Trabajo, humildad, corazón y amor por los suyos. Características que marcan la vida de Esteban Yaquinta, un sabio luchador que tuvo su noche de felicidad con su familia de sangre y de alma.

Años trabajando en un club que conoce como la palma de su mano. Cada rincón trae un recuerdo de básquetbol y de la vida. Ese pibe que se crió correteando en la cancha donde hoy dirige siendo un hombre de abdomen prominente y alguna cana que asoma en los costados de la cabellera. Un lugar donde el laburo del profesional se mezcla con la pasión del hincha, lo que hace que el dolor y el disfrute se dimensione a límites que, claramente, exceden lo racional.

Yaquinta volvió a Miramar en 2016 para tomar el equipo que había sido campeón de la DTA 2015 con Andrés Blazina. Retornó a su casa, esa que había dejado hace doce años atrás en cuanto a lo laboral, esa misma casa que nunca se le apartó del corazón.

Habían pasado dos décadas de aquel lejano 1996, la última vez en que los de Barrio Belgrano estuvieron en primera, en ese plantel, entre otros, estaba su hermano Nicolás. El proceso de Esteban, aun con sus irregularidades de total normalidad, fue exitoso y más de una vez tuvo a los monos trepados de atrevidos en partes altas de las diferentes tablas. Hasta llegó a disputar una final por el ascenso contra Bohemios.

El laburo paga, y si es sostenido, mucho más. Para el 2019 Yaquinta optó por mantener una base de jugadores de la temporada anterior, dando el salto de calidad con la llegada de algunas caras nuevas, pero fundamentalmente brindándole confianza a un montón de pibes desfachatados con ganas de triunfar y hacer carrera.

Y resultó. Por el título, obvio, porque a fin de cuentas es lo que importa. Y así lo entendió el entrenador cuando “afeó” su estilo en las finales para lograr la victoria con una superioridad táctica que marcó el camino. Pero vale rescatar que más allá del Miramar sólido y efectivo de la serie ante Cordón, se vio un equipo que desplegó muy buen básquetbol durante todo el certamen. Conocimiento, capacidad y confianza. Combo letal.

A Yaquinta le llegó el día. Ese que soñó en tantas comidas del club, con la parrilla como testigo y un vaso bien lleno en la mano, cuando entre amigos se hablaba de volver a Miramar a primera, con el efecto del alcohol haciendo fantasiosas opiniones de deseo que en sobriedad nadie se animaría a decir. Pero que, desde anoche, son reales.

Terminó el partido. Las emociones fueron tantas como los abrazos. Con sus compañeros, con sus jugadores, con sus dirigentes, con su familia, con toda su gente. Yaquinta hizo delirar al barrio, y murió en la noche festejando con ellos.

Aunque no hay dudas, que entre nota y nota con la prensa, cuando llegó el saludo de su hijo Facundo fue uno de los momentos tangibles más felices de su vida. Ese que a todo padre saca de foco y lo lleva a tocar una gloria, mayor incluso, que la de levantar una copa.

La noche de Esteban seguramente fue larga y terminó con la llegada de un nuevo día. Pero también imaginamos, que en la soledad de su hogar, se tomó un segundo de tranquilidad para mirar en el cielo, donde hay dos estrellas que desde hace unos meses brillan de forma especial. Ellos lo estaban esperando y supieron ganarle a las primeras luces del amanecer. Entre sonrisas y lágrimas se comunicó imaginariamente con los viejos, que se lloraban de orgullo al ver como “el nene” puso al cuadro de la familia en primera.