en Río 2016. Entrenándose día y noche, cambiando los hábitos alimenticios e incorporando facetas a su juego aunque se tengan 39 años como Scola. Defendiendo, pasando de lujo, anotando y tomando rebotes como si fuera un gigante, tal cual lo hace Campazzo.

Y cuando parece que unos terminan su ciclo y no hay recambio, otros vaticinan el apocalipsis, mientras los verdaderos héroes se dedican a entrenar y escuchar. A tomar el legado, que más que una posta es su propia historia. A desarrollarse en sus equipos para ser los próximos abanderados, aprendiendo de la historia para honrarla y hacerla pedazos con nuevas hazañas.

Este equipo es infinitamente superior a todo lo racional que se pueda escribir. Es el alma que dejan adentro de la cancha, sin olvidarse nunca del plan de juego y de ejecutarlo a la perfección. Son el básquetbol conceptual al que se le suman todos esos intangibles, pero que hacen la diferencia. No importa en qué orilla del Río de la Plata o en qué lugar del mundo se prenda el despertador para sentir con ellos. Ni siquiera son tan importantes los resultados. Está claro que trabajan y viven para ganar, pero cuando se alinean los astros, el tanteador se acomoda solo.