Entre Racing y Contrafarsa, el loco más lindo de la estación se fue callado, sin recibir el cariño de un barrio que aprendió amarlo tanto como si hubiera nacido en cualquier calle de Sayago.

“Transita por la vía su locura, ya se va. Y alguna fantasía le asegura, en la soledad, la felicidad, de imaginar que es uno más”, cantaba la Contrafarsa en la despedida del año 2000. Y tal vez sin imaginarlo, la murga, tan relacionada con Sayago, representó en sus estrofas a Terence Shelman nueve años antes, ya que el jugador llegó en 2009 como un simple extranjero, y se retiró como un hincha más del “rojo”, equipo por el que dejó todo.

Una fractura en el Metropolitano 2015 y problemas familiares en esta Liga hicieron que la partida del capitán fuera empañada, aunque en el corazón de los hinchas de Sayago, no deja de ser un ídolo. Dobles en la hora ante Biguá, Hebraica y Nacional, entre otros, lo comenzaron a hacer querido en las tribunas del Roberto Moro, donde más de una vez cantaron a coro su nombre.

Un día llegó a la sede con el escudo del club tatuado en el brazo, y esa actitud tan particular como irrepetible lo comenzó a transformar en un foráneo único. Con el tiempo pasó a ser un referente en la cancha. Alentando a sus compañeros adentro y afuera se ganó el título de capitán, caso cuasi inédito si de importados hablamos.

Siguió sumando hazañas en el “Sayago de los milagros”, hasta que un día le tocó probar del trago amargo del descenso y en ese momento el capitán se enteró del fallecimiento de su hermano. Con dos partidos por definir el futuro aún, Shelman puso al club por sobre su familia y decidió quedarse, consagrándose finalmente como ídolo de la institución, por la que dejó todo en esos partidos pese a su estado anímico.

Terence Shelman siempre fue algo más que ese jugador conflictivo que se veía en cancha. Era un hincha más de su club, un enamorado del barrio. Le gustaba compartir tiempo con los chicos de las formativas, y alguna que otra vez se lo vio reclamarle a los árbitros en los partidos de los más chicos. La mayor parte del tiempo con sus auriculares, no era raro encontrarlo en alguna calle de Sayago, o en algún supermercado, saludarlo y recibir como respuesta un “Hola” a los gritos, llamando la atención de todos, y el susto de los que no lo conocían.

Si algo le faltaba al “loco de la estación” para ser uno más, “adoptó” a Horacio Perdomo como un padre y al “Lalo” Fernández como hermano, teniendo de cierta manera su familia aquí en Uruguay, sintiéndose a gusto con un ambiente que el transformó en ideal.

Respetado por periodistas, jugadores e hinchas de otros equipos y querido por todo un barrio, “Tee” se fue cuando nadie lo esperaba y sin despedidas, pero dejando un legado. La casaca número 14 dejará de ser una simple camiseta para transformarse en la leyenda de aquel norteamericano problemático que una vez un club contrató por una temporada y se lo guardó en el corazón para toda la vida.

Sayago lo va a recordar con cariño, y aunque no estuviera en su mejor nivel al momento de su retiro, pasará mucho tiempo para encontrar en Uruguay otro caso de un foráneo tan comprometido con una institución y un barrio.