Dos años después, Santiago Vidal volvió a vestir la camlseta celeste y terminó siendo fundamental para dar vuelta el cotejo.

Muchos lo pedían pero la citación le era esquiva. Los días pasaban y el popular Pepo seguía destellando en la vecina orilla con los correntinos de Regatas. Un día el teléfono sonó, el llamado tan esperado llegó y la vuelta estaba cada vez más cerca. Signorelli confió, lo convocó y él demostró.

Su calentamiento ya era distinto. Alentaba, guiaba y disfrutaba. Con la pelota en mano, una sonrisa se dibujaba. Comenzó desde afuera, mirando y apoyando. El coach se dio vuelta y él ya estaba pronto.

Entró, luchó, lidió y vibró como uno más. De Pepito a Pepo fue su encuentro. La timidez la dejó afuera. Su desfachatez y dinamismo fueron pieza clave para que los orientales dieran vuelta el encuentro.

Con el correr de los minutos, el pequeño gigante rendía, asistía, encestaba y contagiaba. La gente se levantaba, cantaba y acompañaba. No importaba quien estaba a su lado, ni Parodi ni Barrera, él siempre jugó como en el fondo de la casa.

Los pases llegaban, los tiros entraban y la gente deliraba. Se iba el partido y el se despedía de su público. Aplaudido, alentado y ovacionado, así abandonaba el rectángulo de juego con 13 puntos en el bolsillo, 6 asistencias y una valoración de +18.

Aquel pibe atrevido nacido en la cantera inagotable de Villa Biarritz hoy demostró que con su talento es capaz de ser un conductor de lujo en un seleccionado nacional. Lo llamaron, volvió y no defraudó, Santiago Pepo Vidal, “supo cumplir”.