Puede ser el título de la serie del momento o de una columna que habla sobre una estructura que intenta afirmarse pero que se desmorona ante la humedad, interprétenla ustedes…

La suspensión del clásico fue un golpazo para todos los que estamos en el básquet. Era el día señalado para que el país hablara del deporte que amamos, en el que trabajamos todos los días. Era nuestro orgullo. Había clásico entre los dos equipos más populares del país, los dos punteros, viernes de noche, Palacio Peñarol lleno, clima ideal, el país estaba pendiente.

Durante el día invitamos a que fueran a verlo en vivo, a que se sentaran enfrente a la tele, a que prendieran la cantora. ¡Va a estar divino!. ¿Cómo que no te gusta el básquet? Mira el partido esta noche, te vas a enamorar. Invitaciones que quedaron truncas, que generaron burlas, risas, y la tristeza de no concretar la fiesta soñada.

El producto que amamos, ese que sabemos que hasta con su infinidad de errores es hermoso, falló en la noche señalada. Y a los que queremos ver bien al basquet nos dolió, nos enojamos, lo sufrimos. Fue difícil.

Desde esta columna no se busca señalar culpables ni matar a nadie. Hay mucha gente que trabaja mucho, con aciertos y errores, como todos en cualquier laburo. Pero este año las adversidades fueron muchas para un deporte que busca consolidarse como el segundo más popular del país.

Jugadores mal inscriptos, descensos y clasificaciones que se definen por sistema FIBA, una forma de disputa que emparejó hacia abajo, reglamentos de interpretación confusa para presentarse al Draft, parates, calendarios desprolijos, etc. El clásico trunco fue la gota que desbordó un vaso que hacía malabares por mantener el agua en su lugar.

Puntualizar ejemplos de perjudicados por la suspensión del partido podría ser infinito. El producto no puede permitirse decirle a las 4000 personas que llegaron al Palacio -y a las otras tantas que iban a seguir el clásico- que se vayan sin ver el partido. Sin entrar en detalles, dio la sensación que el problema era solucionable o evitable si se tomaban precausiones con el tiempo suficiente.

Ya está. Ya pasó. No hay marcha atrás. Habrá que volver el martes, los más fieles lo haremos, muchos otros no, y algunos incluso con entrada en mano estarán volando de la calentura porque no pueden ir. Anoche el básquetbol perdió una oportunidad hermosa.

Ojalá se recupere pronto, y se vuelva a edificar la casa, con cimientos que no sean de papel.