Gonzalo Fernández, un “loco” que aprendió en la mejor escuela y que, con perfil bajo, volvió a dar muestras de su capacidad como entrenador.

En silencio hizo un trabajo de hormigas. Junto con la directiva unieron ideas en pos de un futuro ambicioso que el esfuerzo y la dedicación convirtieron en realidad. Hoy, el Larrañaga de Gonzalo Fernández es de primera y el entrenador es puntal fundamental en el éxito de la institución.

Es de perfil bajo, no tiene mucha prensa. Estuvo “perdido” del básquetbol grande y su forma vehemente de dirigir muchas veces llevó a que alguno lo tildara de “loco”.

Aprendió en una escuela privilegiada, fue asistente de Pablo López y en esa función supo ser campeón de Liga Uruguaya. Luego decidió continuar su carrera como entrenador en jefe y los frutos están a la vista.

No solo el mérito está en el logro obtenido, el valor del triunfo se sustenta en la calidad de juego que mostró Larrañaga y eso, si bien es ayudado por el aporte invalorable de los jugadores, tiene la importa del director técnico como bandera.

El vértigo y la velocidad, la cancha abierta como premisa y el pase extra como obligación. Con roles determinados pero sin figuras que excedieran al colectivo, porque el equipo siempre fue más que cualquier jugador puntual. Defensas combinadas, ductilidad atrás con miles de estrategias marcadas que dieron resultados, como el inolvidable triángulo-dos que no utilizó tanto este año pero que fueron sello tanto en la DTA como en el último Metropolitano.

Larrañaga subió jugando bárbaro, siendo el mejor equipo del torneo en cuanto a funcionamiento colectivo y, en eso, mucho tiene que ver Gonzalo Fernández. El que algunos llaman “loco”, que hoy está loco sí, de felicidad.