Uruguay obtuvo en 1981 en Montevideo el título de campeón sudamericano siendo la penúltima vez en hacerlo en condición de local.

Fue un año nutrido de éxitos para el deporte nacional con la conquista del Mundialito que arrancó en 1980 y del torneo continental juvenil en fútbol. El básquetbol no se quedó atrás.

El desaparecido Cilindro Municipal fue testigo de la vigesimonovena edición que acabó con el trofeo quedándose en casa. Fue la sexta vez hasta ese momento que se disputó en territorio uruguayo (1930, 1940, 1953, 1969, 1971 y 1981).

El marco en el que se llevó a cabo fue muy especial: en plena dictadura. También era invierno, reinaban las bajas temperaturas y frías noches. Poco le importó al plantel que se la jugó a ganar el título y al público que acompañó colmando las instalaciones del escenario que va camino a ser reemplazado por el Antel Arena.

Siempre jugar en casa tiene sus ventajas sobre todo el tener la gente a favor, conocer la cancha y tu país. A la vez puede ser una presión y responsabilidad por la obligación de no fallar ante la propia hinchada, lo que si ocurre se transforma en decepción o fracaso.

Pero aquella delegación supo sobreponerse y aprovechar el aspecto positivo de una localía y tuvo su merecido premio: campeón invicto.

Desarrollo del torneo

El evento se llevó a cabo entre el 31 de julio y 8 de agosto y contó con la participación de seis selecciones: Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay, Perú y Chile.

El sistema marcaba un hexagonal en régimen de todos contra todos. Cumplidas las cinco fechas el combinado con más puntos era el campeón. Aparte otorgaba dos plazas para el Campeonato del Mundo de Colombia 1982.

La lógica marcaba que argentinos, brasileños y uruguayos salían como los candidatos para llegar a lo más alto. Los dos vecinos sudamericanos eran los rivales a vencer para no permitir que ni uno ni otro dieran la vuelta en casa.

Eso era para el final. De arranque siempre tocan los adversarios más débiles. El dueño de casa tiene el derecho de elegir el orden de su fixture. Comenzó con un triunfo contra Paraguay por 96 a 63, después le ganó a Perú 88 a 77 seguido de otro claro éxito sobre Chile 92 a 63.

Llegaban las que dolían: Brasil y Argentina. En esa especie de triangular que había por el cetro ya se había dado el choque entre ambos países vecinos con un resultado favorable a los norteños 72 a 70.

Ganar era clave. Quien lo hiciera iba a depender de sí mismo para ser campeón. Pero con la gran diferencia de que a Uruguay le quedaba una quinta fecha mucho más dura con el clásico del Río de La Plata mientras que los brasileños cerraban con los peruanos.

Era llevarse el partido o prácticamente despedirse. Y cumplieron: sudando la gota gorda como acostumbra a los charrúas pero con un 66 a 65 se logró pasar el primer gran obstáculo.

Quedaba el segundo y último frente a Argentina que llegaba con la misma chance. Brasil también corría con oportunidades pese a la última derrota. Ambos seguían a la celeste (que estaba invicta) con tres triunfos y una caída.

Se descontaba que los norteños vencerían a los incaicos por lo que el clásico rioplatense definía el certamen. Si ganaba Uruguay era el campeón pero si el éxito quedaba al otro lado del Río de La Plata se entreveraba la cuestión con un triple empate que se debería romper con los resultados de los cotejos entre sí.

El plantel no quería sorpresas y tampoco el público que así lo hizo saber copando el Cilindro Municipal intentando tirarle toda la localía a Argentina y brindar su apoyo a los celestes.

Fue un gran partido con la rivalidad que siempre concierne a ambas selecciones. Y supieron cumplir: 99 a 94 fue el resultado final que llevó a ser nuevamente el mejor de Sudamérica, algo que no se lograba desde 1969. Además obtuvo el pasaje para el Mundial de Colombia 1982.

Ni bien finalizó todo eran alegrías, llantos de emoción, abrazos entre jugadores, dirigentes, allegados y espectadores. Una vez más se hacía respetar la casa y no había lugar para que otra selección diese la vuelta.

Integraron aquel plantel: Carlos Peinado (capitán), Horacio Perdomo, Álvaro Belén, Wilfredo Ruiz, Horacio López, Daniel Wenzel, Walter Pagani, Hebert Núñez, Luis Larrosa, Víctor Frattini, Germán Haller y Luis Pierri.

El entrenador fue Ramón Etchamendi asistido por Víctor Hugo Berardi mientras que el resto de la delegación la formaban:

Preparador físico: Radamés Ventura
Médico: Pedro Larroque
Kinesiólogo: Vicente Messeres
Equipier: Héctor Tellechea

Cinco partidos ganados y ninguna derrota, 431 puntos a favor y 352 en contra para subir nuevamente a la cumbre continental.

Además del título hubo dos logros personales: la distinción de Carlos Peinado como mejor jugador del torneo y el goleador sudamericano conseguido por Wilfredo Ruiz con 132 puntos y un promedio de 26 por partido.

Era la base de la generación que obtuvo el meritorio sexto lugar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, siendo la última vez en clasificar a un evento de esa naturaleza y donde también el mayor anotador fue celeste, en esa ocasión Horacio López con 199 anotaciones.

De hecho, los cinco integrantes que aparecen (Ver foto) fueron los que formaron el quinteto titular tres años después.

Fue una gran hazaña como siempre es ganar un Sudamericano de local, pudiéndolo celebrar con tu público y con un sabor muy especial como es quedar por encima de Argentina y Brasil. Permanentemente estará en la memoria de los amantes de este deporte, sobre todo para los que lo vivieron, muchos diciendo presente en el Cilindro en aquellas frías noches de 1981.

Ya transcurrieron 35 años de aquella conquista y la misma merecía ser repasada y destacada en “Más de un siglo de historia” y también de gloria que ya tiene la Federación Uruguaya de Básquetbol.

El mensaje era claro: “en casa mando yo” y cumplieron con todas las letras.