Fotografía y Video: Juan Manuel Lérida

Su rostro marca felicidad. Es que su sonrisa parece tapar todo tipo de sufrimiento, mal estar o decepción. Es su forma, así entiende la vida y así le hace frente a los vaivenes que su carrera le puso adelante. Es la misma sonrisa con la que recibió a su hijo cuando nació o la que se le dibuja cada vez que le preguntan por su barrio y su familia. Un loco lindo, pero lindo de verdad. Querido como pocos en el ambiente, con un camino recorrido y otro por recorrer que es muy interesante conocer. Así es Cocochito, afuera del rectángulo.

En el corazón de Villa Dolores nos recibió Nicolás, tras saludar a cada vecino que pasaba, la charla comenzó como su vida, en el barrio, donde nació, se crió y tiene todo su círculo íntimo: “El barrio es mi vida, acá tengo todo”, esas calles y el pasillo del conventillo de la Avenida Rivera le dejaron muchas enseñanzas: “La calle me hizo madurar bastante desde niño”, desde jugar hasta que el sol se oculte en el estacionamiento del Zoológico, hasta los amigos que hizo en la escuela Nº 98.

Aquel botija sonriente no tenía ni idea lo que esa guinda naranja le tenía preparado para su vida, esa aventura arrancó como sin querer queriendo, ¿Dónde sino? ¡En el cuadro del barrio! 25 de Agosto. “No tenía noción de lo que era el básquet, iba por seguir a mi hermano”, dijo con la desfachatez de un niño que persigue diversión sin imaginar el sueño que se aproxima. Inició en el león de Villa Dolores, siguiendo los pasos de su ídolo Javier “Cococho” Álvarez, el hermano mayor. A los pocos años pasó a Trouville, el juego ya lo destacaba.

Los comienzos en el Veinte los tomó como un hobby, una manera de disfrutar el rato con su hermano y sus amigos hasta que “llegó la citación a la selección, ahí me lo empecé a tomar como un trabajo ya desde chico”. La convocatoria a aquel Sudamericano U15 que se disputó en Montevideo, cambió la perspectiva de Nicolás para con el deporte.

En el Sudamericano U17 fue el MVP del certamen y se colocaba como una de las mayores promesas del básquet uruguayo. Hoy afirma que eso le jugó en contra: Era muy joven, si eso mismo me pasaba hoy lo iba a tomar con otra madurez”. Le tocó enfrentar a Raulzinho Neto, Cristiano Felicio, Pato Garino y Lucas Nogueira, jugadores que luego llegaron a la NBA, “Me acuerdo que tuve que marcar a monstruos como esos y no lo creo, es un recuerdo muy lindo”.

Años después, llegó otro torneo juvenil para Cocochito, el U17, donde fue el MVP del certamen y se colocaba como una de las mayores promesas del básquet uruguayo. Hoy afirma que eso le jugó en contra: Era muy joven, si eso mismo me pasaba hoy lo iba a tomar con otra madurez”. También recordó que en aquel torneo le tocó enfrentar a nombres pesados como Raulzinho Neto, Cristiano Felicio, Pato Garino y Lucas Nogueira, jugadores brasileños y argentinos que luego llegaron a la NBA, “Me acuerdo que tuve que marcar a monstruos como esos y no lo creo, es un recuerdo muy lindo”.

Aquel Sudamericano en Flores, colocó a ese niño intrépido que corría por los pasillos del conventillo en Villa Dolores como uno de los jugadores con mayor potencial dentro de su generación por sus cualidades físicas y técnicas para su corta edad. Cuando su carrera parecía agigantarse las lesiones le comenzaron a jugar una mala pasada.

Primero un problema en un riñón le imposibilitó continuar jugando los Playoffs de la Liga Uruguaya 2014/2015, donde Trouville perdió las finales ante Malvín. Ese año compartió plantel con su hermano, aunque solo coincidieron en cancha escasos segundos. Luego, una lesión en el cartílago de su rodilla derecha lo dejó afuera de la siguiente edición de la LUB, cuando había decidido ir a tomar minutos y recuperar confianza en Tabaré.

