Las emocionantes finales, la definición en un séptimo juego con paridad hasta el cierre, el Antel Arena como vedette y la pasión de los hinchas con entradas agotadas hicieron del básquetbol el orgullo de los últimos días en el deporte uruguayo.

Es la clásica por estos lares. El “ganamos” en el éxito y el “perdieron” en la derrota. Nos cuesta la autocrítica cuando la cosa no sale, y si podemos le escapamos a la responsabilidad, pero cuando todo va bien, subirse al carro del triunfalismo es una papa, ahí queremos ser parte, decir que "somos nosotro´".

Divinas de verdad estuvieron estas finales. El básquetbol fue centro de atención de la charla diaria en cualquier esquina, excediendo amantes y protagonistas del deporte, hinchas de Aguada o de Malvín. Todos hablaban de quien iba a ser campeón, hasta los bananas que afirmaban con certeza insólita de que “estaba todo arreglado”.

El escenario fue la vedette. No vamos a reiterarnos en elogios para el Antel Arena, aunque nos encantaría volver a repetirle que lo amamos con todo nuestro corazón. Los hinchas de los dos iban a querer ir siempre, a cualquier lugar, porque la pasión mueve montañas y a la hora de festejar un título poco valen las infraestructuras. Pero el resto, se vieron enamorados por el nuevo estadio, y ahí fueron a conocerlos.

El básquetbol duplicó la capacidad del lugar donde se jugaron las finales y las entradas se agotaban en ¡menos de una hora! Nos elogiaron de otras partes del continente, vinieron figuras internacionales. Hermoso todo. Mejoramos la oferta, mejoró la demanda. Eso es una papa, lo aprendí en el liceo, aunque en la teoría es más sencillo que llevarlo a la práctica. Pero cuando se concreta y sale bien, más que una papa es un orgullo, por todo el trabajo que hay atrás de cualquier apuesta de crecimiento.

Adentro de la cancha, durante siete finales, hubo el doble de espectadores. Afuera, mirando por la tele, escuchando por la radio, o siguiéndolo por Basquet Total -fundamentalmente, obvio- quizás el triple o más. El básquetbol cautivó a la gente que alguna vez echó, recuperó público que se había ido enojado negando una nueva oportunidad, pero se vio vencido ante la tentación.

Esa es la victoria que se festeja en un carro al que nos queremos subir pero no nos corresponde. Es el triunfo de los que idearon y construyeron el Antel Arena como un escenario de puta madre, de la organización de la FUBB, de las autoridades, de los dirigentes de los clubes y un poquito también de los hinchas que en los peores momentos y empujados por su amor pasional e irracional hacia los colores elegidos, se quedaron estoicos, aguantando el mostrador.

El trabajo paga. Y eso que eran los mismos a los que tanto se criticó por diversas razones en un pasado cercano y lejano. Caer, levantarse y apostar a crecer siempre es ir a ganador, aunque se pierda. El básquetbol dio un paso más. Y ganó. Y con ese triunfo nos hizo ganar a todos los que vivimos mirando la pelota picar durante todo el año. Felicitaciones, y gracias.

Disfruten de ir en ese carro. Aunque nos queramos subir, nuestro lugar es abajo. A fin de cuentas, alguien los tiene que aplaudir...