Lagrimas de angustia, de bronca, de emoción, o de todo junto. Verdirrojo estuvo a centímetros de alcanzar la gloria deportiva en el triple de Massa. Pero la campaña fue tan impactante, que aún en la derrota, ganó muchísimo más que un ascenso.

El Cerro, barrio humilde, laburador, de esfuerzo permanente y solidaridad constante. Sentido de pertenencia a tope en la zona más alta de Montevideo, donde está anclado Verdirrojo, club que cumple con todo lo anteriormente mencionado.

En cabezas lógicas la competencia podría ser inviable. Pero el orgullo de ver la camiseta verde con la “v” roja en cancha es tan grande que las cosas ilógicas son moneda corriente y el empuje de unos pocos es la felicidad de la zona.

En un mundo mercantilizado donde la moneda hace estragos, sigue habiendo pequeños sitios donde el amor es más fuerte, el cariño y la voluntad puede ser tan grande que suple el billete. Jugadores, entrenadores, preparadores físicos y dirigentes eligen estar en su club, porque es su lugar, resignando un montón de cosas que en cabezas “normales” los harían salir corriendo de Prusia y Turquía. Pero la locura es inmensa, como la felicidad de ver cristalizados sus sueños.

Este plantel de Verdirrojo fue eso. Un cúmulo de gente que amaba al club, y otros tantos que llegaron de afuera pero se involucraron rápidamente en el sentido de pertenencia de defender esos colores, que parecían ajenos, como propios.

Lucha, solidaridad, humildad y compañerismo. Lemas de vida del barrio inculcados en un equipo de básquetbol que arrancó con el objetivo de salvarse del descenso, y lo hizo tan bien que en un momento se miraron a las caras sin saber si era un sueño o una realidad imaginaria que marcaba que estaban a 40 minutos de ascender a primera.

Tembló el barrio sin terremotos, el insomio era vía libre a causa de la ansiedad, las colas interminables en pos de conseguir una entrada. Todos tenían que estar, nadie se quería perder la fiesta, su fiesta, la de todos, unidos por una misma causa.

En la sede de Cerro o en la de Rampla, en el Tróccolli, en el Olímpico, en la curva, en Cerro Norte, en cualquier esquina de Carlos María Ramírez o en las calles con nombre de paises, de esas que abundan por allá. En el Florencio, en el Mercado o donde sea, todos hablaban de Verdirrojo.

Banderas, carteles, globos, cotillón, el colorido fue espectacular y el aliento ensordecedor. Dejaron la garganta y se gastaron las manos aplaudiendo. ¿Cómo no iban a hacerlo? Si adentro de la cancha había 12 tipos que se estaban desviviendo por dejar al club lo más alto posible.

El triple de Massa esta vez salió, por poco, de verdad, por muy poco. Las lágrimas que pudieron ser de alegría infinita fueron de tristeza inmensa, los abrazos de consuelo. Todo el barrio terminó masticando la bronca, pero aún así aguantaron estoicos, respetando el festejo del rival, y eso también es altamente valorable. Post partido igual fueron a tomar una a la cantina del club, donde la rocola, tímida, intentaba ponerle sabor a una noche que inevitablemente era de desazón.

Una pelota, un centímetro y el destino que no quiso poner al club en primera. Todos se pueden mirar a la cara y dormir tranquilos, dieron lo que tenían, o incluso más. En lo inmediato el enojo gana, lo único que parece valer es ese resultado que dice no hubo ascenso, es lógico. El tiempo llevará a entender que lo que ganó socialmente el barrio en esta campaña de Verdirrojo vale mucho más que un objetivo deportivo.