POPURRÍ

¿Jugaste incentivado económicamente alguna vez?
No, nunca.

¿Estás conforme con tu carrera?
Sí, sacando las lesiones sí.

¿Qué porcentaje de culpa tiene Cocochito en no haber llegado a más en el básquet?
Creo que 50% yo y el otro 50% la mala liga y las lesiones.

¿Te da para mantener a tu familia con lo que ganas?
Me da mucha tranquilidad, no te digo que tiro manteca al techo pero me da (risas).

¿Sentís que la llegada a Atenas de tu primo Gonzalo influyó en que vos también fueras?
Sí, no sé si influyó mucho, pero sí. A él lo buscaron primero y después llegué yo.

¿Un sueño por cumplir en el básquet?
Ser campeón de algo, de cualquier divisional. Tengo esa espina. O jugar en la Selección mayor.

 

Estando más de un año sin actividad, conoció el peor lado del deporte: el olvido, “Si no estás en el ruedo comenzás a ser un olvido, te sentís como si fueras algo desechable, descartable”.

En esos momentos jodidos fue donde la familia y sus amigos jugaron un rol fundamental en la carrera de Cocochito, “Son momentos difíciles, hay que vivirlos y superarlos. Si no la cabeza te come, terminás enterrado y en el olvido”. Fue un año tan complicado que por momentos se le cruzó la idea de dejar de jugar al básquet: “Luego de la lesión en la rodilla le dije a mi familia que si me pasaba algo más dejaba el básquet, no podía seguir con esas frustraciones”.

Durante ese tiempo de lesiones complicadas en su carrera, también aumentó de peso, mucho, al no entrenar como estaba acostumbrado su cuerpo lo sintió: “Yo siempre fui de comer mucho, pero entrenaba tanto que no se notaba. Antes los jugadores no se cuidaban tanto como hoy, al único que vi de chico ir al nutricionista fue a Bruno Fitipaldo, después los demás estábamos pintados en esas cosas. En ese momento de las lesiones arranqué a subir muchísimo de peso y no fue fácil bajar, además los torneos que jugaba eran en invierno y está bravo hacer dieta en el invierno…(Risas). Ahora estoy jugando en verano y tengo que aprovechar para ponerme bien fisicamente”.

Convencido que la carrera de aquel joven MVP del Sudamericano de Flores hubiera sido distinta sin todas esas dificultades, hoy en día vive el básquet de una forma diferente, “metiéndole hasta que pueda” y sabiendo de que “si el día de mañana me pasa algo bastante grave, está la chance de no volver a jugar nunca más, por eso disfruto el día a día”.

La vuelta a las canchas se dio en Racing de Mercedes, club donde se sintió cómodo y le está muy agradecido, pero su regreso al básquet no fue el que él esperaba: “Yo estaba acostumbrado a entrenar todos los días, jugar en la Selección y de la nada paso a no entrenar, jugar como si fuera un partido con mis amigos, cobrar e irme, no quería eso”. Mientras desde el sillón de su casa mascaba bronca por no poder estar jugando en la elite del básquet uruguayo, donde él estaba acostumbrado, angustiándose por no poder estar en su lugar en el mundo, comenzó a entrenarse para volver a la Liga.

Tras años de lesiones y frustraciones, Cocochito en 2017 retornó a su casa, al club que ama: 25 de Agosto. “En mi regreso a 25 estaba feliz por jugar en el club que quiero y con mi hermano, además sentía que volvía a jugar al basquetbol”. Ese Metro fue algo soñado los hermanos Álvarez y toda su familia, se sacaron la espina de compartir en la cancha lo que les enseñó la vida.

El león es un cuadro particular, al que le cuesta describir en pocas palabras: “Si me preguntan ¿Qué es 25 de Agosto? Digo que es la vida, el barrio, Villa Dolores” mientras saluda a un vecino que justamente va caminando con la pilcha del club, Cocochito afirma que “Quedan pocos clubes de barrio como este, por suerte sigue en pie y la barriada siempre acompaña”

Hace más de un año que el menor de los Álvarez defiende a Lagomar, logró el ascenso en la DTA y en el último Metro a su hermano se le agregó otro compadre: su primo Gonzalo. Hicieron una campaña histórica pese a perder en la final del segundo ascenso contra Capitol. “No esperábamos hacer ese campañón, además jugar con mi hermano y mi primo fue algo soñado e inolvidable”. Hoy la institución de la Costa es como su segunda casa deportiva, la gente y los momentos que vivió con "el lago" hicieron que Nicolás sintiera un gran aprecio por la verde.

Una de las cuentas pendientes que mantiene en su vida es poder terminar el Liceo. Cocochito arrancó yendo al Joaquín Suarez, donde terminó ciclo básico pero no pudo continuar con bachillerato. Enfocado cien por ciento al básquet, renegó de sus estudios y no continuó cuarto año: “El basquetbol te limita muchísimo los tiempos en cuanto al estudio, es una cosa o la otra”. Asume que son decisiones propias, donde eligió dedicarse al deporte antes que estudiar: “A mí me entraron a pagar desde muy joven, yo me lo tomaba como un trabajo desde ahí e intentaba hacer lo mejor para elevar esa cifra”.

Si bien le quedan años de carrera, todavía no se plantea que va ser cuando se retire y ni siquiera imagina ese momento aún: “El día que me retire veré si sigo metido en el básquet o si no quiero saber más nada de él. Mientras tanto vivo el día a día”. Nicolás rápidamente compara el momento del retiro deportivo con el de las lesiones: “En una lesión jodida o cuando te retiras, el jugador siente que no sirve más, pasas a ser un olvido en todo ese mundo que viviste desde chico”.

De lo que sí está seguro es de disfrutar cada momento: “Después que te lesionás, cuando volvés al ruedo si no lo disfrutás, te come la cabeza”. Reconoce que las lesiones lo hicieron madurar, hoy en día, Cocochito logra disfrutar del deporte, de las cosas pequeñas y sencillas que el básquet te puede dejar, el vestuario, una charla con un compañero, el gritar un triple y ver como su hijo lo festeja con una sonrisa de oreja a oreja, momentos únicos que con el tiempo aprendió a valorar.

El presente lo lleva al Club Atlético Atenas, una llegada que lo tomó por sorpresa, ya que a principio de año no esperaba volver a jugar la Liga Uruguaya.  Su arribo al albiceleste de Palermo se dio con la particularidad de compartir plantel nuevamente con su primo, Gonzalo y de reencontrarse con su amigo de la infancia, Alex López.

Está en una institución a la que describe como: “Un club de humilde, popular, con una barriada muy linda, Atenas es divino”.  Luego de varios años sin jugar LUB, Cocochito llegó al conjunto de Palermo y toma esta oportunidad como un renacer en su carrera luego de años complicados. “Disfruto de jugar la Liga, es lo que esperé durante mucho tiempo y hoy me toca volver a empezar”. Tras mucho tiempo añorando jugar en el primer nivel de nuestro básquet, esta oportunidad que se le presentó es inmejorable.

Luego de 35 minutos de charla, sentados al costado del viejo Zoológico de Villa Dolores, la sonrisa de Nicolás alcanzó su punto máximo cuando le preguntamos sobre su hijo: “Fui papá a los 20 años, tenía mucho miedo, era primerizo y muy joven, lo vivís, lo disfrutas, y aprendes a ser padre en el día a día”. Y no hay caso, de la misma manera que Nicolás siguió a su hermano, ahora su hijo lo sigue a él: “La cosa pasa por ahí, le encanta el deporte, el básquet, a cada equipo que voy se hace hincha y se involucra muchísimo”.

Entre preguntas y respuestas, los saludos de Cocochito a cada vecino y amigo que pasaba fueron marcando la tarde, cerró su nota intentando describirse a sí mismo: “Me siento una buena persona, que se toma la vida con alegría y que se hace querer por los demás por esa alegría que gracias a mi familia tengo”.

De promesa al olvido, de sentirse algo desechable a volver a estar en el ruedo, de aquel botija sonriente que soñaba con jugar en 25 de Agosto, al padre que es hoy en día. La familia, el barrio y la alegría como pilares fundamentales en su vida: Cocochito Álvarez, una sonrisa al olvido.